Cuando era niño creía que, si hablaba demasiado, se me acabarían las palabras.
Uno pensaría que ese pensamiento podría haberme venido la primera vez que me quede sin aliento. O de la primera vez que me quede afónico. Eso tendría sentido. Pero no, no fue así. Recuerdo exactamente el momento en que me invadió la mente. Yo estaba agarrado de la mano de mi madre, y ella estaba compartiendo charla con alguna conocida que había encontrado en la calle. Yo, desde mi pequeño mundo infantil, contemplaba la conversación, oyéndola pero no escuchándola, y reflexionando. Reflexionando sobre las palabras, sobre la saliva y sobre la relación entre ambas. ¿De donde salía la saliva? ¿Se podía acabar? ¿Y si se acaba, como iba a poder hablar?
Ahí surgió el pánico. Una gota de sudor recorrió mi mente. Lo mismo tenemos un número máximo de palabras que podemos decir y, una vez superado, ya no podemos hablar más. Notaba como se me secaba la boca según se atropellaban los pensamientos en mi mente infantil. A pesar de estar rodeado de pruebas en mi contra, nada podía ya quitarme esa preocupación. ¿Cuantas palabras habia dicho hasta ahora? ¿Realmente era tan importante lo que había estado contando? ¿No habría desperdiciado ya una buena parte? ¿Cuantas me podían quedar disponibles?
En esas estaba cuando me di cuenta que la conversación adulta había finalizado y tanto mi madre como su amiga miraban hacía mi, reclamando algún tipo de respuesta. Seguramente habían preguntado por los estudios, o por los amigos, o vete a saber tú. Pero no iba a desperdiciar palabras, tenía que atesorarlas para casos más importantes. Hice una mueca, levante los hombros y puse cara de niño bueno. Ahi nació uno de mis rasgos de personalidad más característicos. “Es que es muy callado”, dijo mi madre.
Antes de Internet era complicado obtener programas, información, juegos, etc. Así que era muy normal que las revistas de la época suplieran esa falta de contenido incluyendo Cassetes primero, CDs despues y, ya en los últimos tiempos, DVDs. Creo personalmente que la edad de oro fue la de los CDs, en la que podías encontrar revistas de todo tipo con todo tipo de contenidos. La nostalgía de hoy es para este CD que acompañó a una revista sobre programación, y que contenía una versión completa de un entorno de desarrollo y la versión de OS/2 que corría sobre Windows. En aquellos momentos IBM buscaba, a la desesperada, aumentar la popularidad de su entorno de ventanas, despues de la puñalada trapera de Microsoft.
Como comentaba en la anterior edición la TEPP no podría existir si no fuese por Hugo.
Hugo es un gestor de contenidos que genera páginas estáticas. Resumiendolo mucho dejas tus contenidos en unos directorios en particular, lanzas un comando que hace magia y obtienes un sitio web estático preparado para publicar.
Para poder adaptarlo a tus necesidades puedes crear una plantilla. Yo he hecho la mía, la plantilla Tiempo Escaso Podcasting Theme. Me he basado en la plantilla Zen y me he inspirado mucho (algunos dirían demasiado) en las de Atareao y las de David Marzal.
Al ser contenido estático, páginas html y otros archivos, se trata de una solución muy eficiente energeticamente. El podcasting, realmente, no necesita más.
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