En ¡Olvídate de mí!, Joel Barish descubre que puede someterse a un procedimiento capaz de borrar de su memoria todo rastro de Clementine. La premisa parece descansar sobre una fantasía muy contemporánea, la posibilidad de tratar los recuerdos como si fueran archivos defectuosos. Localizar, seleccionar, eliminar.
Sin embargo, mientras Clementine comienza a desaparecer, Joel intenta esconderla en otros lugares de su mente, como quien rescata precipitadamente algunos objetos de una casa que él mismo ha ordenado demoler.
La película muestra así una de las trampas más extrañas de la voluntad. Joel quiere olvidar a Clementine porque recordarla le hace daño, pero necesita recordarla para saber qué desea olvidar. Su proyecto se parece a la orden de no pensar en un elefante blanco. En cuanto intentamos obedecerla, el elefante aparece. La vigilancia necesaria para comprobar que un pensamiento ha desaparecido es precisamente lo que lo mantiene presente.
Cuando alguien trata de olvidar, como explica el filósofo Jon Elster en Ulises y las sirenas, no está expresando un propósito absurdo. Comprendemos perfectamente qué desea conseguir, aunque sospechemos que no podrá obtenerlo mediante una orden directa. La contradicción no impide que la intención tenga sentido. En cambio, si alguien se limita a afirmar «p y no p», no sabemos qué tiene en mente. Una cosa es una contradicción lógica, semejante a decir que una puerta está completamente abierta y completamente cerrada al mismo tiempo. Otra muy distinta es un proyecto humano que avanza en dos direcciones incompatibles.
Muchas de nuestras contradicciones pertenecen a esta segunda clase. No son simples errores que podrían corregirse tachando una frase, sino tensiones internas capaces de organizar una personalidad entera. Una persona puede desear intimidad y temer cualquier vínculo profundo. Puede buscar reconocimiento y despreciar a quienes se lo conceden. Puede querer cambiar sin estar dispuesta a dejar de ser la persona que necesita ese cambio.
Leslie Farber ha llamado «desear lo que no puede desearse» a una familia de aspiraciones de esta clase:
Puedo desear conocimiento, pero no sabiduría; irme a la cama, pero no dormir; comer, pero no sentir hambre; mansedumbre, pero no humildad; escrupulosidad, pero no virtud; autoafirmación o desafío, pero no valor; lujuria, pero no amor; conmiseración, pero no comprensión; felicitaciones, pero no admiración; religión, pero no fe; lectura, pero no entendimiento.
La lista reúne cosas que podemos perseguir con la voluntad y otras que solo aparecen como consecuencia de algo más. Podemos abrir un libro, pero no obligarnos a entenderlo. Podemos acostarnos y cerrar los ojos, pero no ordenar a Morfeo que llegue. Podemos realizar un acto valiente, aunque no podamos decretar que el miedo deje de existir. Es como preparar una habitación para un invitado cuya llegada no controlamos. Podemos encender la luz, hacer la cama y dejar la puerta abierta, pero no arrastrarlo hasta el interior.
En estos casos, la voluntad puede construir las condiciones, pero no fabricar directamente el resultado. La sabiduría, el sueño, el amor o la fe no funcionan como un músculo que se activa cuando lo decidimos. Se parecen más a ciertos animales tímidos. Cuanto más ruido hacemos para atraerlos, más probable es que se escondan.
Paul Watzlawick y sus colaboradores han recopilado numerosas órdenes que se destruyen a sí mismas en el instante en que son pronunciadas (double binds). «Debes amarme», «quiero que me domines», «no seas tan obediente», «creí que podía enseñarte a ser un verdadero hombre» o «sé espontáneo».
La última expresa la estructura del problema con especial claridad. Una conducta espontánea deja de ser espontánea cuando se ejecuta para obedecer una instrucción. Es como pedir a alguien que nos sorprenda a una hora determinada y siguiendo un guion. Podrá cumplir el guion, pero la sorpresa habrá desaparecido.
Algo parecido ocurre con «debes amarme». La orden puede producir obediencia, miedo, dependencia o una representación convincente del afecto, pero no amor genuino. El amor obtenido bajo amenaza se parece a una sonrisa dibujada sobre una máscara. Tiene la forma adecuada, aunque carece del proceso interior que le daba sentido.
Bernard Williams ha analizado una dificultad semejante en relación con la creencia. No podemos decidir creer algo del mismo modo que decidimos levantar un brazo. Para creer necesitamos considerar verdadero aquello que creemos. En cuanto reconocemos que hemos adoptado una idea únicamente porque nos convenía hacerlo, la creencia comienza a resquebrajarse.
Emily Dickinson ha señalado una imposibilidad parecida en el acto de olvidar. Decidir olvidar supone conservar activo el recuerdo que queremos expulsar. La memoria queda atrapada en una especie de control fronterizo permanente. Para comprobar que el recuerdo ya no está, debemos pedirle una y otra vez que se identifique.
Si recordar fuera olvidar,
yo no recordaría.
Y si olvidar fuera recordar,
qué poco me habría faltado para olvidar.
Y si añorar fuera dicha,
y si el luto fuera alegría,
qué dichosos los dedos
que hoy cortaron estas flores.
Sin embargo, estas decisiones no siempre están condenadas al fracaso. A veces podemos alcanzar ciertos estados de manera indirecta. En lugar de intentar fabricar una convicción desde dentro, podemos realizar acciones que, con el tiempo, modifiquen nuestras creencias o disposiciones. La acción puede generar la convicción, en vez de limitarse a obedecerla.
Alguien puede comenzar a colaborar con una causa por compromiso social y acabar creyendo profundamente en ella. Una persona puede realizar actos altruistas antes de desarrollar una preocupación sincera por los demás. Los hábitos actúan entonces como senderos abiertos en un bosque. Al principio caminamos por ellos deliberadamente, pero la repetición acaba convirtiéndolos en la ruta más fácil.
Ahora bien, la estrategia no funciona igual en todos los terrenos. Puede favorecer una creencia, pero difícilmente produce el olvido. Puede cultivar el altruismo, pero no garantiza el amor. Puede consolidar hábitos virtuosos, aunque no fabricar un sentido del humor. Hay estados mentales que toleran ser ensayados y otros que se deshacen cuando perciben el esfuerzo.
Incluso cuando estas estrategias indirectas funcionan, conservan un pequeño residuo de paradoja. Quien se esfuerza demasiado por parecer altruista puede provocar la sospecha de que persigue algún beneficio oculto. Quien intenta convencerse de una idea puede terminar creyendo algo diferente. La voluntad pone en marcha el proceso, pero pierde el control sobre su desenlace. Es como lanzar una botella a un río. Elegimos el punto de partida, no el lugar exacto al que llegará.
Otra familia de paradojas aparece cuando una condición X nos da derecho a obtener Z, siempre que realicemos una acción Y que, por el hecho mismo de realizarla, demuestra que no cumplimos X. La regla se convierte en una cerradura cuya llave queda inutilizada en cuanto entra en ella. El ejemplo paradigmático aparece en Trampa 22, una novela satírica antibelicista de ficción histórica escrita por Joseph Heller. Paul Watzlawick ha resumido su lógica del siguiente modo:
Cualquiera que esté dispuesto a volar en misiones de combate tendría que estar loco y, al estar loco, podría ser apartado del servicio por razones psiquiátricas. Solo tendría que solicitarlo. Pero el hecho mismo de pedir que lo aparten, es decir, de no querer seguir volando en misiones de combate, demuestra que está cuerdo e impide que lo retiren del servicio.
El aviador puede quedar exento de las misiones si está loco. Sin embargo, la decisión racional de pedir la exención demuestra que no lo está. La puerta de salida existe, pero solo permanece abierta para quien es incapaz de verla o solicitar que la abran.
La contradicción resulta cómica en la ficción, aunque su estructura aparece con frecuencia en la vida burocrática. Pensemos en una ayuda destinada a personas tan vulnerables que apenas pueden gestionar sus asuntos cotidianos. Para obtenerla deben localizar una convocatoria, comprender un lenguaje administrativo, reunir numerosos documentos y cumplimentar correctamente varios formularios. El sistema exige como condición de acceso precisamente las capacidades cuya ausencia justifica la ayuda.
Derek Parfit ha imaginado el caso de un noble ruso que organiza las cosas de tal manera que, llegado cierto momento, no podrá formular una petición sin dejar de ser la persona cuyas decisiones merecían obediencia. La petición elimina el fundamento que le otorgaba autoridad. Para conseguir lo que quiere debe hablar, pero al hablar deja de ser aquel cuya voluntad debía respetarse.
Una intención semejante aparece en la fantasía de asistir al propio funeral y escuchar por fin lo que los demás piensan de nosotros. Deseamos conocer el juicio definitivo sobre nuestra vida, aunque ese juicio solo pueda formularse plenamente cuando ya no estamos allí para oírlo.
Otra categoría de paradoja aparece en la célebre frase de Groucho Marx: «Nunca pertenecería a un club que estuviera dispuesto a aceptarme como miembro». Aquí el problema no consiste en querer algo imposible de ordenar, sino en que la obtención del objeto deseado destruye inmediatamente su valor.
Mientras el club nos rechaza, su exclusividad lo hace atractivo. Cuando nos admite, su criterio comienza a parecernos sospechoso. El razonamiento funciona como una escalera que retiramos en cuanto hemos subido por ella. Queremos la aceptación de una institución prestigiosa, pero nuestra propia aceptación demuestra que quizá no era tan prestigiosa.
En cierto sentido, esta paradoja invierte la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. Quien necesita ser reconocido desea que ese reconocimiento proceda de alguien valioso. Sin embargo, si la persona que nos reconoce se muestra demasiado dispuesta a hacerlo, podemos concluir que su juicio no merece respeto. Su aprobación pierde valor y, con ella, también el mérito que supuestamente ha descubierto en nosotros.
Cualquiera que haya observado jugar a niños pequeños habrá reconocido esta lógica. Un niño desea el juguete de otro, pero cuando su propietario accede a entregárselo comienza a sospechar que quizá no valía tanto. Mientras era inaccesible, el objeto parecía un tesoro. Al hacerse disponible, se convierte en un cacharro.
El valor, en estos casos, no reside únicamente en el objeto, sino también en la resistencia que ofrece. El deseo funciona como un detector mal calibrado que confunde dificultad con calidad. Cuanto más cuesta alcanzar algo, más valioso parece. Cuando deja de oponer resistencia, sospechamos que nos hemos equivocado.
Los escritores también pueden caer en esta trampa. Si alguien elogia su obra, el elogio puede descalificarlo automáticamente como crítico serio. Si no la elogia, queda descalificado por no haber sabido reconocer su calidad. El escritor construye así una fortaleza interpretativa sin puertas. Cualquier juicio procedente del exterior se transforma en una confirmación de su excelencia.
No se trata de modestia, sino de una forma de soberbia protegida contra toda refutación. El escritor no piensa que nadie sea capaz de juzgarlo. Quienes lo admiran carecen de criterio y quienes lo critican carecen de sensibilidad. La conclusión ha quedado decidida antes de que comience el examen.
Una ciencia social que considere estas conductas meras anomalías corre el riesgo de borrar aquello que debería explicar. Los seres humanos no siempre elegimos entre opciones ordenadas de acuerdo con preferencias coherentes. A menudo queremos cosas incompatibles, modificamos el valor de un objeto cuando lo conseguimos y diseñamos proyectos que se frustran precisamente al tener éxito.
De estos casos se desprende una lección importante. Comprender las intenciones de una persona no equivale a considerarla racional. Podemos entender qué intenta hacer alguien y, al mismo tiempo, advertir que su proyecto trabaja contra sí mismo.
Podemos comprender a quien intenta olvidar un amor, a quien desea que le ordenen ser libre o a quien busca un reconocimiento que despreciará en cuanto lo reciba. Sus acciones tienen sentido. Responden a una arquitectura de deseos, miedos y expectativas que puede reconstruirse, aunque esa arquitectura incluya escaleras que no llevan a ninguna parte y puertas que se cierran al acercarnos.
Estas paradojas limitan el alcance de los modelos de elección racional, pero también amplían nuestra capacidad de interpretar la conducta humana. Permiten rescatar del territorio de lo absurdo acciones que, observadas con mayor atención, expresan conflictos perfectamente reconocibles.
Eso no significa que el análisis causal deje de ser necesario. Cuando una persona mantiene intenciones incompatibles, conocerlas nos permite comprender su dilema, pero no predecir cuál terminará imponiéndose. Si alguien quiere recordar y olvidar al mismo tiempo, ambas decisiones parecen posibles. El modelo intencional abre demasiados caminos.
Para saber qué hará finalmente debemos atender también a sus hábitos, emociones, experiencias previas y circunstancias. Las intenciones trazan el mapa, pero las fuerzas causales determinan qué sendero resulta transitable. Una persona puede querer avanzar hacia dos destinos distintos, aunque el cansancio, el miedo, la costumbre o el azar terminen inclinándola hacia uno de ellos.
La contradicción, por tanto, no siempre destruye el sentido. A veces es la forma que adopta el sentido cuando tratamos de gobernar mediante la voluntad aquello que solo puede aparecer cuando dejamos de perseguirlo directamente. Hay cosas que se obtienen acercándonos a ellas y otras que, como el sueño, el olvido o cierta clase de felicidad, comienzan a alejarse en cuanto notan que las estamos buscando.
... Pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil para que me esté allí sin moverme... Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con más lazos todavía.
La odisea
Podemos conseguir que alguien olvide algo, pero casi nunca diciéndole simplemente que lo olvide. La orden «olvida esto» suele funcionar como una chincheta clavada en la memoria. Para obedecerla, la persona debe recordar qué se le ha pedido olvidar y comprobar periódicamente si continúa recordándolo. El resultado más probable es el contrario del buscado.
La paradoja se vuelve aún más palmaria cuando somos nosotros quienes intentamos olvidar. No podemos decidirlo del mismo modo que decidimos cerrar una ventana o abandonar una habitación. El olvido no suele responder a una instrucción frontal. Aparece, más bien, cuando dejamos de alimentar un recuerdo, cuando otros asuntos ocupan su lugar o cuando algún proceso modifica indirectamente nuestra relación con él.
Por eso, para olvidar de manera deliberada tendríamos que atarnos de algún modo al mástil del barco, como Ulises ante las sirenas. No bastaría con formular el propósito. Habría que construir un mecanismo capaz de actuar sobre nosotros incluso cuando ya no controláramos conscientemente el proceso. La voluntad no produciría directamente el olvido, sino que pondría en marcha una cadena causal destinada a producirlo más adelante.
El mecanismo perfecto tendría que cumplir dos tareas. Primero, provocar el nuevo estado mental que buscamos. Después, borrar las huellas del procedimiento que lo ha generado. No bastaría con modificar la mente. También habría que ocultarle que ha sido modificada.
Actuar como si creyéramos puede funcionar. Repetir ciertos gestos, frecuentar determinados ambientes, adoptar una disciplina o participar en ciertos rituales puede terminar transformando nuestras convicciones. La conducta deja de ser una mera representación exterior y comienza a reorganizar las creencias desde dentro.
La estructura se parece a la de ciertos engaños de ilusionismo. No basta con ejecutar el truco. También hay que desviar la atención del espectador para que no perciba cómo se ha realizado. En este caso, sin embargo, el ilusionista y el espectador son la misma persona. Una parte de nosotros pone en marcha el procedimiento y otra debe perder la capacidad de descubrirlo.
Nos encontramos así ante una forma extrema de autoatadura.
Quizá por eso las paradojas no sean simples curiosidades lógicas, sino ventanas abiertas a la arquitectura de la mente. Vivimos rodeados de propósitos que solo se alcanzan cuando dejamos de perseguirlos de frente. Dormimos cuando dejamos de intentar dormir. Confiamos cuando dejamos de vigilar cada gesto. Olvidamos cuando dejamos de intentar olvidar.
La vida no siempre se deja conquistar mediante una voluntad cada vez más intensa. A menudo exige un rodeo, una renuncia o una astucia dirigida contra nosotros mismos.
Tal vez ahí resida una de sus lecciones más profundas. No todo lo que importa puede resolverse con una decisión consciente. Hay verdades que solo aparecen cuando dejamos de exigirles coherencia, porque, al fin y al cabo, la paradoja no es un fallo del mundo. Es una de las formas en que el mundo nos revela cómo funciona.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.