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Silvestre y salvaje · Jul 21, 2026

Mala madre de robles

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Alba Sueiro · Silvestre y salvaje

En Irlanda estamos viviendo una temporada que no nos la creemos. Hace tanto calor que puedes vestir pantalones cortos, atreverte con una sandalia, dejar respirar el michelín.

Para que veas que no exagero, el otro día alcanzamos los 28 grados.

Vale. Tú, que igual me lees desde los 40ytantos de la sombra cordobesa estarás dándole al botón de “desuscribirme” ahora mismito por puramalaenvidia. No te juzgo. Lo que pasa es que, a estas barbaridades estivales, por aquí no estamos acostumbradas y vamos, como Machado, buscando los recodos de sombra lentamente.

Pero si los humanos andamos sufrientes, no quiero contarte cómo está la flora.

Desvaída.

Mohína.

Mustieja.

Los manzanos andan tiesos, las cunetas tienen un extraño color mostaza, los rosales están quemados por el sol y, el otro día, cuando el granjero segó la hierba, aquello parecía la A6 a la altura de Valladolid.

Además, a los robles del terreno, poco acostumbrados a días extenuantes y noches de cálida humedad, les ha salido una capita pálida de lo que parecen polvos mágicos. Unos polvos cuyo hechizo les hace retorcerse las hojas, que se repliegan sobre sí mismas, abrazándose los recodos, curvándose por las esquinas, hasta enmarronarse y quedar colgadas de la rama como murciélagos desnutridos.

Consulto a Google. Luego a mi madre, que es una sabia porque se chupa todo Saber y Ganar. Ambos coinciden.

Mildew, lo llaman por aquí. Mildiu, lo llamaba güelito cuando le pasaba a los tomates. Al ver que la pronunciación es la misma me siento cateta, por haber pensado toda la vida que se decía Mildio y que era mi familia quien estaba poco instruida. Jamás pensé ser yo de las que llaman a la leche con cacao Colacado o a la fiesta de El Mozucu, celebración poderosa de mi tierra, la fiesta de El Mozuco. Pero resulta que sí.

Durante días recé a dioses en los que no creo para que el Mildiu atacara solo a los árboles pequeños, débiles, y que dejara en paz a mi favorito: el roble centenario que mis hijos y yo, amantes de lo legendario, llamamos “El gran roble”.

Pero una mañana, levanté la vista para descubrir a mi árbol encogido, blanquecino, tembloroso igual que la grieta que se me estaba abriendo en el pecho.

Lo intenté, de verdad. Probé con eso del vinagre, bicarbonato y jabón, pero un roble centenario de 15 metros es difícil de espolvorear con una botellita con pulverizador. Así que el Mildiu se está saliendo con la suya.

Leo en internet que nuestro roble igual muere.

Que los robles, todos, se me están muriendo.

Al escribir esto, me aguanto el río de los ojos.

De alguna manera me siento responsable. Como si hubiera sido una mala madre de robles. Una que hubiera fumado maría y absorbido gin-tonics cual esponja durante la gestación.

Y, como el látigo no me es ajeno, empiezo a pensar en todo lo que he hecho mal. Igual tendría que haber evitado podar esas ramas muertas, o haberles nutrido el suelo o haber ejecutado una purificación de energía con palo santo de las que tanto gustan por aquí.

Al final me echo a llorar, un poco porque estoy premenstrual, otro poco porque a veces es imposible contener este duelo por un mundo que se nos escapa entre las manos. Este pinchazo por las estaciones cambiadas, las despedidas a la tierra que forma parte de nuestras vísceras, las criaturas que desaparecen con un silencioso suspiro de aire mientras nosotros estamos a otra.

Y me repito que no tengo la culpa de que estemos acabando con la vida misma. O quizá sí. Quizá la tengo toda. Y dejo que las lágrimas corran porque necesito poner orden a todo esto. Que alguien venga y me lo explique clarito, como las ecuaciones de primer grado: ¿cómo se reparte esa culpa?, ¿cómo se vive con ella?

Una notificación sobre los incendios en España me llega al móvil. En la noticia, un político dice que la persona responsable cargará con todas las consecuencias. Si no fuera tan triste, me reiría. Ojalá poder ignorar con ese garbo que todos somos responsables.

Me estoy poniendo intensa así que salgo al terreno. Respiro. Los críos han vuelto del lago y sus bañadores empapados dejan regueritos en la madera de la terraza. Están coloreándose las camisas con dedos repletos de frambuesas. Atragantándose de risa con una nueva e imaginativa variante de cacaculopedopis.

Dicen que la tristeza es la penúltima fase del duelo antes de la aceptación. Me consuela pensar que, por lo menos, solo queda una.

Si te apetece comentar o compartir, sería precioso.

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Read the original on silvestreysalvaje.substack.com

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