
Quiero ganar más y aparecer menos
En agosto hay ideas que, por primera vez, sobreviven sin que nadie las vea.
Vivimos una época en la que todo suena igual: el marketing, los expertos, hasta la gente cuando habla de lo que ama. Escribo sobre lo que se pierde ahí, sobre cómo no diluirte ahora que la IA lo amplifica, y sobre por qué sonar distinto vale el doble.
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En agosto hay ideas que, por primera vez, sobreviven sin que nadie las vea.

Una final del Mundial, un bar a medianoche y la tensión profesional que más me pesa este año.

Vas a volar tres horas para sacar una foto que ya has visto quinientas veces. En septiembre te preguntarás por qué todo lo que escribes suena igual.

Cada generación recibe la misma promesa: aprende esto y serás irreemplazable. Y cada generación llega tarde.

Postal de despedida. Hoy mis hijos salen del cole, entregamos las llaves del Airbnb y arrancamos el coche dirección a casa. Diez meses, cerrados.

Sobre la emoción profesional que casi nadie nombra todavía, y por qué les pasa sobre todo a los que van bien.

Lo que un grupo de WhatsApp me enseñó durante la visita del Papa.

Una clienta me pidió que humanizara un correo escrito con ChatGPT. Lo que vi en esa escena habla de algo que se está apagando sin hacer ruido: saber dónde va el alma y dónde no hace falta.

Llevas quince años aprendiendo a escribir para emocionar a personas. Ahora te lee algo que no se emociona con nada.

Doscientas conversaciones en seis meses revelan quince formas distintas de bordear la misma cosa: ya no sabemos cómo nombrar lo que hacemos.