El domingo terminó el partido y arrancó otra cuenta, la que a Infantino le importa bastante más que el resultado. Dos días después, en un mensaje a las federaciones, avisó que el ciclo 2023-2026 iba a cerrar con más de 15.000 millones de dólares de ingresos. Para ponerlo en perspectiva: hace apenas un año, la propia FIFA proyectaba 8.900 millones. En abril, había subido la apuesta a 11.000 millones. El torneo terminó superando todas las estimaciones, incluidas las propias de FIFA.
Ese desfasaje entre proyección y resultado final es la parte más interesante de la historia. No hubo un golpe de suerte a mitad de camino. Hubo una fórmula que FIFA viene puliendo hace años y que en este Mundial explotó al máximo, más allá de cómo haya terminado la llave.
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El salto se explica por dos decisiones estructurales y una coyuntural. La estructural: pasar de 32 a 48 equipos. Eso significó 104 partidos en vez de 64, más entradas, más publicidad, más días de torneo vendibles a sponsors y canales. La segunda estructural fue el pricing dinámico, aplicado por primera vez en un Mundial: los precios de las entradas suben y bajan según la demanda, como en una aerolínea. En algunos partidos de fase de grupos, esto llevó el valor de un ticket a superar los 1.000 dólares, más del doble que en Qatar 2022.
La parte coyuntural fue la demanda. FIFA recibió más de 500 millones de solicitudes de entradas desde los 211 países que integran la organización. Con ese volumen, no hizo falta bajar precios: los estadios promediaron un 99% de ocupación en fase de grupos. El precio promedio de una entrada para la final en la reventa oficial rondó los 12.751 dólares, y llegó a listarse una entrada en 2,3 millones. FIFA, además, se queda con el 15% de cada operación de reventa en su plataforma oficial, tanto del lado del comprador como del vendedor. Ahí hay un negocio dentro del negocio que pasó bastante desapercibido, y que generó más de un reclamo de legisladores estadounidenses que le pidieron a FIFA bajar los precios en plena competencia.
A esto se sumó la audiencia televisiva, que rompió récords en el mercado más codiciado por los sponsors. El cruce entre México e Inglaterra en octavos, con comentarios en español, llevó a Telemundo y Peacock a 23,2 millones de espectadores, un récord para el fútbol en castellano en Estados Unidos. El propio recorrido de la Selección también movió números fuertes en la región, aunque FIFA todavía no desglosó el rating por país fuera de Estados Unidos.
Acá está el dato que más importa si uno mira el negocio más allá del resultado deportivo. FIFA no se queda con todo: redistribuye. El Council había aprobado un fondo de 871 millones de dólares para repartir entre las 48 federaciones participantes, un 15% más de lo previsto originalmente por el propio crecimiento comercial del torneo. De eso, 655 millones son premios por rendimiento deportivo. El campeón se lleva 50 millones solo por ese concepto, más otros pagos de preparación y clasificación que llevan el total a más de 63 millones. El resto son montos fijos: cada federación clasificada recibe como piso 12,5 millones de dólares, gane o pierda en primera ronda. Llegar a una final, como hizo Argentina, suma varios escalones más en esa tabla, sin necesidad de levantar la copa.
Es una cifra que conviene mirar en contraste. El Mundial femenino de 2023 repartió 110 millones de dólares en premios, apenas una sexta parte de lo que se destinó solo al pozo de rendimiento masculino en 2026. La brecha se viene achicando, pero el ritmo sigue siendo desigual.
Para las federaciones chicas, esa plata es estructural: financia viajes, categorías juveniles y funcionamiento durante los cuatro años del ciclo, no solo el mes de torneo. Para FIFA, redistribuir también cumple una función política puertas adentro: le da sustento a Infantino frente a un Congreso que vota su continuidad.
Ya se está discutiendo en los pasillos de FIFA la posibilidad de ampliar el formato a 64 equipos, algo que llevaría el número de partidos a 128 y potenciaría todavía más los contratos de TV. Todavía no hay decisión, pero la lógica comercial empuja en esa dirección: más equipos significa más mercados que sintonizan, más ventanas publicitarias, más venta cruzada de derechos.
Lo que sí está confirmado es que el Mundial 2030 se juega principalmente en España, Portugal y Marruecos, pero con tres partidos inaugurales repartidos entre Argentina, Paraguay y Uruguay, como homenaje al centenario de la primera Copa del Mundo, disputada en Montevideo en 1930. No es que la región vuelva a ser sede después de mucho tiempo —Argentina organizó en 1978, Chile en 1962 y Brasil, más recientemente, en 2014—: es un gesto simbólico puntual, tres partidos con peso histórico dentro de un torneo que se juega en otro continente. Para la región, sirve igual: son fechas con marca Mundial, en un torneo que ya demostró que puede multiplicar sus propios récords cada cuatro años.
Si la tendencia de precios dinámicos y reventa regulada se sostiene, la pregunta para 2030 no es si va a haber otro récord de ingresos. Es cuánto de esa plata, esta vez, le va a tocar de cerca a la región.
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