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skyhookMAG · Jul 29, 2026

Anatomía de un gusano

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Skyhook · skyhookMAG

Televisión de tubo. Llegas a casa. Internet está en pañales. Twitter, ni siquiera podrías imaginarlo. Phil Ponce mira a cámara con esa media sonrisa suya y presenta al fichaje de los Bulls. “Temperamental.” “Muy tatuado.” El tío que tuvo un lío tan corto como ruidoso con Madonna y que se cambiaba el pelo de color más veces de las que la mayoría se cambia de calcetines. Octubre de 1995. Chicago Tonight dedicándole medio programa mientras el estado de Illinois se preguntaban en sus casas si los Bulls habían perdido la cabeza fichando a Dennis Rodman después de la que había liado San Antonio.

Y oye, la pregunta no era tonta. Para nada. Los Bulls querían el anillo de vuelta después de que Jordan se retirase la primera vez, y para ello no se les había ocurrido otra cosa que traer a un tipo que llevaba meses a la gresca con los Spurs, con sus propios entrenadores, y con medio mundo básicamente.

Volvamos a la transmisión. Cortan al entrenamiento de esa tarde. Ahí está Rodman, pelo rojo y negro, el escudo de los Bulls pintado en la cabeza como si necesitara distinguirse de alguien más en esa pista. Era el único que se había presentado así —vale, gracias por la aclaración-. Todo el mundo hablando del flamante look. Y él ahí, currando. Pero la realidad era mucho más sutil: Chicago no había fichado al tío del peinado. Había fichado al mejor reboteador de la liga. Punto.

Cuarenta años desde que debutó con los Pistons, en el 86, y cuesta creer que el tío que llegó entonces no tenía absolutamente nada que ver con el que después llenaría portadas y mesas de debate sobre la moral del deporte americano. Era un alero flaco, nadie sabía muy bien quién era, venía de una infancia jodida y de un cuerpo que tardó en desarrollarse. No fue precoz. Tuvo que hacerse un hueco a base de tiempo, cosa que —creo yo— se le nota en cómo jugaba incluso años después, esa manera de pelear cada balón como si se lo estuvieran robando.

Chuck Daly lo entendió rápido. Los Bad Boys de Detroit no necesitaban de otra estrella queriendo sus puntos. Necesitaban piernas, mala leche y ganas de hacer el trabajo sucio. Rodman encajó ahí como si lo hubieran diseñado para eso. Defendía a jugadores un palmo más altos que él, se lanzaba al suelo, perseguía rebotes con una obsesión casi enfermiza. Los anillos del 89 y el 90 llegaron mucho antes que la fama de polémico. Esto conviene no olvidarlo: primero fue jugador. Lo otro vino después.

Y no creo que sea casualidad que el personaje explotara justo cuando ya nadie podía discutirle el rendimiento. Ahí empezaron los tatuajes, los piercings, la ropa como declaración. La NBA le pidió, en algún momento, que se calmara con los tatuajes. Ja. En Detroit todavía escondía bajo la camiseta una dedicatoria a su hija Alexis; un par de años después ya no escondía nada, tenía el cuerpo entero como un diario abierto al público. Un diario que costaba bastante leer, la verdad.

Rebeldía, sí, pero también algo más íntimo. Un tipo que se pasó media vida siendo invisible y que una vez tuvo los focos encima decidió que nadie iba a apartar la vista otra vez. Simplemente, no podrían. Magnetismo. Magnetismo animal. No siempre supo dónde estaba la línea entre libertad y directamente pasarse de rosca —las ausencias, las broncas con entrenadores, hay cosas que no tienen justificación y no hace falta buscársela. David Robinson lo odiaba por ser un punky. Pero de ahí a decir que todo era postureo hay un trecho. El mismo tío que se peleaba con la liga era el que se pasaba horas estudiando cómo botaba el balón contra el aro para saber hacia dónde caía.

Chicago aceptó el paquete completo. Jordan lo resumió sin muchos rodeos cuando la prensa empezó a preguntar por la vida privada del fichaje: Rodman tenía sus cosas fuera de la cancha, y a los Bulls ni les importaba ni tenían por qué meterse, mientras no afectara al equipo. Necesitaban lo que hacía en la pista. Lo demás, su vida.

Y funcionó. Mejor de lo que nadie esperaba, la verdad.

Del 96 al 98, tres anillos más, pieza clave del segundo threpeeat. Hubo roces, claro que los hubo, pero el equipo sabía exactamente para qué estaba Dennis ahí. Con Jordan llevando el peso y Pippen tapando cualquier hueco que quedara, a Rodman le tocaba lo que no sale en el resumen de la tele: defender al pívot rival, sacar de sus casillas al que hiciera falta, rebotear, una y otra vez, hasta hartarse. Hasta hartarlos.

Su huella fuera de la cancha tardó más en verse clara. No inventó lo de mezclar baloncesto y cultura pop, pero sí llevó eso a un sitio que a la NBA le incomodaba. Luego vendría Iverson con sus propios códigos, pero Rodman fue mucho más salvaje. Más noventero.

Hoy resulta raro pensar que un tatuaje a la vista fuera escándalo. Rodman ayudó a que esa frontera se moviera, unas veces por valentía y otras simplemente porque agotó a quien quería pararlo. Y dejó otra cosa, más discreta: que se puede ser estrella sin meter veinte puntos, si haces alguna otra cosa mejor que cualquiera.

Aquel entrenamiento del 95 sigue siendo un buen resumen de todo esto. Los periodistas con la cámara puesta en el pelo, en el escudo pintado, en la última rareza. Los Bulls mirando otra cosa completamente distinta: a Dennis Rodman calculando, bajo el aro, dónde iba a caer el balón. Listo para agarrarlo, como siempre.

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