Últimamente voy tarde.
Yo, que en lo de ganarme las habas me enorgullezco de jamás haberme saltado una fecha límite, que he sido educada en que ser puntual es llegar media hora antes y al anfitrión que le den morcillas, que vivía encadenada a un reloj… ahora voy tarde a todo.
Al terreno, por ejemplo, voy tarde. La hierba alta que rodea nuestra ruina me mira con ojos de poda; los helechos suspiran de alivio porque pueden convertirse en palmeras caribeñas unos días (¿meses?) más; las rosas que compré en febrero, con el tablero de Pinterest repleto de jardines ingleses, esperan su plantación en los mismos tiestos de plástico que las vieron llegar a casa.
Una casa a la que, por cierto, también voy tarde. Ahora que tenemos unos días de algo parecido al verano tendría que barnizar las ventanas, darle una pasada al cobertizo, lijar y proteger la madera de la terraza. Pero ni una lata de pintura ha arribado a esta humilde morada. Ni un pincel. Ni un repartidor con cara de mala leche y gotilla de sudor cayéndole por la frente con un paquete de ferretería entre las manos.
¿Lo haré mañana? Quién sabe. Lo que está claro es que hoy ya voy tarde.
A la maternidad ni te cuento lo tarde que voy. Tanto que los de la gasolinera del pueblo se conocen el número de mi tarjeta de crédito de memoria de la de veces que he comprado al crío unas salchichas del buffet caliente antes de ir al cole porque, para preparar tuppers, también voy tarde. Como habrás percibido, para cuidar de su nutrición, tarde. Y no veas ya lo de estimularles el intelecto, educarles con cariño pero firmeza, lograr que no te tomen por el pito del sereno.
Tardísimo, tardísimo.
Tampoco ayuda que, al abrir internet, me bombardeen artículos como “Lo que hubiera deseado saber antes de los 30” o “Las cremas que deberías usar en la veintena para llegar como una reina a los 35”, que leo por pura autotortura psicológica con el objetivo de sentirme completamente inadecuada para ser adulta.
Porque voy tarde.
A la depilación de ingles, tarde.
Al trap, tarde.
A la freidora de aire, tarde.
A Instagram, tarde.
A envarar las frambuesas, tarde.
Al yoga facial, tarde.
A los suplementos de magnesio, tarde.
A evitar un aumento de temperaturas global de consecuencias catastróficas, tarde.
Al satisfyer, tarde.
A comprar unas sandalias para el crío, tarde.
Al último debate cultural, tarde.
A enviar esta newsletter a tiempo, tarde.
Al mundo en general, tarde, tarde, tarde.
Todo esto iba masticando ayer, mientras llegaba (tarde) a casa de mis vecinas de bosque. Me las encontré en el jardín, atareadísimas, raspando con una espátula unas cajas de madera:
—¿Qué hacéis?
—Las abejas, que se han enjambrado —. Una de mis vecinas señaló un manzano lejano, donde una oscura nube zumbante estaba buscando un nuevo hogar—. Y estamos preparando una nueva colmena.
—Aunque yo quería bajar a bañarme al lago —añadió la otra.
—Y yo ya debería estar preparando la cena.
Abrí los ojos con la fuerza de una revelación. Igual no me pasaba solo a mí. Igual es que vivir en este bosque perdido en vez de, yo que sé, encima de un Carrefour 24 horas, tiene un mágico efecto por el que siempre llegas tarde a las cosas del vivir.
Una nube oscura se me posó encima de la cabeza. A lo mejor, para volver a vivir una vida a tiempo, la única solución era asumir eso que acaba con un “como Herodes” o, en su defecto, retornar a la civilización. Ninguna de las dos opciones me apetecía demasiado.
Así que antes de llegar a conclusiones precipitadas preferí asegurarme:
—O sea que… ¿vais tarde?
Se miraron entre ellas:
—Vamos más que tarde— confesó una, con el entrecejo arrugado de concentración mientras limpiaba de cera vieja unos marcos de madera.
—Teníamos que haber hecho esto en invierno —continuó la otra— peeeeero…
Y ese “pero” que se quedó colgando de su boca no necesitó más explicación. Miré a las abejas, felices en su nuevo árbol. Al sol, que empezaba a iluminar la tarde noche. A mis hijos, que estaban deseando salir de su aburrimiento.
—Venga, que os ayudamos.
Entre todas raspamos propóleo, colocamos alambres en los marcos de madera, pusimos láminas de cera nueva sobre el metal, que calentamos con electricidad para que derritiera la sustancia amarilla no más que lo suficiente.
Mientras lo hacíamos, otra de mis vecinas trajo un cordial de saúco casero y unas galletas saladas y, acompañadas de dos perros, unas cuantas gallinas y varios críos descalzos que tardaron un par de minutos en perder el interés, logramos poner a punto la nueva colmena.
No fuimos al lago, ni preparamos la cena, ni barnizamos la madera, ni envaramos las frambuesas. En su lugar hablamos de abejas y floraciones, cuidamos de la descendencia de las demás, nos consolamos por ir tarde, siempre tarde.
Y, al volver a casa, con una criatura agotada en cada mano y los dedos pegajosos, desprendiendo un intenso aroma antiguo pensé que, a veces, ir tarde tampoco estaba tan mal.
Para compartir o comentar nunca es tarde. Casi seguro.

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