María Fernanda Gómez Naranjo (Coordinadora de Artículos, Todo Sobre RRII)
Hay fronteras que separan territorios, y hay fronteras que separan intereses.
La diferencia entre ambas suele pasar desapercibida hasta que ocurre una crisis.
Durante apenas dos días, entre 40.000 y 50.000 personas cruzaron desde Marruecos hacia Ceuta, una ciudad española de aproximadamente 84.000 habitantes, en el mayor episodio migratorio registrado en la historia reciente del enclave. La llegada masiva provocó el colapso de los sistemas de acogida, obligó al Gobierno español a desplegar al Ejército y dejó al menos 57 personas fallecidas, la mayoría tras intentar alcanzar la costa bordeando el espigón del Tarajal.
Las imágenes recorrieron el mundo con rapidez: personas nadando durante horas, familias enteras cruzando la frontera a pie y miles de migrantes durmiendo en las calles de una ciudad incapaz de absorber una llegada equivalente a más de la mitad de su población. La reacción política fue inmediata. Bruselas ofreció apoyo a España, mientras varios gobiernos europeos reclamaban reforzar los controles fronterizos y acelerar la respuesta comunitaria.
Como ocurre casi siempre, el debate público se centró en una única cuestión: la migración.
Sin embargo, desde las Relaciones Internacionales, esa es solo una parte de la historia.
Porque las personas que cruzaban el mar eran el elemento más visible de una crisis cuya explicación comienza mucho antes de que alguien decidiera entrar al agua.
Ceuta no es únicamente una ciudad española situada en el norte de África. Es una de las dos únicas fronteras terrestres entre la Unión Europea y el continente africano y uno de los puntos donde confluyen algunos de los principales intereses estratégicos del Mediterráneo occidental: la política migratoria europea, la cooperación en materia de seguridad, la disputa por el Sáhara Occidental y la compleja relación entre España y Marruecos.
Por eso, cada vez que ocurre una crisis en Ceuta, la pregunta rara vez debería ser únicamente por qué miles de personas migran. Debería ser:
¿Qué ocurre cuando una frontera deja de comportarse como lo hacía hasta entonces?
Las fronteras no son estructuras pasivas. Los mapas suelen representarlas como líneas inmóviles, pero, en la práctica, funcionan como espacios donde los Estados ejercen soberanía, negocian intereses y proyectan poder. Controlar quién entra, quién sale y bajo qué condiciones constituye una de las expresiones más visibles de la autoridad estatal. Precisamente por eso, cuando ese control cambia de forma repentina, el fenómeno difícilmente puede interpretarse solo desde la óptica migratoria.
No es la primera vez que ocurre.
En mayo de 2021, alrededor de 10.000 personas cruzaron hacia Ceuta después de que Marruecos relajara temporalmente los controles fronterizos en un momento de fuertes tensiones diplomáticas con España tras la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Aquel episodio llevó a numerosos analistas a plantear una pregunta: ¿puede un Estado utilizar la gestión de los flujos migratorios como herramienta de presión política?
Cinco años después, la historia parece repetirse, aunque en una escala mucho mayor.
Las causas inmediatas de la crisis siguen siendo objeto de debate. El Gobierno español ha atribuido parte de la llegada masiva a las redes de tráfico de personas y a rumores relacionados con recientes cambios judiciales sobre las devoluciones en frontera. Sin embargo, distintos especialistas también señalan que resulta imposible comprender lo ocurrido sin observar el contexto diplomático entre Madrid y Rabat. No sería la primera vez que la cooperación migratoria se convierte en un elemento de negociación política entre ambos países.
Y es precisamente ahí donde Ceuta deja de ser únicamente una frontera, y empieza a convertirse en un instrumento de política exterior.
Cuando la migración se convierte en una herramienta de poder
La idea de que los flujos migratorios pueden tener una dimensión estratégica no es nueva. Durante mucho tiempo, las migraciones fueron analizadas principalmente desde una perspectiva humanitaria, económica o demográfica. Sin embargo, en las últimas décadas, distintos investigadores han señalado que los movimientos de personas también pueden convertirse en un elemento dentro de las relaciones de poder entre Estados.
La politóloga estadounidense Kelly Greenhill fue una de las académicas que desarrolló con mayor profundidad esta idea en su obra Weapons of Mass Migration. Su argumento central es que los desplazamientos masivos de personas pueden ser utilizados como una forma de presión política cuando un Estado, directa o indirectamente, permite, facilita o instrumentaliza estos movimientos para influir sobre otro gobierno.
Esto no significa que las personas migrantes sean “armas” en sentido literal ni que sus decisiones individuales respondan necesariamente a una estrategia política. La mayoría de quienes cruzan una frontera lo hacen impulsados por circunstancias económicas, conflictos, inseguridad o la búsqueda de mejores oportunidades.
La cuestión es otra. Los Estados pueden intentar aprovechar esos movimientos para generar presión sobre otro actor internacional. Y Ceuta representa uno de los ejemplos más complejos de esta dinámica.
La paradoja de Ceuta es que representa simultáneamente dos realidades aparentemente contradictorias.
Por un lado, es territorio español y, por extensión, una frontera exterior de la Unión Europea. Su existencia simboliza la capacidad europea de controlar sus límites y decidir bajo qué condiciones se permite el acceso a su espacio político.
Pero, por otro lado, su funcionamiento depende profundamente de la cooperación de Marruecos.
La Unión Europea ha construido gran parte de su política migratoria exterior sobre un principio fundamental: la externalización del control fronterizo. En otras palabras, parte de la gestión de sus fronteras se desplaza hacia países vecinos mediante acuerdos de cooperación, financiación y colaboración en materia de seguridad.
Esto convierte a países como Marruecos en actores esenciales para la arquitectura migratoria europea.
Como explica la investigadora Blanca Garcés Mascareñas, las políticas europeas de control migratorio han generado una situación en la que la frontera europea ya no se encuentra únicamente en territorio europeo, sino también en aquellos espacios donde terceros países colaboran para contener los movimientos migratorios.
Ceuta es una expresión física de esa realidad, la frontera no termina en la valla, continúa en las relaciones diplomáticas que permiten que esa valla funcione.
La relación entre España y Marruecos está marcada por una característica fundamental: ambos países se necesitan, pero ninguno confía completamente en el otro.
Marruecos es un socio estratégico para España y para la Unión Europea en cuestiones como seguridad, lucha contra el terrorismo, comercio y control migratorio. Al mismo tiempo, mantiene posiciones propias respecto a asuntos que afectan directamente a los intereses españoles, especialmente Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental.
Esta combinación convierte la frontera en un espacio de negociación constante.
El investigador Eduard Soler i Lecha ha señalado en diferentes análisis sobre el Mediterráneo occidental que las relaciones entre España y Marruecos no pueden entenderse únicamente desde la cooperación o desde el conflicto. Son una relación híbrida donde ambos elementos conviven simultáneamente.
La crisis de Ceuta en 2021 mostró precisamente esa tensión.
Durante años, España había dependido de Marruecos como socio para gestionar parte de sus fronteras exteriores. Pero cuando la relación diplomática atravesó un momento de tensión, quedó demostrado hasta qué punto la estabilidad fronteriza dependía también de decisiones políticas tomadas al otro lado de la línea divisoria.
La frontera dejó de ser solamente un mecanismo de control y se convirtió en un mensaje.
En el imaginario colectivo, una frontera suele asociarse con la idea de cierre: una línea que impide el paso y protege un territorio.
Sin embargo, las crisis fronterizas demuestran que el poder no siempre está en cerrar una frontera.
A veces, también está en decidir cuándo esa frontera deja de funcionar como antes.
La apertura parcial de un límite, la reducción de controles o la modificación de los mecanismos de vigilancia pueden tener consecuencias políticas profundas. Una frontera flexible puede convertirse en una herramienta de presión precisamente porque demuestra que el control territorial no depende únicamente de barreras físicas, sino también de decisiones políticas.
Como han analizado diversos medios especializados en geopolítica como The Conversation o Le Grand Continent, las fronteras contemporáneas ya no deben entenderse únicamente como espacios geográficos, sino como escenarios donde se negocian soberanía, seguridad e influencia internacional.
Ceuta representa esa transformación.
Una ciudad pequeña en extensión, pero situada en el centro de grandes debates del siglo XXI: quién controla las fronteras, quién decide los movimientos humanos y hasta qué punto la movilidad puede convertirse en una herramienta de poder.
Durante mucho tiempo, las fronteras fueron entendidas como líneas claras que separaban un territorio de otro. Eran símbolos de soberanía: hasta aquí llega un Estado, después comienza otro.
Pero el caso de Ceuta demuestra que las fronteras del siglo XXI funcionan de una manera mucho más compleja.
Hoy una frontera no solo define quién pertenece a un territorio y quién queda fuera. También determina quién puede negociar, presionar o ejercer influencia sobre otro Estado. Puede convertirse en un espacio donde se cruzan intereses diplomáticos, estrategias de seguridad y disputas políticas.
La crisis de Ceuta no fue únicamente una cuestión migratoria. Tampoco puede explicarse exclusivamente como un episodio de tensión bilateral entre España y Marruecos. Fue la manifestación de la realidad de un sistema internacional donde los Estados buscan proteger sus límites, pero al mismo tiempo dependen de otros actores para gestionarlos, las fronteras se han convertido en instrumentos de poder.
La paradoja es que una frontera diseñada para separar puede terminar conectando los problemas de dos regiones.
Ceuta une a Europa con África, pero también conecta debates globales: la movilidad humana, la soberanía estatal, la cooperación internacional y la utilización política de las fronteras. Por eso, observar Ceuta únicamente como una puerta de entrada a Europa significa perder una parte fundamental de la historia Porque las fronteras no solo muestran dónde termina un territorio, también revelan dónde comienza la política.
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