RSS Amplifier

Transmediarte · May 5, 2026

Los tontos son ingobernables

0
Sign in to vote or save

Transmediarte · Transmediarte

Lloyd y Harry, irónicamente los menos tontos de la película.

Empecemos con una confesión que nadie debería tener que hacer en público: todos y todas hemos sido tontos. Tú. Yo. El que ahora mismo está leyendo esto con cara de que no va con él. Todos hemos tomado alguna decisión tan espléndidamente mala que, vista con perspectiva, merece ser enmarcada y colgada en la pared de los errores fundacionales. Hemos confiado en quien no debíamos, ignorado lo que era obvio, elegido el camino peor con una convicción que daba hasta respeto. La diferencia —la única diferencia que importa— es que la mayoría aprendemos. Nos caemos, nos sangra la rodilla, y la próxima vez levantamos el pie antes. Eso nos hace humanos.

Pero hay gente que no aprende. No porque no pueda. Sino porque no quiere, no sabe que debería, y ni siquiera sospecha que existe algo que aprender. Son los tontos vocacionales. Los de carrera completa. Los que amanecen tontos, almuerzan tontos, se acuestan tontos y sueñan en tonto. Para ellos la estulticia no es un estado transitorio: es una identidad. Una forma de habitar el mundo con una serenidad que, vista desde fuera, produce una mezcla de asombro y terror.

El tonto no sufre su tontería. La padecemos nosotros.

Hay un tipo de tonto que merece capítulo propio porque lo conoces. Lo has sufrido. Quizás ahora mismo tienes uno al lado y estás leyendo esto para no mirarlo. Es el tonto de oficina, esa figura que ha sobrevivido a todas las reestructuraciones, todos los EREs y todas las revoluciones tecnológicas con una resiliencia que haría llorar a Darwin.

Le pones un Excel delante. Un Excel con datos reales, con tendencias claras, con una flecha roja enorme apuntando hacia abajo que básicamente está gritando “esto está yendo muy mal”. Y él lo mira. Y dice: “ya, pero yo lo veo de otra manera”. ¿De qué manera, exactamente? ¿De la manera en que no hay que leer los números? ¿De la manera en que los gráficos son sugerencias? El dato objetivo le resbala como el agua sobre el cristal. Su opinión —formada en el vacío, nutrida de nada, sostenida por el puro músculo de su propia convicción— vale más que cualquier evidencia que el universo material pueda ofrecerle.

Este individuo no es ignorante. La ignorancia tiene solución: se educa, se informa, se actualiza. El tonto laboral ha decidido algo mucho más radical: ha decidido que la realidad es negociable. Que los hechos son un punto de vista. Que si él cree firmemente que el proyecto va bien, el proyecto va bien, independientemente de lo que digan las métricas, los clientes, los compañeros o el sentido común más básico. Es, en el fondo, una postura filosófica. Una equivocada, pero filosófica.

Lo más devastador no es que fracase. Es que cuando fracase encontrará la manera de que la culpa sea tuya. Porque el tonto laboral nunca es responsable de nada. Tiene una habilidad sobrenatural para repartir culpas con la generosidad de quien no tiene nada que perder. Él propuso, tú no ejecutaste bien. Él avisó, nadie le escuchó. Él lo veía venir, pero claro, en esta empresa nadie valora la experiencia. La narrativa siempre le coloca en el centro como víctima heroica de la incompetencia ajena. Es un arte. Un arte horrible, pero un arte. Arte que alcanza su máximo esplendor cuando consigue un despacho propio, un muy buen sueldo y un título de director de cualquier gilipollez peregrina que a todos menos a él le chirría. El emperador anda desnudo por tu edificio y los dueños de la empresa no le ven.

Michael Scott, máximo exponente del jefe tonto

Hay una variante más trágica y más antigua. Tan antigua como la especie. El tonto por amor. Esta categoría merece ternura, sí, porque todos hemos estado ahí, ya lo dijimos. Pero hay gente que no sale. Que se instala en la tontería amorosa como quien se muda a una casa de alquiler barato en un barrio terrible: “sí, tiene sus problemas, pero ya me he acostumbrado y total, ¿a quién no le pasa algo?”

El tonto por amor ignora señales que serían visibles desde el espacio. Excusa comportamientos que cualquier tercero —cualquier persona que los viera desde fuera con medio cerebro en funcionamiento— identificaría como inaceptables en diez segundos. Construye relatos alternativos con una creatividad narrativa que, honestamente, si la pusiera en otra cosa, podría escribir ficción especulativa de calidad. “Es que está pasando una mala época.” Lleva tres años en mala época. “Es que no sabe expresarse.” Lleva tres años sin expresarse. “Es que me quiere pero no sabe cómo demostrarlo.” Aquí el silencio es la única respuesta honesta.

La diferencia entre el romántico y el tonto es que el romántico sueña con lo que podría ser. El tonto niega lo que ya es.

Lo más perturbador del tonto por amor es que tiene audiencia. Hay amigos que le escuchan, que le consuelan, que le dicen “sí, tienes razón, te mereces más”. Y él asiente. Y vuelve. Y la semana siguiente repite el ciclo con ligeras variaciones estéticas. Es una obra de teatro en bucle donde todos los actores ya se saben el guión menos el protagonista, que cada vez que sube el telón lo vive como si fuera la primera vez.

Joel Barish, borra a la persona y repite el error. El bucle perfecto.

Aquí es donde la cosa se pone seria de verdad. Porque hasta ahora hemos hablado de personas que principalmente se hacen daño a sí mismas. Lo que ya no tiene tanta gracia es el tonto que daña a los demás sin enterarse, sin intención, sin remordimiento, porque para tener remordimiento hay que ser consciente de lo que has hecho y el tonto vocacional tiene una ceguera selectiva que haría envidia a cualquier mecanismo de defensa psicológica más sofisticado.

Este es el compañero que dice en voz alta lo que a ti te costó tres meses de terapia aprender a no decir. El que da consejos sobre lo que no sabe, sobre lo que no ha vivido, sobre lo que no ha estudiado, con la autoridad de quien nunca ha tenido razones para dudar de sí mismo. El que interrumpe, el que opina sobre tu vida sin haberte preguntado, el que señala tu error delante de todos porque para él la corrección pública es simplemente “ser directo”. La brutalidad disfrazada de franqueza. La insensibilidad renombrada como autenticidad.

Lo más jodido de todo es que intentar explicarle el daño no funciona. No porque sea mala persona —muchos no lo son— sino porque la explicación requiere una capacidad de perspectiva que es exactamente lo que le falta. Eres tú quien tiene el problema si te has molestado. Eres tú quien es demasiado sensible. Eres tú quien interpreta mal. El tonto nunca es el problema: el problema siempre es que los demás no le entienden.

Joey, su grupo le protege de las consecuencias de su idiotez durante diez largas temporadas. En la vida real le hubieramos matado.

Existe una crueldad específica en el tonto familiar que no tiene equivalente en ninguna otra categoría. Al tonto de la oficina puedes pedirle una excedencia. Al tonto por amor, en teoría, puedes dejarlo. Pero el tonto de familia viene en el pack. Es parte del contrato que firmaste sin leerlo al nacer, una cláusula en letra pequeña que dice: habrá alguien en tu árbol genealógico que te va a costar años de vida y no podrás hacer absolutamente nada al respecto.

El tonto familiar opera desde una posición de privilegio que ningún otro tonto tiene: la legitimidad afectiva. Puede decirte lo que nadie más se atrevería porque “es de la familia y te lo dice con cariño”. El cariño, en este contexto, es el envoltorio con el que se presenta cualquier brutalidad. Te señala el peso que has cogido con la misma naturalidad con que comenta el tiempo. Opina sobre tu pareja, tu trabajo, tus decisiones financieras y tu forma de criar a tus hijos con la autoridad de quien lleva décadas equivocándose en exactamente esas mismas áreas. Y cuando te molesta, eres tú quien tiene el problema de ser “muy susceptible”. La familia, ya se sabe, es así.

Lo que hace especialmente ingobernable al tonto familiar es que la institución entera lo protege. Hay un pacto tácito, transmitido de generación en generación, que dice que ciertas personas no se confrontan porque son mayores, porque han sufrido mucho, porque en el fondo tienen buen corazón, porque si no quién va a organizar la cena de Navidad. El tonto familiar ha aprendido a usar ese escudo con una habilidad que rozaría lo admirable si no fuera tan destructiva. Sabe exactamente hasta dónde puede llegar antes de que alguien diga algo. Y suele llegar justo hasta ahí, y a veces un poco más, porque total, es Navidad.

Siempre hay un tonto en la familia como mínimo. Reza para que no sea tu padre.

La variante más refinada es el tonto familiar que cree que te conoce. Lleva décadas construyendo una imagen de ti que se actualizó por última vez cuando tenías dieciséis años y desde entonces opera sobre esa foto fija con una fidelidad inquebrantable. No importa lo que hayas hecho después, lo que hayas aprendido, lo que hayas construido. Para él sigues siendo el que suspendió matemáticas en tercero de la ESO y tomó una mala decisión con aquel trabajo. Eso eres. Eso serás. La identidad como condena perpetua administrada con sonrisa de sobremesa.

Royal Tenenbaum, si tu padre es el tonto, huye lejos.

El ciudadano tonto es el tonto a escala industrial. Todos los anteriores hacen daño en radio reducido: destruyen reuniones, relaciones, cenas familiares. El ciudadano tonto tiene potencial de daño sistémico porque vota, consume, opina en público y, en suficiente cantidad, decide el rumbo de las cosas. Es, en ese sentido, el más peligroso de todos, no por malicia sino por volumen.

Su característica definitoria es que tiene opiniones inversamente proporcionales a su información. Cuanto menos sabe de algo, con más seguridad habla de ello. La economía, la sanidad, el cambio climático, la política exterior: todo lo procesa con la misma herramienta, que es una mezcla de lo que le contaron una vez, lo que le indigna emocionalmente y lo que ha leído en un titular sin abrir el artículo. Con eso construye posiciones inamovibles que defiende con una energía que, aplicada a estudiar aunque sea un poco el tema, lo habría convertido en alguien razonablemente informado. Pero estudiar el tema requiere admitir que no lo sabías, y eso es exactamente lo que el ciudadano tonto no está dispuesto a hacer.

El ciudadano tonto no es ni de izquierdas ni de derechas, aclarémoslo. Es una condición transversal que infecta todos los espectros con perfecta democracia. Lo reconoces no por lo que piensa sino por cómo lo piensa: sin matices, sin fuentes, sin la más mínima tolerancia a la complejidad. El mundo del ciudadano tonto es binario y limpio: hay buenos y malos, los suyos y los otros, lo que funciona y lo que es una conspiración. La realidad, que es un lugar bastante más complicado y aburrido, le resulta profundamente incómoda y la evita con la disciplina de quien lleva años entrenando.

Lo verdaderamente kafkiano del ciudadano tonto es que el sistema democrático, en su infinita generosidad, le ha dado exactamente el mismo peso que a cualquier otra persona. Un voto. Igual que el tuyo. Igual que el del Nobel de Economía y el del médico de urgencias y el del profesor que lleva treinta años enseñando a pensar.

El ciudadano tonto, además, ha encontrado en internet su hábitat natural. No porque internet le haya hecho más tonto —eso sería demasiado fácil— sino porque internet le ha dado por fin lo que siempre necesitó: una audiencia, una comunidad de iguales, y la confirmación permanente de que lo que ya pensaba era correcto. El algoritmo, que es básicamente una máquina de hacer a la gente más de lo que ya es, lo ha cogido de la mano y le ha llevado por un pasillo infinito donde todo el mundo está de acuerdo con él. Nunca había estado tan seguro de tener razón. Nunca había estado tan equivocado. Por cierto, si el ciudadano tonto llega al poder, tiembla.

Emperador Commodus, el tonto social con poder absoluto. La combinación más cara de la historia.

La respuesta es casi cruel en su simplicidad: porque gobernar implica feedback. Implica recibir información del entorno, procesarla, y ajustar el comportamiento en consecuencia. Es el mecanismo básico de cualquier sistema que aprende. Un termostato lo hace. Un organismo unicelular lo hace. Pero el tonto crónico tiene el bucle de feedback roto. La información entra —tiene que entrar, tiene oídos, tiene ojos— pero no genera cambio. Rebota. Se disipa. Se reinterpreta de manera que confirme lo que ya creía.

No puedes razonarle porque no razona con evidencias, razona con emociones que disfraza de evidencias. No puedes frustrarle porque la frustración requiere expectativas que no se cumplen y él siempre recalibra hacia donde le conviene. No puedes avergonzarle porque la vergüenza requiere una conciencia del juicio ajeno que su arquitectura mental no contempla de manera operativa. Y no puedes ignorarle, porque está ahí, en tu vida, en tu trabajo, en tu familia, ocupando espacio con una solidez que ya quisiera cualquier monumento.

Son ingobernables porque el gobierno —toda forma de gobierno, desde el político hasta el íntimo— se basa en la posibilidad de que el gobernado cambie. Y ellos no cambian. Se adaptan superficialmente cuando la presión es suficiente, aprenden a imitar los gestos del que comprende sin comprender nada, reproducen el lenguaje correcto en los contextos correctos y luego vuelven a ser exactamente lo que siempre han sido en cuanto el escrutinio baja.

Vuelvo al principio. Todos hemos sido tontos. Eso es verdad y es importante recordarlo no como excusa para los tontos crónicos —no lo es— sino como vacuna contra nuestra propia arrogancia. La diferencia entre el que fue tonto y aprendió y el que es tonto permanente no es de naturaleza: es de disposición. De apertura. De esa pequeña pero crucial humildad que consiste en admitir que la realidad a veces sabe más que tú.

No hay solución para los tontos vocacionales. No hay método, no hay terapia, no hay conversación reveladora que los transforme si ellos no quieren ser transformados. Lo que sí existe es la claridad para reconocerlos, la ecuanimidad para no gastar en ellos energía que no va a producir nada, y la decisión —que a veces cuesta muchísimo y otras veces es lo más liberador del mundo— de dejarlos ser exactamente lo que son, a la distancia prudente que su condición requiere.

Porque los tontos son ingobernables. Pero nosotros, todavía, no tenemos por qué dejarnos gobernar por ellos.

Sin posts

Read the original on transmediarte.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.