Me preguntaron algo.
No les atendí.
Pensé que hablaban a otra persona.
Iba hacia mi sitio favorito delante del mar.
No apresurada pero tampoco lentamente.
Tenía esa sonrisa por dentro que solo yo
alcanzaba a ver.
De nuevo volvieron a preguntar:
-¿Eso de ahí adelante es un centro comercial?
Le hablaba a mi espalda
pero esta vez, por alguna razón,
supe que se refería a mí.
Miré hacia el final del puerto.
Al principio pensé que se refería al club de regatas
pero enseguida entendí que hablaba
del edificio blanco junto al mar.
-Sí, pero sin comercios.
Le dije girando el cuerpo completo,
cabeza, torso y cadera al unísono
sin dejar de caminar.
Se quedó extrañado.
Yo también.
Pero era verdad.
No había actividad.
Ni gente con bolsas.
Solo alguna tienda de naútica,
un par de restaurantes
y mucha estructura.
Tengo un amigo arquitecto
que llama a este tipo de edificios
“ruinas contemporáneas”.
Me encanta.
Últimamente pienso mucho en cómo los espacios
afectan a la imaginación.
Hay lugares donde me noto más torpe,
más cerrada,
más pequeña.
Y luego hay otros de los que no me quiero ir.
Como si el cuerpo dejara de defenderse un rato.
Quizás imaginar no empiece en la cabeza.

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