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Sendero a la Nada - Autoconocimiento y Espiritualidad · Jun 3, 2026

De la Nada a la existencia y de la existencia a la Nada

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Sendero a la Nada · Sendero a la Nada - Autoconocimiento y Espiritualidad

Cuando ponemos nuestra mirada y escucha en el Espíritu y nos hacemos conscientes de su naturaleza, que va más allá de la existencia al mismo tiempo que es próxima y nos forma en tanto Conciencias que somos, hablar de la Nada se convierte en un intento de atrapar el horizonte, en un casi decir lo que no puede ser dicho, aunque lo sentimos con todo nuestro ser. Esto define al anhelo espiritual, la tendencia hacia el Espíritu, que experimentamos como lejano y cercano a la par.

La noción de la Nada se encuentra tanto en los mitos que nos hablan de la creación y el origen del Universo como en la experiencia espiritual en la que vivimos directamente la trascendencia.

En este texto veremos cómo los mitos cosmogónicos suelen referirse al Principio de los principios como una Nada Primordial y cómo esto se verifica en la vida espiritual.

Los ejemplos que veremos ahora son apenas una muestra de un motivo que puede encontrarse en multitud de enseñanzas, por no decir que se halla en todas. Comenzaremos por lo más cercano a nosotros, el judeocristianismo.

En el Antiguo Testamento bíblico, al inicio del Génesis, versículo 2, leemos:

«2Pero la tierra llegó a estar informe y vacía (tohu wa-bohu), y había tinieblas sobre la faz del abismo (tehom), y el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.»

La creación del mundo suele definirse como creatio ex nihilo (creación a partir de la nada). En Génesis 1 el estado primordial precedente a la creación se describe como tohu wa-bohu, «informe y vacío» o «invisible y sin forma»,[1] según la traducción consultada. El término tohu se traduce como «desierto, lo desolado; vacío, vanidad;[2] nada», y en el Bahir, por ejemplo, suele tener connotaciones negativas relacionadas con Satán.

Creo que en el contexto metafísico del Génesis la traducción correcta para tohu debe ser «nada» o «vacío», conceptos ligados al Centro original del que parte toda la Creación, que hace referencia a lo indescriptible, lo inasible, lo trascendente de lo trascendente. No deja de ser curioso que dicha palabra se pueda relacionar con Satán, el «otro lado de la moneda».

En Génesis también aparece el término tehom, literalmente «las profundidades», haciendo referencia al abismo acuoso primordial. En gematría[3] su número es el 451, y comparte valor numérico con mahut, «esencia, cualidad, naturaleza», indicándonos que el abismo es el océano primordial que, una vez se una la Esencia de Dios a él, las cosas serán creadas.

Además, tehom proviene del acádico tiamtum así como del ugarítico thm, que significan «mar» u «océano». De tiamtum deriva Tiamat, la diosa babilonia que personifica el océano primigenio salado y caótico (informe). Según los mitos babilonios, su papel, junto a su esposo Abzu, es creador, aunque en la epopeya Enuma Elish se narra una guerra en la que Tiamat también es una feroz guerrera, pero siempre siendo una diosa primigenia creadora.

Cabe mencionar aquí a Nun, el océano primordial según los egipcios, un abismo acuoso, oscuro e infinito. Es lo preexistente, la potencialidad de la que todo surgirá. De Nun emerge Atum o Atum-Ra (el Nous platónico), quien iniciará la creación a través de los primeros dioses que finalmente formarán el Universo.

En la Teogonía de Hesíodo se cuenta el proceso cosmogónico de la siguiente manera:

«En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro.]

Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos. Del Caos surgieron Érebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Éter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Érebo.» (Ed. Gredos)

La narración continúa describiendo jerárquicamente el nacimiento de los dioses, los titanes, el mundo, etc.

Respecto al término e idea de «Caos», no significa destrucción, confusión o desolación, pues estos significados provienen de derivaciones lingüísticas y sentidos dados posteriormente. En griego, Cháos viene a significar «apertura», teniendo connotaciones de «vacío» y «nada». En el contexto mitológico y metafísico, Caos es el estado unitario primordial, la no-forma previa a la manifestación. En el orfismo era llamado Chásma, lit. «Abismo». El término sería explicado de forma semejante por Ovidio en el mismo sentido, aunque el poeta romano le añadió la connotación actual que hace referencia al desorden y la confusión.

Con el paso de los siglos, el significado de «caos» quedó vinculado a la idea de desorden y desconcierto, afectando a las traducciones bíblicas y a los tratados filosóficos a partir de entonces. Si lo que se busca es el orden y la plenitud, lo informe y lo vacío deben ser contrarios, pensarán las mentes más dualistas. Pero el Caos, la Nada o el Vacío es el eje del que todo surge y que todo lo sostiene.

A propósito de esto último, pasemos ahora a las tradiciones hindúes. Según Ananda Coomaraswamy en El Vedanta y la Tradición Occidental,

«Kha, cf. el griego χᾶος (caos) es generalmente “cavidad”, y en el Ṛg Veda, particularmente, “el agujero del cubo de la rueda por el que pasa el eje” (Monier-Williams). A. N. Singh ha mostrado de manera concluyente que en el uso matemático corriente durante los primeros siglos de la era cristiana en la India, kha significa “cero”; Sūryadeva, comentando el Āryabhata dice que “los kha se refieren a vacíos (khāni śunyā upa lakṣitāni)”.»

«El cubo de la rueda por el que pasa el eje» es el vacío, el no-ser que permite que el ser sea. El punto de origen, «Dios en su máxima trascendencia», está más allá de la existencia, la forma y cualquier descripción posible.

Siguiendo en la esfera hindú, hay una descripción de la Nada creadora en el Rg Veda 10.129 que nos dice mucho sobre la cuestión:

«Entonces no había ni “ser” [sat] ni “no ser” [asat], ni espacio intermedio, ni cielo más allá. ¿Qué era lo que giraba? ¿Dónde? ¿Bajo la protección de quién? ¿Había agua? Sólo un profundo abismo.

No había entonces ni muerte ni inmortalidad, ni se marcaban el día y la noche.

Respiraba, sin viento, por su propia determinación, este Uno. Más allá de esto, no había nada en absoluto.

La oscuridad estaba oculta por la oscuridad, en el principio. Un océano salado sin rasgos era todo esto (el universo). Un germen, cubierto por el vacío, nació a través del poder del calor como el Uno.

El deseo surgió entonces en este (Uno), en el principio, que fue la primera semilla de la mente. En el no-ser los videntes encontraron el cordón umbilical [relación] del ser, buscándolo en sus corazones con planificación.

Su cuerda se extendía oblicuamente. ¿Había realmente “abajo”? ¿Había realmente “arriba”? Allí estaban los que otorgaban la semilla, allí estaban las “grandezas” [embarazos]. Abajo estaban (sus) propias determinaciones, arriba estaba la concesión.

Entonces, ¿quién sabe bien?, ¿quién proclamará aquí, de dónde han nacido, de dónde (vino) esta amplia emanación [visṛṣṭi]? Los dioses son posteriores a su emanación. ¿Quién sabe entonces de dónde se desarrolló?

¿De dónde se ha desarrollado esta emanación, si ha sido creada o no —si hay un “supervisor” de este (mundo) en el cielo más alto, sólo él lo sabe— o (¿qué) si no lo sabe?» [trad. de Michael Witzel]

Y en el Huainan zi, texto taoísta del siglo II a.n.e.:

«En un tiempo en que el Cielo y la Tierra aún no tenían forma, fue llamado el Gran Comienzo. El Tao comenzó en el inmenso vacío. Entonces nacieron los alientos del espacio y del tiempo. Lo que era ligero se movía y formaba el cielo (fácilmente); lo que era pesado, la tierra... este proceso era difícil.»

En el Popol Vuh, texto maya medieval, al inicio de los tiempos

«todo estaba en suspenso; todo estaba en calma y silencio; todo estaba inmóvil y todo estaba quieto, y vasta era la inmensidad de los cielos... La faz de la tierra aún no se veía; sólo el mar apacible y la extensión de los cielos... pues todavía nada existía... Solos estaban el Creador, el Hacedor, Tepeu, el Señor, y Gucumatz, la Serpiente Emplumada, aquellos que engendran, aquellos que dan el ser, solos sobre las aguas como una luz creciente... Fue entonces cuando la palabra llegó a Tepeu y Gucumatz... y hablaron y consultaron y meditaron y unieron sus palabras y consejos.»

Relatos semejantes sobre un dios creador que emerge o se crea a sí mismo a partir de la Nada o que emerge de las aguas primordiales también se encuentran en el sudeste asiático, Polinesia, Hawái y en casi toda América.[4] La intuición espiritual, la experiencia directa de lo sagrado, nos hace conscientes de la Trascendencia y su unicidad, de nuestra participación en la dimensión esencial de la existencia, y esto se ha reflejado en los mitos y enseñanzas espirituales de siempre.

La Nada, que ya vemos que no es una nada en el sentido habitual del término, es el origen trascendente de todo lo que es, fue y será. Como dice El libro de los XXIV filósofos, texto del siglo XII:

«Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Esta definición está formulada de modo que se imagina la primera causa, en su vida, como un continuo. El término de su extensión se pierde por encima del dónde e incluso más allá. Por esta razón, su centro está en todas partes, y el alma no puede pensarlo con dimensión alguna. Cuando busque la circunferencia de su esfericidad, dirá que se halla elevada al infinito, puesto que aquello que carece de dimensión es indeterminado, como lo fue el inicio de la creación.»

«La unión suprema requiere fe y místico silencio.» —Proclo, Th. Plat. I 25; II 12

Un aspecto de la vida espiritual que nos conecta con Lo Real es la experiencia de la Trascendencia. Los mitos, comentarios y enseñanzas tradicionales han representado y descrito de diversas formas la Nada, destacando su carácter —o no-carácter— trascendente, es decir, más allá de las formas, de lo imaginable o sensible, siendo indescriptible, inasible e indescifrable, pues, en definitiva, está más allá de la existencia y nada puede decirse de ella.

Hablar de la Nada es hablar de la original y pura simplicidad, de la esencia de la esencia, del verdadero Misterio. Como dicha experiencia y comprensión del Misterio, hasta donde es posible, es la experiencia del origen, de la participación y unión con nuestras raíces en tanto Conciencias emanadas del Espíritu, se vive como algo muy diferente a la experiencia común en el mundo de las formas. Uno de los testimonios que creo más interesantes sobre dicha diferencia nos la da Plotino:

«Muchas veces, despertándome de mi cuerpo a mí mismo, saliéndome de las otras cosas y entrando en mí mismo, al contemplar entonces una belleza maravillosa y convencerme de que pertenezco a lo más alto del mundo superior, habiendo vivido la vida más noble, habiéndome convertido en idéntico a lo divino y fijado en él, ejercitando esta actividad suprema y situándome por encima de cualquier otra realidad espiritual, cuando luego, tras esa estancia en la región divina desciendo del Espíritu al raciocinio, me pregunto cómo ha sido posible, y también esta vez, descender de este modo, cómo es posible que mi alma haya llegado jamás a estar dentro de un cuerpo si ya, desde que está en un cuerpo, el alma es tal como se me manifestó.» Enéadas, IV, 8, 1, 1

La vivencia espiritual activa el rumor de fondo del anhelo, un susurro que nos impele a regresar a nuestra verdadera patria, el Uno. Y para ello sabemos que es necesario asemejarnos a Él, y eso es el Camino, un recorrido de y hacia la Semejanza.

Puesto que nuestra alma, anfibia que diría Plotino, se apega por un lado a la vida de las formas y por otro anhela el regreso al Espíritu, nos hacemos conscientes de la necesidad de purificarnos interiormente. El trabajo interior o estudio del alma conducente a la muerte de los egos es uno de los procesos más importantes y esenciales, también llamado purificación, pues nuestra alma, ensimismada e identificada consigo misma y con las formas del vivir diario, debe ser «reajustada» para que aflore nuestra auténtica esencia espiritual.

Y de ahí surge una de las ideas y «búsquedas» fundamentales de la vida espiritual: el desapego o desasimiento, la pura no-identificación egoica, la no-turbación (apatheia). Este principio es nuclear en la vía iniciática, pues es poner la mirada en Dios con miras a asemejarse y re-unirse con Su Realidad a escala microcósmica, que es la que nos corresponde.

En el Vijñāna Bhairava Tantra, texto del shivaísmo de Cachemira, leemos que

«Meditando el yogui, en su corazón, en los cinco vacíos [los cinco sentidos], penetra en el Supremo Vacío (anuttara śūnya).» VB 32

«¡Oh gran Diosa!, que el yogui contemple todo este universo como si fuese vacío;
allí mismo su mente se disolverá y, disuelta, se hará digna de fundirse en ese vacío más allá del vacío (śūnyātiśūnya).» VB 58

«Meditar en el corazón» es la interiorización y sumersión en la Sabiduría o jñana, el conocimiento intuitivo, participativo y directo de las realidades espirituales, pues el corazón es el centro espiritual más importante del ser humano, siendo a veces sinónimo de Conciencia, símbolo del Atman o Ser.

Según el shivaísmo, el corazón es «el acceso a lo inaccesible», lugar en el que se dinamizan nuestras energías sutiles, espacio de la absorción o reabsorción (samadhi) en el Supremo Vacío, que es Bhairava, la Realidad Última.

En el budismo, nirodha, la cesación del sufrimiento, tercera Noble Verdad, supone el proceso por el cual se da la extinción interior de lo condicionado. Una parte de este proceso es el desapego, pues «Al cesar la percepción de “yo soy el que percibe”, cesa toda fiebre» (Itivuttaka 40). Es el desasimiento de sí mismo y de todo lo condicionado, de las formas, dicho brevemente (aquí la Atención Consciente y el Recuerdo tienen un papel esencial).

El trabajo interior traerá consigo el nirvana, la «extinción» de los egos y la sumersión en la vacuidad o śūnyatā. Śūnyatā, en su aspecto metafísico, es la Nada primordial, el Infinito, lo Ilimitado, previo al Ser. En el aspecto práctico o microcósmico, es el estado contemplativo en el que el espiritual participa de la trascendencia, teniendo como una de sus características la desidentificación de sí mismo, de los pensamientos, emociones, creencias, etc., «momento» en el que aflora nuestra verdadera naturaleza espiritual.

El Meister Eckhart da diversos consejos sobre el desapego en sus sermones y escritos:

«Por eso, empieza por ti mismo y déjate; […] si el hombre se deja a sí mismo, ya lo ha dejado todo.»

«Si no comienzas por apartarte de ti mismo, adondequiera que vayas encontrarás tropiezo y turbación.»

«El verdadero desapego no es otra cosa que el espíritu permaneciendo inconmovible ante todo lo que le sobrevenga, gozo o dolor… como una montaña de plomo ante un soplo de viento.»

«Estar vacío de todo lo creado es estar lleno de Dios; estar lleno de lo creado es estar vacío de Dios.»

«Un espíritu vacío no se turba por nada, no se aferra a nada… porque se sumerge profundamente en la queridísima voluntad de Dios y ha abandonado la suya.»

El desasimiento y Santo Abandono de todo cuanto hay y todo cuanto se es son prácticamente el pilar de la vida espiritual. Un ejemplo paradigmático también lo encontramos en la vida eremítica y monacal, en donde la renuncia es una conditio sine qua non para recorrer el Camino.

Buena parte de los místicos cristianos indican que es necesario desasirse de Dios mismo, pues el Dios al que estamos aferrados no es el verdadero, sino el Dios creado en nuestras creencias, como diría Ibn Arabi. Término semejante es neti, neti («ni esto ni aquello») del jñana yoga y el vedanta, similar a la teología apofática de la ortodoxia cristiana, que consiste en negar (que no rechazar) todas las formas hasta alcanzar la no-forma.

Margarita Porete, en su El espejo de las almas simples, de cara al final de su viaje espiritual, les dice a las virtudes: «virtudes, de vosotras me despido». Es la extinción de sí mismo (extinción en la contemplación, citando de nuevo a Ibn Arabi) a favor del afloramiento y despertar espiritual, el aniquilamiento y la subsistencia en términos sufíes. Es el Sendero a la Nada.

La renuncia y el desasimiento no tienen por qué ser fuentes de flagelos, amarguras y dificultades. Con el tiempo, comprendemos que dicha renuncia en realidad es una apertura real a la Plenitud o, por jugar un poco con la paradoja, una Nada Plena o Plenitud Vacía, que es la Luz, la Vida y el Amor. Y eso es felicidad, alegría y candor existencial.

San Juan de la Cruz da buena muestra de «ser nada» en sus «Versillos del Monte de Perfección» en la Subida al Monte Carmelo:

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees,
has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo.

Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Cuando ya no lo quería,
Téngolo todo sin querer.
Cuanto más tenerlo quise,

Con tanto menos me hallo.
Cuanto más buscarlo quise,
Con tanto menos me hallo.
Cuanto menos lo quería,
Téngolo todo sin querer.

Ya por aquí no hay camino,
Porque para el justo no hay ley;
Él para sí se es ley.

Todos estos comentarios y enseñanzas parten de una experiencia espiritual muy directa. Cuando se vivencia Lo Real, la percepción habitual se convierte en una especie de no-percepción. Es una inmensidad tal, una infinitud tan inconmensurable, que se experimenta como un abismo que absorbe al alma en el Misterio.

Es tan insondable que no puede ser descrito. Por eso siempre se ha recurrido a la poesía, al arte, al símbolo y al mito —escrito habitualmente en verso—. También se ha acudido a la paradoja y la negación, como hacen las enseñanzas apofáticas, como hemos visto: no es esto, no es esto… Negando todo se llega a lo que es, aunque no porque se desbrocen las formas cual maleza de pensamientos se va a llegar a la flor del Espíritu: no hay tal cosa como una flor. Simplemente se encuentra la Nada, la Divina Tiniebla, la Divina Luz Negra.

Es el vacío absoluto y por esta razón es normal que la experiencia de ese ámbito de la Realidad produzca un contraste enorme con la forma habitual en que vivimos y percibimos la existencia, porque estamos sumamente acostumbrados al mundo de la forma. Al fin y al cabo, todo lo existente es forma: el Lenguaje, el Número, las Ideas, las Teofanías. Todo cuanto hay es una particularización del Espíritu.

Pero lo divino no es discernible del mismo modo que cualquier cosa de la vida. En la experiencia espiritual, el discernimiento de lo real y de lo ilusorio no es un simple discernimiento por comparación entre dos cosas distintas. Es la vivencia de lo que no se puede vivir, la vivencia de lo que no es… pero lo es todo al mismo tiempo.

Cuando se vive una experiencia espiritual profunda es harto complicado describirla. Se convierte en contemplación y no-contemplación; ser y no-ser; un latido en el que se está y no se está. Una aniquilación muy radical, pero al mismo tiempo una presencia muy real y viva.

Esa vivencia es tan incomprensible racional y emocionalmente que al vivirla no se sabe con exactitud lo que se está experimentando. Luego se comprende con el tiempo, incluso años después. Es un afloramiento, un autodescubrimiento que no viene a través de un aprendizaje, si no por un desasimiento que permite que brote la dádiva entregada por Dios.

No es un aprendizaje racional ni emocional. Es como un torrente que va apareciendo si uno persevera en la Vía. Entonces se entiende lo que es la experiencia de la Nada, del Vacío, que es al mismo tiempo la experiencia de la Totalidad.

Por eso, el autoconocimiento no tiene nada de psicológico. Esa es una mala comprensión de nuestros tiempos, incluso en círculos espirituales serios. El autoconocimiento es el afloramiento de lo que somos como Conciencia.

Ahí está la paradoja: al hablarlo lo tenemos ante nosotros, nos inspira y nos eleva, pero no es la verdadera realidad. Así suele funcionar. Es como tenerlo en la punta de la lengua, no se puede decir. Como escribió Raimon Panikkar:

«Lo místico aflora cuando el hombre se percata de que la palabra no sólo revela lo que la palabra dice, sino que el mismo decir viene recubierto de un último velo que la misma palabra no puede desvelar, puesto que ella misma es el velo que re-vela la realidad precisamente velándola. Se dice lo que se esconde en el decir.»[5]

Cuando se experimenta, se habla de la nada, que es totalidad. Es el pleroma, la plenitud absoluta. Es el origen de todo. Se verifica, se comprueba, no porque haga falta comprobarlo, sino porque se sabe intuitivamente.

Como afirma aforísticamente Abu Bakr, muy mencionado por Ibn Arabi: «La imposibilidad de percibir es ya una percepción». Conocer desde el corazón —o mente-corazón— la imposibilidad ya es un modo de hacernos conscientes y partícipes del Misterio y la Presencia divina.

Es como estar y no estar. Cuando se vive tal cosa, se toma uno mucho menos en serio, se pone en su lugar. Desde la modernidad y aún más a partir del posmodernismo, los individuos se han convertido en consumidores intensamente centrados en el yo. Paradójicamente, dicho ensimismamiento no lo es del todo, pues las ideas identitarias, que aparentemente dan sentido vital a quienes participan de ellas, provoca que las personas que siguen dogmas religiosos, ideológicos o científicos queden desdibujadas por unas creencias e intereses creados por otros, hecho que elimina el discernimiento y el desarrollo de una verdadera individualidad (que no individualismo).

La reivindicación del yo no existe en la vía espiritual, porque va generando tal desasimiento de sí mismo que el practicante espiritual pone en el lugar que corresponde sus pensamientos, emociones, deseos y tendencias, que apenas tienen valor ontológico. Ni siquiera importa si nos iluminamos o no.

Cuando se comprende esto, empieza la verdadera libertad. Y con ella viene mayor alegría, plenitud y la disposición coherente de nuestro ser.

A partir de lo dicho surge de nuevo la acción —o no-acción, más bien— del desasimiento o desapego.

La gran mayoría de cosas del mundo son accesorias y efímeras, pues no tienen sustancia real. Como dice la Tradición, lo fundamental en la Vía es centrarse en lo único importante, que es Dios.

Evidentemente, esto no significa no responsabilizarse de las contingencias de la vida. Aquí surge el desgraciadamente manido aforismo que sugiere la idea «estar en el mundo sin ser del mundo». Uno vive porque está vivo, vive en un mundo porque está vivo, asume las responsabilidades que le han tocado y que ha elegido, pero al mismo tiempo no se olvida de lo único importante. Hace lo que tiene que hacer, pero nunca pierde de vista lo esencial.

Si se comprenden estos principios, no hacemos de la Vía espiritual un camino ambicioso, un espacio psicológico que nos dispensa bienestar o una lucha contra aquello que consideramos opuesto. El verdadero espiritual es quien es capaz de hacerse a un lado para que el Espíritu se manifieste en su lugar, y eso supone todo lo contrario a la ambición, el hedonismo y la lucha. El Camino es receptividad y entrega, en una palabra, Amor.

[1] A veces se ha traducido como «desolada y vacía» y otras connotaciones que podemos considerar negativas. No estoy de acuerdo con estas traducciones, pues el estado original de las cosas no es un caos confuso, sino el punto de origen y la pura trascendencia más allá del Espíritu.

[2] Vanidad, vano, vacío.

[3] Gematría: Método hermenéutico judío basado en la correspondencia entre letras hebreas y valores numéricos, que consiste en buscar relaciones semánticas entre palabras o frases de igual suma.

[4] En gran parte de África y en algunas regiones de Oceanía, tal y como prueba Michael Witzel en The Origins of the World’s Mythologies, los mitos afirman que el mundo siempre estuvo, y por tanto sus narraciones cosmogónicas no son muy habituales.

[5] De la mística, p. 42

Read the original on senderoalanada.substack.com

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