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Sapienciología · Aug 8, 2026

El color imposible que demuestra que no vemos la realidad

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Sergio Parra · Sapienciología

Solo un puñado de personas ha visto una experiencia cromática que ningún ser humano puede percibir de forma natural. No puede fotografiarse, imprimirse ni reproducirse en una pantalla porque solo existe cuando un láser estimula la retina de una forma imposible fuera del laboratorio.

Bautizado como «Olo», su nombre hace referencia al patrón de activación de las células fotorreceptoras (los conos) que lo hacen posible. Quienes lo han visto lo describen como un turquesa de una saturación extraordinaria, muy por encima de cualquier color conocido.

El color fue creado por investigadores de la Universidad de California en Berkeley mediante un sistema de láseres capaz de estimular de forma selectiva un único tipo de cono de la retina. En condiciones normales eso nunca ocurre, porque la luz que llega a nuestros ojos activa siempre varios tipos de conos al mismo tiempo.

Dicho de otro modo: el espectro cromático no es una propiedad del mundo, sino una proyección de nuestras restricciones biológicas.

Solemos imaginar la evolución como un ingeniero obsesionado con fabricar organismos cada vez más perfectos y percepciones cada vez más fieles al mundo. Sin embargo, la selección natural nunca ha perseguido la verdad, la belleza o la precisión. Su único criterio es mucho más modesto. Basta con que un organismo funcione lo suficiente para transmitir sus genes.

Entender este principio ayuda a explicar no solo por qué existe un color inaccesible para nuestra experiencia cotidiana, sino también por qué nuestro cuerpo está lleno de imperfecciones, por qué nuestra mente acumula sesgos y por qué la evolución no siempre favorece aquello que nos hace más sanos, más felices o más longevos.

A veces se acusa a la teoría de la selección natural de ser una tautología, es decir, una afirmación que parece explicar algo pero que, en realidad, se limita a repetirlo con otras palabras. La expresión «supervivencia del más apto» podría traducirse, según esta crítica, como «supervivencia de quienes consiguen sobrevivir». Dicho así, sería tan informativa como afirmar que los ganadores son aquellos que ganan.

Esta objeción tiene cierta fuerza cuando definimos la aptitud exclusivamente por el éxito reproductivo. Si llamamos «más aptos» a los organismos que dejan más descendientes, entonces afirmar que los más aptos dejan más descendientes resulta circular. Sería como decir que el mejor vendedor es quien más vende y, después, explicar que vende más porque es el mejor vendedor.

Sin embargo, la palabra aptitud puede referirse a cosas distintas. Podemos hablar de aptitud genética, entendida como la capacidad de transmitir genes a las generaciones siguientes, o de aptitud ecológica, entendida como la capacidad de un organismo para sobrevivir, mantenerse sano, crecer o vivir durante mucho tiempo en un entorno determinado. La segunda puede medirse mediante indicadores independientes del número de descendientes, como la longevidad, la resistencia a las enfermedades o la eficiencia para obtener alimento.

Cuando se distingue entre ambas formas de aptitud, la selección natural deja de parecer una tautología. De hecho, ambas pueden entrar en conflicto. Un organismo puede vivir muchos años, conservarse en excelentes condiciones y, sin embargo, apenas reproducirse. Otro puede morir relativamente joven después de haber producido una gran cantidad de descendientes.

Desde el punto de vista ecológico, el primero podría parecer más exitoso. Desde el punto de vista evolutivo, lo sería el segundo.

La selección natural no favorece necesariamente a los padres que se sacrifican al máximo por cada cría, sino a aquellos cuyo esfuerzo aumenta de manera más eficaz su éxito reproductivo total. Cada cría es, en cierto sentido, una apuesta dentro de una cartera limitada de tiempo, energía y alimento. Invertir demasiado en una sola puede reducir la posibilidad de tener otras en el futuro. Invertir demasiado poco, en cambio, puede hacer que se pierda todo el esfuerzo ya empleado en gestarla, alimentarla o protegerla.

Pensemos en un ave que dispone de una cantidad limitada de alimento. Si dedica todos sus recursos a un único polluelo, quizá ese polluelo sobreviva, pero el progenitor puede quedar tan debilitado que no consiga reproducirse de nuevo. Si reparte demasiado el alimento entre muchas crías, ninguna recibirá lo suficiente. La estrategia favorecida por la selección natural no tiene por qué ser el sacrificio máximo, sino una combinación intermedia que permita sacar adelante el mayor número posible de descendientes viables a lo largo de la vida.

Esto muestra que la evolución no busca maximizar la salud, la comodidad o la longevidad del individuo. Si su objetivo fuese aumentar exclusivamente la aptitud ecológica, la mejor estrategia podría ser evitar por completo la reproducción. Tener descendencia consume energía, aumenta la exposición a depredadores, favorece lesiones y enfermedades y, en muchas especies, acorta la vida. Un animal que nunca se reprodujera podría conservar mejor su cuerpo, del mismo modo que una máquina que nunca se utiliza puede durar más tiempo. Pero sus genes desaparecerían con él.

La evolución se parece menos a un programa de mantenimiento del organismo que a una carrera de relevos. Lo decisivo no es cuánto tiempo permanece cada corredor en la pista, sino si consigue entregar el testigo a la siguiente generación. La longevidad solo resulta evolutivamente valiosa cuando contribuye de algún modo a esa transmisión.

La confusión entre aptitud ecológica y aptitud genética aparece con frecuencia en la literatura científica. A veces se afirma, por ejemplo, que la reproducción puede ser beneficiosa para la especie, pero perjudicial para el individuo. La afirmación puede parecer razonable si se mide el bienestar individual por la salud, la supervivencia o la ausencia de costes. Sin embargo, desde la perspectiva evolutiva, el éxito de un organismo no se evalúa únicamente por lo bien que conserva su cuerpo, sino por la contribución que hace a las generaciones futuras.

Algo parecido ocurre con la expresión «inversión parental». La metáfora económica es útil, pero también puede inducir a error. En economía, invertir significa renunciar a una cantidad de un recurso en el presente para obtener una cantidad mayor de ese mismo recurso en el futuro. Se sacrifica consumo actual para disponer después de más dinero o más bienes.

En la inversión parental, en cambio, el intercambio se produce entre recursos diferentes. El progenitor sacrifica energía, tiempo, seguridad, salud o longevidad para aumentar las probabilidades de supervivencia y reproducción de sus descendientes. No renuncia a una porción de vida para obtener después más vida propia, sino para favorecer la continuidad de sus genes.

Por eso, la inversión parental se parece menos a ingresar dinero en una cuenta de ahorro que a emplear piezas del propio barco para construir pequeñas embarcaciones capaces de continuar la travesía. El barco original puede quedar deteriorado e incluso hundirse, pero desde el punto de vista de la selección natural lo relevante es que algunas de esas embarcaciones lleguen más lejos.

Tendemos a imaginar la selección natural como una especie de ingeniero paciente que ha ido perfeccionando los organismos hasta convertirlos en máquinas cada vez más eficientes. Pero la evolución no es un ingeniero, no tiene planos, no anticipa problemas y, sobre todo, no persigue nuestro bienestar. Se parece más a un proceso de bricolaje ciego que modifica lo que ya existe, conserva lo que funciona lo suficiente y abandona todo aquello que no consigue reproducirse.

Un rasgo puede ser doloroso, ineficiente o peligroso y, aun así, mantenerse si no reduce demasiado la transmisión de los genes que lo producen. La evolución no corrige todos los defectos. Solo elimina algunos de los que impiden dejar descendencia.

Esto explica por qué nuestro cuerpo está lleno de soluciones improvisadas. La espalda humana permite caminar erguidos, pero paga esa ventaja con hernias, lumbalgias y discos intervertebrales sometidos a una presión para la que nuestra arquitectura ancestral no había sido diseñada. La pelvis femenina permite la locomoción bípeda, pero también convierte el parto en un proceso especialmente difícil. El ojo humano posee un punto ciego porque la retina está conectada de una forma que ningún ingeniero sensato habría elegido desde cero. Y la garganta comparte vías para respirar y tragar, una solución suficientemente funcional que, de vez en cuando, permite que una aceituna nos mate.

Los organismos no han sido diseñados sobre una mesa limpia, sino remodelados a partir de estructuras anteriores. La evolución trabaja como alguien que reforma una casa sin poder derribarla, obligado a conservar muros, tuberías y pasillos heredados. Cada nueva solución debe encajar con millones de decisiones previas que ya no pueden deshacerse.

También nuestra mente refleja esta lógica. La ansiedad, por ejemplo, puede resultar desagradable, pero un sistema de alarma demasiado sensible quizá haya sido menos costoso que uno demasiado confiado. Para nuestros antepasados, confundir una sombra con un depredador suponía gastar unos minutos corriendo. Confundir un depredador con una sombra podía significar no volver a cometer ningún error. La selección natural no favoreció una percepción perfectamente exacta, sino una percepción sesgada hacia los errores menos letales.

Por eso vemos intenciones donde quizá solo hay azar, recordamos mejor las amenazas que los periodos de calma y prestamos más atención a una crítica que a diez elogios. Nuestra mente no ha sido construida para describir el mundo con neutralidad científica. Ha sido modelada para tomar decisiones rápidas bajo incertidumbre, incluso a costa de deformar la realidad. Somos descendientes de organismos que reaccionaban antes de haber comprendido.

La misma lógica ayuda a entender por qué el placer y el bienestar no funcionan como recompensas permanentes. Comer, mantener relaciones sexuales, obtener reconocimiento o alcanzar una meta produce satisfacción, pero esa satisfacción suele disiparse rápidamente. Si el placer permaneciera intacto, dejaría de empujarnos hacia nuevas acciones. Un organismo completamente satisfecho sería, desde la perspectiva evolutiva, una máquina detenida.

La felicidad duradera puede ser deseable para nosotros, pero no tiene por qué haber sido favorecida por la selección natural. Lo que esta ha construido es un sistema de incentivos móviles. Cuando conseguimos algo, el umbral se desplaza. El premio pierde intensidad y aparece una nueva carencia. Esto sucede porque los organismos permanentemente conformes habrían competido mal frente a aquellos que seguían buscando alimento, estatus, aliados o parejas.

Nuestra insatisfacción no es un fallo accidental del programa. En cierta medida, es uno de sus motores.

Durante millones de años, la evolución no ha construido ojos para contemplar toda la realidad, ni cerebros para comprenderla con precisión, ni organismos destinados a sentirse satisfechos. Ha construido sistemas suficientemente buenos para continuar. Hay colores que no podemos ver, señales que interpretamos mal, cuerpos que envejecen y deseos que se renuevan en cuanto parecen satisfechos. No somos el resultado final de un proyecto de perfeccionamiento, sino una solución provisional que ha conseguido llegar hasta aquí.

También deberíamos percibir de ese modo la ecología en la que estamos insertos. No deberíamos tanto tratar de mitigar los cambios ecologícos como adaptarnos a ellos. Porque la ecología, como nosotros, también avanza ciega y a trompicones.

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Read the original on sergioparra.substack.com

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