Jafet Miguel Angel Martínez Cuevas (Redactor de Todo sobre RRII)
Ludwig Wittgenstein escribió, en el Tractatus Logico-Philosophicus, una de las sentencias más radicales de la filosofía del siglo XX: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo” (prop. 5.6). La frase tiene una dimensión individual, pero también una dimensión colectiva que rara vez se aplica a las ciencias sociales: una disciplina académica no puede estudiar, nombrar ni comprender aquello para lo que su vocabulario no tiene términos. Y si ese vocabulario fue construido en un solo lugar del mundo, el mapa que produce será, inevitablemente, incompleto.
Ese es el problema de fondo de las Relaciones Internacionales como disciplina. No es un error corregible con ajustes menores: es una condición estructural. El campo nació con un vocabulario fabricado desde un punto geográfico y cultural específico, y con ese vocabulario construyó un mapa del mundo que deja fuera —o convierte en objeto de estudio— a la mayor parte de la humanidad. Descolonizar el saber sobre lo internacional no es un ejercicio ideológico: es una exigencia epistemológica.
Las Relaciones Internacionales como campo académico autónomo no nacieron de una curiosidad intelectual abstracta. Surgieron en 1919, como respuesta directa a la necesidad de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial de comprender y gestionar el nuevo orden internacional. La primera cátedra en la materia fue creada ese año en la Universidad de Aberystwyth, en el Reino Unido. Su propósito declarado era prevenir guerras futuras; su propósito implícito era administrar un orden que Europa había construido a su imagen.
Desde ese origen, la disciplina declaró a la Paz de Westfalia de 1648 como el punto de partida universal de las relaciones internacionales modernas: el momento en que nació el sistema de Estados soberanos. Pero esa declaración es un acto de representación antes que un hecho histórico. Como documenta el historiador John Hobson, el mito fundacional de las Relaciones Internacionales situado en Westfalia, invisibiliza sistemáticamente las tradiciones diplomáticas asiáticas, mongolas y africanas preexistentes, y coloca a Europa en el centro de una historia que fue siempre multipolar.
Edward Said ofreció en Orientalismo (1978) el instrumento teórico para entender cómo opera ese mecanismo. El Orientalismo, argumentó Said, no es sólo un conjunto de estereotipos: es un sistema de producción de conocimiento que construye al “no-occidental” como objeto examinable, manejable e interpretable, nunca como sujeto que produce saber válido sobre el mundo. En las RRII, ese mecanismo se traduce en algo concreto: África, Asia, el Medio Oriente y América Latina son estudiados por la disciplina, pero rara vez reconocidos como fuentes legítimas de teoría sobre lo internacional. Pensadores del propio Sur nombraron ese mecanismo con precisión aún mayor: Aníbal Quijano, con su concepto de colonialidad del poder, y Walter Mignolo, con su noción de opción decolonial, demostraron desde América Latina que la dominación epistémica no terminó con el colonialismo político: sobrevive en las categorías con las que la academia sigue describiendo el mundo.
El ejemplo más ilustrativo del borrado sistemático que denunció Said es precisamente el de la diplomacia. La narrativa dominante ubica el nacimiento de la inmunidad diplomática y el derecho de los emisarios en la Europa moderna. Sin embargo, el registro histórico cuenta otra historia. El Imperio Mongol, durante los siglos XIII y XIV, ya practicaba un sofisticado sistema diplomático transcontinental: el paiza o geregee —una placa grabada de oro, plata o bronce— funcionaba como un pasaporte diplomático que garantizaba inmunidad y libre tránsito por un imperio que se extendía desde Asia oriental hasta Europa del Este. Genghis Khan no solo reconocía la inviolabilidad de los emisarios, sino que castigaba con la destrucción a quien la violara. Un ejemplo clave documentado por Jack Weatherford es el asesinato de diplomáticos mongoles a manos de los príncipes de la Rus de Kiev en 1223; para la cosmovisión mongola, la violación de esta norma era un crimen imperdonable que desencadenó la devastadora Batalla del Río Kalka y sentó el precedente para la posterior conquista y sometimiento de los principados rusos. Esas normas preceden por siglos a las convenciones que Europa codificaría como propias.
La misma lógica aplica al conocimiento científico y filosófico. Ibn Jaldún, pensador del norte de África del siglo XIV, es reconocido hoy como el padre de la historiografía, la sociología y la economía, pero esa atribución es marginal en los currículos occidentales. La astronomía maliense, la medicina islámica —codificada en el Canon de Avicena siglos antes que cualquier texto europeo equivalente—, la arquitectura de Gran Zimbabue o las matemáticas de la India, que dieron al mundo el cero y el álgebra, corrieron la misma suerte: fueron apropiadas, silenciadas o reencuadradas como “contribuciones a” la ciencia occidental, nunca como tradiciones autónomas de producción de saber.
América Latina ofrece el paralelo más cercano y más elocuente. En las décadas de 1950 y 1960, el economista argentino Raúl Prebisch y los teóricos de la CEPAL construyeron desde Santiago de Chile uno de los marcos teóricos más influyentes del siglo XX: la teoría de la dependencia. Al formular las categorías de “centro” y “periferia” y demostrar que el subdesarrollo no es una etapa primitiva del progreso sino el resultado estructural de la integración desigual al sistema internacional, Prebisch produjo una teoría original sobre el orden global que precedió y luego nutrió a autores como Immanuel Wallerstein. La teoría ha sido cuestionada: sus críticos señalan que no logra explicar el ascenso de los tigres asiáticos, que salieron de la periferia mediante la inserción activa al mercado global. Es un debate legítimo. Pero una teoría puede ser cuestionada y superada; lo que no puede hacerse con rigor intelectual es ignorarla o tratarla como producto regional menor. El conocimiento viajó del Sur al Norte; el crédito permaneció en el Norte.
La pregunta que abre este panorama no es retórica: ¿qué cambiaría en la disciplina si ampliáramos su vocabulario? Wittgenstein tiene la respuesta: ampliar el lenguaje es ampliar el mundo. Antes de responderla, conviene una precisión necesaria: el “Sur Global” no es una entidad homogénea. China e India operan hoy en gran medida bajo la gramática westfaliana que interiorizaron durante el orden de posguerra. El punto no es que el Sur actúe de forma “decolonial”, sino que sus tradiciones intelectuales contienen herramientas analíticas que la disciplina ignora a su propio costo.
Hay ejemplos concretos y contemporáneos. El concepto chino de Tianxia —“todo bajo el cielo”— propone un orden mundial basado en armonía jerárquica y virtud moral, no en la anarquía westfaliana. Aplicado al análisis, permite entender la política exterior de Xi Jinping —con su énfasis en la “armonía” y la “comunidad de destino compartido”— con más precisión que el realismo clásico de Morgenthau. El concepto africano de Ubuntu —“soy porque somos”— ofrece una epistemología relacional de la comunidad política que ya inspira mecanismos de resolución de conflictos en la Unión Africana y que no tiene equivalente en el vocabulario westfaliano centrado en el Estado individual. Ninguno de los dos tiene traducción directa en el canon disciplinar. No son curiosidades filosóficas: son marcos que explican fenómenos contemporáneos que las RRII hoy no pueden nombrar.
Académicos como Amitav Acharya y Barry Buzan llevan años documentando que existe una producción teórica robusta sobre lo internacional generada en Asia, África y América Latina que el canon disciplinar sistemáticamente ignora. Boaventura de Sousa Santos llama a ese proceso la “epistemología del Sur”: no una alternativa anticientífica al conocimiento occidental, sino el reconocimiento de que existen otros lugares desde los cuales es posible producir saber riguroso sobre el mundo. La descolonización del saber en las RRII no propone reemplazar las teorías existentes: propone dejar de tratar al resto del mundo como material de estudio y comenzar a tratarlo como interlocutor teórico.
Trabajo actualmente en una tesis de licenciatura que aborda precisamente esta cuestión: la colonización semántica de las Relaciones Internacionales como disciplina y sus implicaciones metodológicas. Lo que el proceso de investigación confirma una y otra vez es que el problema no está en la falta de conocimiento producido desde el Sur Global: el problema está en las reglas que determinan qué conocimiento es reconocido como tal. Y esas reglas, como había anticipado Said, no son neutrales.
El mapa siempre dice más sobre quién lo dibuja que sobre el territorio que pretende representar. Las Relaciones Internacionales construyeron durante más de un siglo un mapa del orden global trazado desde un número reducido de universidades del hemisferio norte, con un vocabulario que hace invisibles ciertas preguntas y ciertos actores. Wittgenstein lo hubiera llamado un límite del lenguaje; Said lo llamó Orientalismo; Hobson lo documenta como eurocentrismo constitutivo.
La descolonización del saber sobre lo internacional no es una agenda política: es una necesidad intelectual. Una disciplina que declara estudiar el mundo entero no puede permitirse ignorar la teoría producida en la mayor parte de él. Reconocer que la inmunidad diplomática tiene antecedentes mongoles, que la teoría del sistema internacional fue pensada desde Santiago de Chile antes que, desde Princeton, o que el pensamiento político africano precolonial merece el mismo estatus que Tucidides o Morgenthau, no debilita a la disciplina. La hace, finalmente, honesta.
Los límites del mapa no son los límites del mundo. Son los límites del cartógrafo.
¿Crees que las Relaciones Internacionales pueden reformarse desde dentro, o el vocabulario de la disciplina es demasiado estrecho para contener otras formas de pensar lo internacional? Déjame tu perspectiva en los comentarios.
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