Muy a menudo se habla sobre qué es la gnosis como si esta fuera sencillamente lo contrario del discurrir racional, si bien es necesario ampliarlo a lo personal humano, lo que solemos llamar egos y personalidad o, dicho de otra manera, aquello temporal que ansía movimiento en lugar de quietud y eternidad. De ahí se deduce que la gnosis es el ámbito de la verticalidad del alma, mientras que el discurrir personal es la horizontalidad de la personalidad y el ego.
Esta concepción, aparte de ser dualista, que ya es un error, incurre en un equívoco aún más fatal, que consiste en horizontalizar aquello vertical, poniendo a la gnosis en un platillo de la balanza y en el otro la racionalidad. Dos ámbitos de realidad tan distintos en su jerarquía no pueden ser comparados y por tanto igualados, porque a partir de tal premisa se concatenan una serie de ideas muy perjudiciales para quienes anhelan la Vía.
Cabe señalar, antes de profundizar en la cuestión, que esta especie de alegorías o metáforas son útiles para un primer discernimiento, pero deben ser apartadas a su debido momento para no frenar el afloramiento de la comprensión recordativa (anamnesis) de Lo Real.
Si damos a lo horizontal entidad como a lo vertical, en lugar de ubicarlo en el lugar ontológico que le corresponde, que es su subyugación respecto a lo vertical, podemos llegar a entregarle a lo horizontal el estatuto de entidad propia apartada de su origen. Esto nos llevaría a creer en distinciones horizontalizantes como: materia y espíritu, bien y mal, luz y sombra, cielo y tierra, conciencia y ego, silencio y palabra, sentidos físicos y sentidos sutiles, inmanencia y trascendencia y un extenso etcétera de igualaciones que llegan a crear rechazo a lo manifestado en cuanto tal.
Respecto a la misma gnosis, si bien suele ser definida correctamente como un conocimiento intuitivo (noético) de las realidades divinas, en ocasiones es descrita como vivencia o experiencia de lo divino, cuando no guarda vínculo alguno con ello. Lo que podemos llamar «experiencia espiritual» es un reflejo de la insondable profundidad de ser en el Ser, que no es una experiencia, pues esta pertenece a la dimensión de lo temporal. Lo atemporal no puede ser experimentado, sólo sido.
Esta creencia choca severamente en la psique del individuo que también intenta subsumir principios como «no hay otra cosa sino Dios», «Todo es Espíritu» y toda afirmación que transmita la Unidad de la Gran Procesión del Uno.
Es necesario, entonces, un replanteamiento que nos permita abrirnos a la estancia y comprensión real de que lo que a todo subyace es la Unidad, ya sea en la totalidad, en lo múltiple y en lo manifestado.
No hay distinciones ni separación, ni cárceles sensitivas, materiales o psicológicas. Puede y hay alejamiento del Principio en tanto la mirada de un alma se centre sólo en sí misma y en lo manifiesto, pero ni siquiera así deja de mirar a la Unidad, pues si esta subyace y es todo cuanto hay y no hay, significa que no es posible alejarse definitivamente de la Naturaleza en su amplio sentido. De ahí se entiende que lo innatural como tal no existe; lo que sucede es una incorrecta disposición del alma a ser lo que es en su plenitud noética.
Para ver un ejemplo de lo que estoy hablando aquí, recomiendo leer esta entrada:
Notas liminales: Simplemente ser, que no existir
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Mar 8
Pareciera que simplemente ser es más arduo que lo intrincado del hacer, del experimentar o del transitar por la existencia entre pensamientos, emociones e instintos. En cada cual, la aparente dificultad de simplemente ser radicará en un error de concepción u otro, pero hay cierto denominador común que entorpece la posibilidad de ser consciente de que
Devenidos en lo manifiesto, los seres disponemos de cuerpo, sentidos y estructuras acondicionadas a las leyes del cosmos que habitamos. En el caso del ser humano, la problemática radica en el ensimismamiento y confusiones citadas.
Quien cae bajo el ensimismamiento, que paradójicamente tiende a la exteriorización conducente a la ignorancia, tiende a ajar metafóricamente al cuerpo, los sentidos y al mundo manifestado, amustiándolos para sus propios ojos. De ahí nace una infausta relación con la materia, despojando de su percepción la belleza intrínseca de todo lo existente, que late de Vida.
Tal tendencia desacredita a los propios sentidos, demoniza al cuerpo a la vez que se identifica fuertemente con el placer y el rechazo surgidos de él. Se aferra a sus egos mientras los injuria, piensa en «lo perjudicial» de la razón razonando, se lamenta de sus emociones emocionándose, dando vueltas sobre sí mismo, tiñendo su interrelación con el resto de seres con su propia mismidad ilusoria.
Los sentidos son puertas a la participación e inmersión a la Belleza del Espíritu. El cuerpo y su instinto es portador del movimiento de la existencia que facilita la expresión de la particularidad de cada ser en su plenitud. El raciocinio es la posibilidad de imitar el orden cósmico que permite que todo sea cuanto debe ser. La emoción nos abre a la interrelación entre seres según la disposición de cada uno de ellos.
La gnosis, entonces, no puede ser contrapuesta al discurso racional o personal, sino que todo aquello personal, incluyendo lo corporal, ha de estar al servicio de la Conciencia, de nuestro verdadero ser en concordancia con el Ser.
Visto de este modo, la gnosis también es noesis, que por un lado es intuición espiritual genuina, pero más ampliamente es la vida espiritual siendo vivida. La vida espiritual siendo vivida es posarse en lo subyacente a todo ser, el Uno y su Totalidad una y múltiple. Es vivir en la Belleza y la Verdad, ser un reflejo del Bien.

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