RSS Amplifier

Sapienciología · Aug 12, 2026

La extraordinaria aventura evolutiva de la ardilla Rigoberta

0
Sign in to vote or save

Sergio Parra · Sapienciología

Ha llegado el momento de contar una historia.

Retrocedamos unos 65.483.882 años. La cifra es absurdamente precisa, naturalmente, pero toda buena historia necesita fingir que alguien estuvo allí con un calendario para consignar que sucedió con total certeza.

En la copa de un viejo magnolio se encontraba una ardilla llamada Rigoberta.

Rigoberta no era precisamente un alarde estético dentro de los estándares de la comunidad ardillesca. Tenía unos extraños pliegues de piel que unían sus antebrazos con las patas traseras. Aquello le daba un aspecto desgarbado y un poco contrahecho, como si hubiera intentado ponerse un abrigo varias tallas más grande y hubiera decidido vivir dentro de él.

Las demás ardillas no apreciaban aquella originalidad anatómica. Cuando Rigoberta aparecía en una rama, las conversaciones cesaban de repente. Si intentaba unirse a un grupo para buscar nueces, las demás siempre encontrabab alguna excusa diplomática.

—Hoy vamos a hacer una expedición muy exclusiva.

—El árbol está completo.

—Nos encantaría invitarte, pero precisamente hoy buscamos ardillas... distintas.

La naturaleza suele describirse como indiferente a la belleza, pero los animales sociales son sorprendentemente capaces de sentir rechazo por criaturas que poco o nada se parecen a ellas.

Así que Rigoberta vivía bastante sola.

Aquella mañana estaba sentada sobre una rama alta del magnolio, mordisqueando una semilla con la melancolía de quien ha aceptado que nunca será elegida reina del bosque.

Mientras tanto, a pocos metros de distancia, en un enorme pino, otra criatura desarrollaba un razonamiento de una sola línea.

Era una lechuza llamada Bertha. Bertha levantó la cabeza. Vio a Rigoberta. Y pensó exactamente lo que cualquier lechuza respetable habría pensado.

«Almuerzo.»

Las lechuzas poseen muchas virtudes admirables, pero la tendencia a complicar innecesariamente un plan de ataque no figura entre ellas.

Bertha abrió las alas. El aire silbó entre las plumas. Descendió en silencio atravesando haces de luz que se colaban entre las ramas.

El bosque continuó con su rutina, completamente ajeno al hecho de que estaba a punto de producirse uno de esos accidentes históricos que sólo adquieren importancia cientos de millones de años más tarde.

Rigoberta levantó la vista. Durante una fracción de segundo contempló dos enormes ojos amarillos aproximándose a una velocidad poco tranquilizadora. No tuvo tiempo de elaborar una estrategia. No realizó un análisis coste-beneficio. No convocó una reunión de expertos. Simplemente gritó algo que, traducido libremente del idioma de las ardillas, venía a significar:

«¡AAAAAAAAAH!»

Y saltó. No saltó con elegancia. No saltó con un plan. Saltó con esa desesperación absoluta que sólo aparece cuando el cerebro decide que cualquier opción es preferible a convertirse en el almuerzo de alguien.

Mientras caía ocurrió algo inesperado. Los extraños pliegues de piel se tensaron. El aire comenzó a sostener parte de su peso. Su cuerpo dejó de precipitarse verticalmente. Empezó a deslizarse. A caer con elegancia, que diría Buzz Lightyear.

Rigoberta, completamente aterrorizada y sin la menor intención de convertirse en pionera de nada, acababa de descubrir el vuelo planeado. Bueno, técnicamente no era exactamente volar. Los ingenieros aeronáuticos serían capaces de señalar varias diferencias importantes. Pero si uno es una ardilla que esperaba estrellarse contra el suelo y, en cambio, termina aterrizando veinte metros más allá mientras una lechuza pasa de largo con expresión de absoluta incredulidad, las sutilezas aerodinámicas pierden bastante interés.

Bertha necesitó unos segundos para procesar lo sucedido. Aquello no figuraba en el manual de comportamiento habitual de las presas. Las ardillas, según toda su experiencia profesional, caían. No desaparecían planeando como si hubieran firmado un contrato con la gravedad sujeto a determinadas condiciones.

Rigoberta aterrizó torpemente sobre otro árbol. Tembló durante un buen rato. Comprobó que seguía viva. Y, probablemente, decidió que jamás volvería a quejarse de sus pliegues de piel.

Lo realmente interesante empezó después. Las noticias vuelan deprisa en cualquier comunidad pequeña, incluso cuando ninguno de sus habitantes sabe volar.

Al cabo de pocos días todo el bosque hablaba de la hazaña. Rigoberta había sobrevivido a una lechuza. Más aún. Había escapado haciendo algo completamente nuevo. Las mismas membranas cutáneas que durante años habían sido motivo de burlas comenzaron a verse bajo una luz sorprendentemente favorable. Lo que antes era un defecto pasó a convertirse en una señal de extraordinaria competencia evolutiva.

De pronto, las demás ardillas descubrieron que Rigoberta tenía una conversación fascinante. Que siempre les había parecido simpática. Que aquellos pliegues le daban un aire distinguido.

No es imposible que la selección sexual y el oportunismo compartan algunos mecanismos psicológicos. Así que Rigoberta encontró pareja. Y tuvo mucho sexo, hasta que se quedó embarazada.

Supongamos, para simplificar, que aquellos pliegues dependían principalmente de un gen dominante. Muchos de sus descendientes heredaron la misma característica. Y algunos de ellos, enfrentados también a depredadores, sobrevivieron gracias a ella.

Generación tras generación, la selección natural hizo el resto.

Los pliegues aumentaron.

Los músculos cambiaron.

La coordinación mejoró.

El comportamiento se refinó.

Las ramas empezaron a verse menos como lugares donde vivir y más como pistas de despegue.

Muchísimo tiempo después aparecieron las ardillas voladoras que hoy conocemos.

Naturalmente, esta historia simplifica una enorme cantidad de detalles genéticos, anatómicos y evolutivos. La evolución nunca trabaja con un único individuo pionero ni con un solo gen salvador. Es un proceso lento, lleno de pequeños cambios, retrocesos y accidentes acumulados.

Podría alguien haber previsto, antes del ataque de Bertha, que aquellos ridículos pliegues de piel acabarían convirtiéndose en una ventaja extraordinaria? Quizá algún observador especialmente perspicaz habría sospechado que podían frenar una caída.

Tal vez.

Pero una cosa es imaginar un posible uso y otra muy distinta anticipar toda la historia evolutiva que puede desplegarse a partir de él. Porque los pliegues no evolucionaron para planear. Existían antes. Cumplían otra función (o quizá ninguna especialmente importante) y sólo cuando cambiaron las circunstancias revelaron una utilidad completamente nueva.

A esto los biólogos lo llaman exaptación. Es una palabra poco elegante para una idea fascinante. La evolución es una experta recicladora. Convierte huesos de mandíbula en huesecillos del oído. Transforma plumas que quizá sirvieron primero para conservar el calor en herramientas para el vuelo. Reutiliza proteínas destinadas a una tarea para realizar otra completamente distinta. Aprovecha cualquier oportunidad que encuentre.

Es menos un ingeniero que diseña desde cero y más un mecánico ingenioso que construye un avión utilizando piezas sobrantes de cinco vehículos diferentes.

Llegados hasta aquí, analicemos esta fábula desde un punto de vista filosófico.

¿Habría sido posible predecir hace cuatro mil millones de años que ciertos repliegues de piel terminarían permitiendo a algunas ardillas deslizarse entre los árboles?

No.

¿Podemos hacerlo hoy respecto a todas las futuras exaptaciones posibles?

Tampoco.

Es problema no es que falten leyes físicas. Las leyes están ahí. Rigoberta no violó la gravedad. No suspendió la aerodinámica. No negoció una excepción temporal con las ecuaciones de Newton. Todo cuanto hizo obedeció perfectamente a la física conocida. Y, sin embargo, las leyes físicas, por sí solas, no parecían contener la idea de una ardilla planeadora esperando pacientemente a ser descubierta.

Las leyes describen cómo interactúan las fuerzas. No nos dicen qué nuevas funciones podrán adquirir mañana unas estructuras que hoy parecen inútiles.

No predicen qué accidente histórico convertirá un defecto en una innovación.

No anticipan qué combinación irrepetible de organismos, depredadores, mutaciones, bosques, climas y casualidades inaugurará un nicho ecológico completamente nuevo.

Rigoberta no desafió las leyes del universo. Simplemente hizo algo que el universo permitía, pero que nadie (ni siquiera la propia evolución) parecía haber advertido hasta que una lechuza particularmente hambrienta decidió saltarse el protocolo del desayuno.

Y quizá ahí resida una de las características más extraordinarias de la vida. No consiste únicamente en obedecer las leyes de la física. Consiste en descubrir, una y otra vez, posibilidades que esas leyes permiten, pero que nadie habría sido capaz de enumerar de antemano. La evolución no rompe las reglas. Hace algo mucho más intrincado, difícil de capturar por nuestra intuición. Encuentra maneras inesperadas de jugar con ellas.

Por esa razón, las grande metas de la humanidad raramente se alcanzan desde cero. Son fruto de casualidades, de serendipias, de azares, de ir sorteando amenazas y escogiendo qué camino tomar en cada pequeña encrucijada. Sin ningún mapa. Sin brújula. Tan solo dejándonos llevar por lo que nos salta al paso, siempre con los ojos muy abiertos y expectantes.

También es la razón por la que mitigar el cambio climático, por ejemplo, no sea tan eficaz como tratar de adaptarnos a él. Porque ¿quiénes somos nosotros en el intrincado, vasto y pantagruélico orden cósmico?

Pero para entender mejor todo esto, cómo todo está conectado con todo, cómo el enfoque reduccionista del mundo acaba por destruir gran parte del propio mundo que tratamos de asimilar, valga la pena contar una historia acaso más extraordinaria, compleja y detallada, a la par que surrealista: la de un simple trilobite llamado Tomasina.

Read the original on sergioparra.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.