A la luz de que Donald Trump desclasificó documentos de la CIA relacionados con el asesinato de John F. Kennedy, resulta más interesante que nunca revisar las teorías más importantes sobre quién pudo haber estado detrás. Porque si algo está claro, es esto: JFK tenía demasiados enemigos. De hecho, la verdadera pregunta no es quién lo quería muerto, sino quién no.
Su muerte fue un punto de inflexión. No sólo por el asesinato de un presidente, sino por lo que representaba: la última oportunidad que tuvo Estados Unidos de regresar a ser una república en lugar de un imperio.
Kennedy desafiaba al complejo militar, a la CIA, a la mafia, a los intereses extranjeros, e incluso a los bancos. Era incómodo. Y tras su asesinato, vino lo inevitable: la guerra de Vietnam, el ascenso del complejo militar industrial, el espionaje doméstico y la expansión sin fin del imperio.
Este ranking, del menos probable al más convincente, repasa los sospechosos con más frecuencia citados en los documentos, libros y filtraciones de las últimas décadas.
Según la versión oficial del gobierno, el asesinato de John F. Kennedy fue obra de un solo hombre: un exmarine con ideas marxistas llamado Lee Harvey Oswald. De acuerdo con esta narrativa, Oswald subió al sexto piso del edificio del Depósito de Libros Escolares de Texas, y desde una ventana disparó tres veces con un rifle barato contra el presidente, que pasaba en un automóvil descapotado, en movimiento, a más de 75 metros de distancia.
Una de esas balas, según la Comisión Warren —el grupo oficial encargado de investigar el crimen—, logró hacer algo imposible: entró por la espalda de Kennedy, salió por su garganta, impactó al gobernador Connally que iba en el asiento delantero, le rompió una costilla, le destrozó la muñeca y terminó incrustada en su pierna... todo eso sin deformarse casi nada. A esta explicación se le conoce como la teoría de la bala mágica, y ha sido una de las partes más criticadas del informe oficial.
La Comisión Warren, creada por el presidente Lyndon B. Johnson, concluyó que Oswald actuó completamente solo, motivado por sus ideas radicales y su inestabilidad emocional. Para muchos, esta historia fue diseñada más para calmar al país que para llegar al fondo de la verdad.
Dos días después, Oswald fue asesinado en vivo por Jack Ruby, un personaje con vínculos con el crimen organizado. Según él, lo hizo porque amaba al presidente y quería evitarle a la viuda el dolor de un juicio.
Por todo esto, la versión oficial ha sido vista por muchos como una historia conveniente: sin conspiración, sin responsables, sin consecuencias. Pero en términos forenses y lógicos, sigue siendo muy difícil de sostener.
Cabe mencionar que las siguientes teorías se basan, en gran parte, en las dudas que dejó esta versión oficial, especialmente en lo absurdo de la bala mágica. Si esa bala no pudo hacer todo lo que se dijo, entonces tuvo que haber más de 3 disparos. Y si hubo más de 3 disparos, Oswald no pudo haber estado solo. Por eso, muchas investigaciones posteriores apuntan a que hubo más tiradores, más actores involucrados y, posiblemente, una conspiración mucho más grande de lo que la historia oficial admite.
Esta teoría sostiene que JFK compartió secretos sobre vida extraterrestre y bases militares secretas con Marilyn Monroe. Ella lo habría anotado en su diario, lo cual generó preocupación en los círculos de inteligencia.
Poco después, Marilyn murió en circunstancias extrañas, y más tarde Kennedy fue asesinado. Se menciona a una supuesta organización secreta llamada Majestic-12, encargada de manejar temas relacionados con OVNIs, como responsable de silenciarlos a ambos.
Según esta teoría, Kennedy intentó arrebatarle el control de la moneda tanto al gobierno como al cartel de los bancos. Lo hizo a través de la Orden Ejecutiva 11110, que permitía al Tesoro emitir dólares respaldados en plata, fuera del sistema de dinero fiduciario.
El objetivo, según los defensores de esta visión, era eliminar la inflación provocada por la impresión descontrolada de dinero, y restaurar un sistema monetario más sólido y honesto.
Para los intereses financieros que viven del endeudamiento perpetuo y la devaluación sistemática de la moneda, Kennedy representaba una amenaza estructural.
Esta teoría señala a George H.W. Bush, entonces joven empresario petrolero con conexiones en la CIA y en el establishment texano, como posible pieza clave en el asesinato de Kennedy.
Se sabe que Bush tenía vínculos con círculos de poder que veían a JFK como una amenaza: por su intento de frenar la guerra en Vietnam, su intención de reducir la influencia de la CIA, y su oposición a intereses corporativos profundamente enraizados en Texas, especialmente en el sector energético.
Hay documentos que lo sitúan en Dallas el día del asesinato, aunque él lo negó públicamente. Y un memorando del FBI menciona a un “George Bush de la CIA” siendo informado justo después del crimen, aunque nunca se ha confirmado que se trate de él.
Para algunos investigadores, Bush representaba la conexión entre la élite empresarial, la CIA y el Partido Republicano emergente, todos interesados en detener a Kennedy antes de que consolidara su segundo mandato.
La teoría clásica de la Guerra Fría: que los soviéticos o Fidel Castro planearon matar a Kennedy en venganza por los intentos de asesinato dirigidos contra ellos.
Y hay razones para sospechar: Lee Harvey Oswald vivió en la Unión Soviética, se casó con una rusa y viajó a México antes del asesinato, donde intentó entrar a las embajadas cubana y soviética.
Sin embargo, en los documentos recientemente desclasificados por Trump, hay un memo directo de la KGB que afirma que Oswald nunca trabajó para ellos, y que su conducta les parecía inestable. Un posible simpatizante, sí. ¿Un agente? No.
Una teoría poco conocida pero llamativa: que el disparo fatal vino por error de un agente del Servicio Secreto, que llevaba un rifle AR-15 en el vehículo de escolta y lo disparó al perder el equilibrio tras el primer tiro de Oswald.
Esto explicaría la trayectoria del disparo en la cabeza, que no concuerda con la dirección desde donde estaba Oswald. También daría sentido al apuro por ocultar la autopsia real, cambiar testimonios y proteger ciertas piezas clave.
¿Un accidente que se cubrió para proteger al gobierno? Posible. ¿La historia completa? Todavía no.
Después del desastre en Bahía de Cochinos, Kennedy y varios miembros de su gabinete consideraron seriamente recortar el poder de la CIA, e incluso replantear su existencia como agencia independiente.
Kennedy despidió a Allen Dulles, entonces director de la CIA, y expresó abiertamente su deseo de “romper la agencia en mil pedazos y esparcirla al viento”. También firmó la NSAM 263, que planteaba el inicio del retiro de tropas de Vietnam.
Estos movimientos lo convirtieron en una amenaza directa al poder de los servicios de inteligencia que giraba en torno al Pentágono y los contratistas militares.
Desde esta visión, su asesinato detuvo un intento real de frenar la expansión del imperio militar estadounidense y aseguró la continuidad de la guerra y el control encubierto de la política exterior.
LBJ estaba políticamente acorralado. Enfrentaba escándalos de corrupción y sabía que los Kennedy planeaban sacarlo de la fórmula electoral en 1964. Si Kennedy seguía en el poder, Johnson no solo perdía la vicepresidencia, sino que posiblemente terminaría en la cárcel.
Tras el asesinato, juró como presidente en el avión, tomó control inmediato del gobierno y dio luz verde a la guerra de Vietnam, asegurando así el rumbo que JFK parecía querer detener.
El asesor de Trump, Roger Stone, en su libro El hombre que mató a Kennedy, acusa directamente a Johnson de estar detrás del asesinato, apoyándose en testimonios de figuras cercanas al expresidente, incluyendo a Madeleine Duncan Brown, quien afirmó haber sido su amante.
Según Brown, la noche anterior al asesinato, LBJ le dijo: “A partir de mañana, los malditos Kennedy no volverán a avergonzarme. Eso no es una amenaza. Es una promesa.”
Este tipo de declaraciones y conexiones han hecho que el círculo íntimo de Johnson sea visto por muchos como cómplice silencioso o directo en el crimen político del siglo.
Kennedy se oponía firmemente al desarrollo de armas nucleares por parte de Israel. Exigía inspecciones internacionales en la planta de Dimona, y presionaba para que el lobby pro-Israel en Estados Unidos fuera registrado como agente extranjero. Estas tensiones escalaron tanto que David Ben-Gurión, primer ministro y fundador del Estado de Israel, renunció en 1963, tras una serie de intercambios hostiles con Kennedy por la cuestión nuclear.
Y ahora, gracias a los archivos desclasificados por Donald Trump, se ha confirmado algo clave: el jefe de contrainteligencia de la CIA, James Angleton, quien era también el enlace directo con el Mossad, ayudó a Israel a robar material nuclear de Estados Unidos, en contra de los deseos expresos de JFK.
Kennedy sospechaba del programa nuclear israelí y quería cerrarlo por completo. Esto lo convirtió en un obstáculo serio para los intereses estratégicos de Israel.
Tan importante fue el papel de Angleton para el proyecto nuclear israelí que hoy existe un monumento en su honor en Israel.
Un dato adicional relevante es que Jack Ruby, el hombre que asesinó a Lee Harvey Oswald en custodia policial —eliminarlo antes de que hablara—, era judío y tenía vínculos con la mafia judía en Chicago y Dallas. Si bien esto no prueba una conexión directa con el Mossad, alimenta la sospecha de redes clandestinas que pudieron haberse cruzado o prestado apoyo mutuo en el encubrimiento.
Desde esta visión, una colaboración encubierta entre el Mossad, elementos de la CIA y actores criminales pudo haber visto en JFK una amenaza común —y actuado en consecuencia.
Después del desastre de Bahía de Cochinos, donde la CIA intentó invadir Cuba usando exiliados cubanos, John F. Kennedy negó apoyo aéreo y dejó abandonada la operación, lo que llevó a un fracaso humillante.
Como resultado, altos mandos dentro de la CIA se sintieron traicionados y humillados, especialmente quienes habían diseñado y apostado su carrera en esa operación. Muchos de ellos comenzaron a ver a Kennedy como un obstáculo interno.
Del otro lado estaban los exiliados cubanos, radicalizados, armados y financiados por la CIA, que también se sintieron traicionados por la Casa Blanca. Algunos de estos grupos juraron venganza y, tras el fracaso, comenzaron a actuar por su cuenta o en colaboración con operadores encubiertos.
A esto se suma la mafia, que había perdido sus negocios en Cuba después de la revolución y que inicialmente colaboró con la CIA en operaciones clandestinas para eliminar a Castro. Sin embargo, los hermanos Kennedy —particularmente Bobby desde el Departamento de Justicia— empezaron una campaña frontal contra el crimen organizado, arrestando y deportando a líderes mafiosos que antes habían apoyado la campaña presidencial de JFK.
Aquí es donde se forma la triada letal:
Una CIA furiosa, que veía al presidente como una amenaza a su autonomía.
Cubanos exiliados con entrenamiento militar
Y una mafia con recursos, armas y contactos políticos
Lee Harvey Oswald, el presunto tirador, tuvo contactos documentados con todos estos mundos: en Nueva Orleans estuvo vinculado con activistas cubanos, en Dallas fue observado con figuras relacionadas con la inteligencia, y en México intentó acercarse a las embajadas cubana y soviética.
Esta teoría no solo explica el motivo de cada grupo, sino también su capacidad operativa, sus vínculos entre sí y la fuerza suficiente para encubrir el crimen.
A diferencia de otras hipótesis más exóticas, esta tiene todo lo necesario: acceso, medios, contactos, razón y encubrimiento posterior.
Por eso, muchos investigadores concluyen que el asesinato de Kennedy fue el resultado de una conspiración entre facciones de la CIA, elementos del crimen organizado y exiliados cubanos, todos conectados y todos beneficiados por su muerte.
No hay una sola teoría que lo explique todo, y probablemente nunca se llegue a una verdad única y definitiva, aún con los nuevos documentos. Lo más probable es que el asesinato de JFK haya sido el resultado de una convergencia de varias de estas teorías.
Lo que sí está cada vez más claro es que Lee Harvey Oswald no fue un "loco solitario", como afirmó la narrativa oficial. Y la idea de que Jack Ruby lo asesinó simplemente porque "amaba demasiado al presidente" es surreal.
No sabemos con certeza quién disparó la bala final, pero sí sabemos quién ganó con su muerte. Y eso, para muchos, dice más que cualquier bala mágica.
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