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Silvestre y salvaje · Jun 9, 2026

Marejada, fuerte marejada

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Alba Sueiro · Silvestre y salvaje

La pasada noche, mi vasco se me cuadró delante del sofá:

—Oye, yo estoy harto ya de tanto bosque.

Pegué un salto que por poco rompo el techo con la cabeza. Porque yo soy la culo inquieto, la que siempre propone mudarse al sitio más extraño, la que no acaba un proyecto y está empezando tres. Pero esa afirmación es impropia de su carácter. Él es la voz de la razón.

—¿Y eso? —le toqué la frente, a ver si le estaba dando una sepsis— No me fastidies, justo cuando acabamos de pintar el cobertizo. Y yo paso de hacer otra mudanza, que llevamos tres en tres añ…

—Que no es eso. Es que…

—Te está dando la crisis de la mediana edad —confirmé—. ¿Por eso estás harto de bosque?, ¿y ahora vas a apuntarte a crossfit y viajar a Tailandia y juntarte con veinteañeros en la Full Moon Party y rozarte con alguna mochilera austríaca con la espalda color langosta? —Me levanté de un salto y empecé a dar vueltas por el salón— Porque si es eso avísame para irme preparando, ¿eh? Que igual yo también tengo una crisis, ¿eh? Igual yo… yo que sé… —ahí ya me empecé a mosquear— ¡Igual voy y me apunto a Pole Dancing o me largo a un retiro de ayahuasca y ahí te quedas!

Se me debió poner una cara que no había yoga facial que la relajara.

—No mujer, no exageres —dijo, aun sabiendo que, en mi caso, eso es genéticamente imposible—. Solo quiero ir a ver el mar.

Suspiré de alivio.

—Entonces no vas a obsesionarte con el gimnasio y descargar apps de citas a escondidas, ¿no?

Asintió y yo volví a sentarme en el sofá, dignísima. Porque eso era fácil. Siendo así, a mi vasco le llevo yo a ver la mar y a donde haga falta. Todo sea para tenerle contento y que se siga ocupando de sacar la basura y recoger las arañas en un vasito para dejarlas delicadamente sobre el alféizar de la ventana, desde donde, encantadas con la gymkana, vuelven a entrar en casa.

Arrastrada por la euforia de haber evitado una crisis matrimonial grave, abrí Google y haciendo una búsqueda rápida, encontré la opción perfecta: Inisheer.

Inisheer es la isla más pequeña de Aran, un archipiélago de tres rocas de mar como tres pecas en la espalda de la costa oeste irlandesa. A pesar de ser un lugar pequeñísimo, Inisheer cuenta en sus 3km² con todo lo que cualquier amante de la naturaleza soñaría: una colonia de focas, playas de agua heladora, escabiosas rosadas, bicicletas de alquiler, un porrón de aves migratorias y rarísimas flores árticas y alpinas asomadas a los muros de piedra seca.

Unos días después hicimos unos bocadillos, pusimos a los niños en los asientos y pusimos rumbo al mar.

Cuando llegamos al puerto, el ambiente se asemejaba a la parte interna de un mejillón: irisado, oscuro, húmedo. La gente que salía de los autobuses turísticos iba doblada por el viento, que les agitaba furioso las capas impermeables. Las gotas caían en tropel, del cielo y de las olas que rompían ahí al lado, en una explosión dulce-salada que nos salpicaba las caras.

Del coche al barco debía haber 100 metros pero solo íbamos por el décimo cuando escuché que él me llamaba, unos pasos más atrás:

—¡TORRE ALUCHE! —gritó entre espasmos de viento, señalando a su espalda, con un niño en la mano.

—¿QUÉ TORRE NI QUÉ NIÑO MUERTO? —pegué un alarido yo, gesticulosa, mientras llevaba a la cría en brazos y me retiraba el pelo de la cara.

—¡ALUCHE! —su expresión era de completa exasperación— ¡¡ALUCHE!!!

—¡¡INISHEER SE LLAMA!! —casi me quedé sin voz— ¡¡ALUCHE ESTÁ EN LA CASA DE CAMPO!!

Miró para arriba, invocando toda la paciencia mundial y, con un ejército de gotas cayéndole desde la capucha hasta la nariz, se me acercó dando zancadas:

—¡QUE CORRAS AL COCHE!

Trotamos de vuelta, empapados y de morros, con tal cantidad de agua en el cuerpo que teníamos mojados hasta los órganos internos. Esperamos allí un rato, jugando a un veo-veo pasivo agresivo, hasta que, cinco minutos antes de zarpar, nos pusimos las mochilas, y corrimos los 100 metros lisos tan rápido que si hubiera categoría de atletismo familiar, hubiéramos quedado campeones de Europa.

Pero, cuando creíamos que estábamos a salvo, nos encontramos con aquello.

Eso no era navegar. Eso era el Tutuki Splash.

Por las ventanas veías todo mar amenazador. Luego el barco subía y todo cielo tormentoso. Luego bajaba y otra vez caballitos de espuma.

Divertidísimo.

—Mirad al horizonte, niños —instruí yo, intentando no morir.

Pero mis hijos, ni caso. Mis hijos: jijijí-jajajá.

Abrí la mochila, intentando ubicar mi estómago en algún lugar de mi garganta.

—Tomad, unas galletitas saladas.

Y ellos ni caso: Tiriririrí. Chis-pum, Chis-pum.

Hasta que pasó lo inevitable:

—Mamáaaaa me duele la barriguita.

—Toma —le pasé rauda a la niña—, que yo solo tengo este jersey para dos días.

—¡No te fastidia, yo también!

—¡Mirad un frailecillo!

—¿Dónde? — preguntaron al unísono.

La maniobra de distracción duró solo un par de segundos, pero un par de segundos en los que nadie hizo amago de presentarnos el desayuno.

A ver. No me juzgues. No soy mala madre, solo que lo del vómito público lo llevo mal. El de mi descendencia también.

En ese momento él se levantó con la criatura, a ver si la brisa que llegaba desde la proa obraba la magia de calmarle los mareos. Entonces le oí susurrar:

—Ay, pobre señora. Ay, pobre.

Un par de asientos más allá una turista americana se ponía blanca, luego verde, luego morada. Era como ver formarse en directo un arcoíris. Estaba llegando al amarillo mostaza cuando pidió una bolsa y el marinero falto de diente la miró como calculando la explosión en tres, dos, uno…

—Ay, voy a ayudarla.

Mi vasco tiene demasiada empatía, te lo juro.

Por suerte, un chico con una acreditación de un tour de Galway se sentó delante nuestro, bloqueándole el paso. Tenía cara de haber vuelto de la II Guerra mundial y haber visto perecer a su regimiento entero en el frente oriental.

—Ahí delante… es… —tragó saliva, las mejillas vacías de sangre— un horror.

Me imaginé una escena como la de la montaña rusa de “Este chico es un demonio 2” y le cogí del brazo. Bamboleantes todos.

—Hazme un favor y ni se te ocurra moverte de aquí.

—Pero, la señora…

—La señora va a estar perfecta. Ya tiene una bolsa y, si necesita ayuda, el lobo de mar ese va a asistirla y a lo mejor de aquí sale una preciosa historia de amor y ella dejará Milwaukee para mudarse al cottage sin calefacción de él y no le importará que no utilice la escobilla del wáter porque se sentirá Julia Roberts en Come, Reza, Ama y todo fenomenal.

—Pero es que…

—Pero es que nada. ¿No querías mar? Pues toma mar.

Ahí no pudo replicar nada y se sentó, con la niña en brazos.

Al final llegamos todo lo sanos y salvos que uno puede llegar en esas circunstancias pero te prometo que, la próxima vez, le regalo un viaje a Tailandia.

Compartir, comentar y comer galletitas saladas: tres cosas que te dejan el cuerpo bien.

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Read the original on silvestreysalvaje.substack.com

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