Es una revisión amplia, interesante y oportuna, pero no es un nuevo ensayo clínico ni demuestra que reducir la proteína prolongue la vida humana. La evidencia más convincente sobre longevidad procede todavía de modelos animales, mientras que los estudios en personas son pocos y, en general, de corta duración.
El trabajo sirve como contrapeso a la idea, cada vez más extendida, de que más proteína siempre es mejor. Pero tampoco justifica recomendar menos proteína a todo el mundo: las necesidades cambian con la edad, la actividad física, el estado nutricional y la situación clínica.
No deberíamos sustituir el eslogan ‘más proteína es mejor’ por otro igualmente simplista: ‘menos proteína alarga la vida’. El mensaje razonable es consumir una cantidad adecuada, no necesariamente máxima, prestando atención a la calidad y procedencia de los alimentos y adaptándola a cada persona.

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