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Santos Locos Poesía · Jul 19, 2026

#5 - Las despedidas

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Santos Locos Poesía · Santos Locos Poesía

1 - Un Yo que todavía se vuelve Nosotros

Hola, ¿cómo estás? Gracias por la lectura y las respuestas de la última entrega de este Newsletter. Parece que fue hace un año y no un mes, ¿no les pasa? En el medio pasaron tantas cosas y pudieron pasar tantas otras…Las pasiones alegres muchas veces nos llevan a que el tiempo se vuelva un actor secundario, porque son los sentimientos y las emociones los que mandan. Son pocas las ocasiones, de hecho, en las que podemos interrumpir el control constante sobre las horas, la jornada, la productividad, la acumulación, para entregarnos simplemente a la alegría, al festejo, a la reunión.

El Mundial es una oportunidad para volver a esa sensación que creíamos perdida: se puede tener un horizonte en común. Claro, no deja de ser un deporte. Y más aún: un negocio multimillonario cada vez más grande. Pero es el deporte más popular del mundo y, todavía, no hay negocio que haya arruinado eso acá, en Argentina, en Sudamérica en general. Los intentos no son pocos, pero hay algo en lo colectivo, en la identidad conjunta, que funciona como una gran barrera de contención (insisto: todavía).

Escribió el uruguayo Eduardo Galeano: «Rara vez el hincha dice “Hoy juega mi club”. Más bien dice: “Hoy jugamos nosotros”». El fútbol abre una puerta a volver a pensarse en comunidad, en unión con los demás sin importar qué tan desconocidos o lejanos puedan ser aquellos que tenemos al lado. Lo que duran los 90 minutos, los rituales previos, los festejos posteriores o incluso las derrotas amargas. Describe Galeano en ese último caso: “El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico, como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval”. Ya sea en el triunfo o en el fracaso, hay un sentimiento compartido que lo vuelve más liviano y más profundo al mismo tiempo.

A quienes nos gusta el fútbol y seguimos a un club, entendemos ese sentimiento cada fin de semana o, últimamente, cada tres o cuatro días por el nuevo calendario apretado del fútbol moderno. Además de lo que pasa dentro de la cancha, se revela la identidad y la historia de un club, el habitar sus instalaciones, el cuidar lo que es de uno y al mismo tiempo de muchos otros, de sentirse parte y no alguien que solo puede pagar para acceder. Una familia extendida. Con sus contradicciones y sus traiciones, pero familia al fin. Sin embargo, como dije antes, eso está en peligro acá e incluso perdió la batalla en otras partes del mundo.

El crítico inglés Mark Fisher tiene un breve ensayo llamado “Fútbol/ Realismo Capitalista /Utopía”, en donde repasa cómo la Premier League fue abandonando su carácter popular y proletario para convertirse en una “arrogante e intocable élite de clubes, su sinergia con los conglomerados mediáticos multinacionales, sus jugadores que son notables consumidores, sus dueños de clubes súper predadores que compran el éxito como si fuera otro yate”. En otras palabras, un fútbol con fines de lucro, un juego tan elegante y ordenado que no conmueve ni a los ganadores ni a los perdedores. Y no son pocos, en Argentina, los que buscan eso.

En contraposición, Fisher sostiene que se dejó atrás “un mundo en el que los entrenadores de la clase trabajadora podían ser más inteligentes y superar a los engreídos patriarcas patricios, un mundo en el que los clubes provinciales no financiados podían vencer a los colosos establecidos”. Si algo nos apasiona del fútbol es que todo puede pasar: un equipo claramente superior puede perder contra otro lleno de limitaciones, los goles agónicos pueden cambiar todo en pocos minutos, la rebeldía de un jugador rompe cualquier esquema táctico mezquino, el rol de los hinchas puede reponer la energía que falta en las piernas de los protagonistas. ¿Cómo no querer ser parte de eso y dejar atrás las pasiones tristes?

2 - Messi y la lucha contra las pasiones tristes

Spinoza, el filósofo neerlandés del siglo XVII, acuñó el concepto de las pasiones tristes y alegres para intentar comprender determinados sentimientos y comportamientos. Se puede explicar, muy brevemente, que una pasión triste tiene lugar cuando algo se contrapone a nuestra potencia de actuar y la detiene, la frena. En cambio, una pasión alegre dice presente cuando ese algo, ese cuerpo externo que aparece, se sincroniza con nuestra potencia, la complementa y la extiende.

Para entender mejor esta idea, podemos detenernos en el camino de la Selección Argentina y, especialmente, de su máxima estrella Lionel Messi, en los últimos años. Arrastrando décadas de malos resultados y decepciones, el equipo argentino había perdido su capacidad de sumarse a la potencia de la hinchada. Se había convertido en el cuerpo externo que despierta una pasión triste. Lo mismo pasaba a la inversa: la hinchada también actuaba de forma negativa sobre la potencia del equipo. Y Messi, el ídolo imperfecto, cargó con ese peso especialmente sobre su espalda: su rendimiento estaba muy lejos de ser el que se veía en el Barcelona, el que lo había consagrado como el mejor jugador del mundo.

Una vez más, tuvo que venir lo colectivo, la identidad, el afecto al rescate. En 2019, la Selección pierde las semifinales de la Copa América ante Brasil. Si bien el equipo local se presentaba muy superior en el juego a priori, en la cancha necesitó de ayuda arbitral para ganarle a Argentina. Messi abandona su lugar de líder políticamente correcto, de persona de pocas palabras acorde al fútbol moderno y empresarial, y lanza una queja que prende también en el sentimiento popular. Messi, después de años de intentarlo, se convierte en una potencia alegre y arrastra consigo al resto del plantel y del cuerpo técnico.

Dos años después, pandemia mediante y una Copa América que se juega de nuevo en Brasil por el Coronavirus en Argentina, nace “La Scaloneta”, ese apodo simpático e irónico por partes iguales para hablar de un equipo que empezó a convencer más desde lo anímico que desde el juego. Un técnico inexperto pero comprometido y emocional, jugadores jóvenes que querían jugar con su máximo ídolo y la presencia de algunos pilares con Messi a la cabeza, abrieron paso a que el fútbol vuelva a ser una pasión alegre incluso más allá de los resultados. Ahora bien, ganar no es todo, pero cómo ayuda dirían Los Auténticos Decadentes.

Tras ganar esa Copa América de manera casi inesperada, cada parte entendió mejor su lugar para seguir potenciando las pasiones alegres y dejar atrás las pasiones tristes, apoyándose en todo lo que el deporte más popular de todos tiene para dar. Los jugadores empezaron a mostrar en la cancha una actitud que prendió en el público: entrega, trabajo en conjunto, darlo todo hasta que suene el pitido final. Los hinchas, en tanto, dejaron atrás la pasión triste de la crítica constante, del enojo, de la ira, el lenguaje contemporáneo y vacío de las redes sociales, para poder potenciar lo positivo. Y había algo todavía más importante para sostener esa postura: el propio Messi.

Antes de la final de Qatar 2022, la que por fin le daría el Mundial a Argentina y al diez, escribí un texto llamado Lo que aprendí de Messi: un genio en contra de su época. Lo que quise hacer fue apreciar el camino recorrido sin importar lo que pase en la final, adelantarme al triunfalismo hueco o a la catástrofe exagerada que se podía dar después del partido con Francia. Porque son los procesos los que dejan las enseñanzas importantes, no las cintas de llegada. Ya lo escribió Machado, ya lo cantó Serrat. Messi, a lo largo de toda su carrera, luchó incansablemente contra las pasiones tristes propias y ajenas para depositarse en este lugar: una felicidad colectiva, una pasión alegre que parece sacada de otra época, de otro siglo.

3 - El ídolo imperfecto y necesario

Acá estamos, entonces: inmersos en una alegría compartida por algo que nos excede y al mismo tiempo nos tiene como parte principal. Y me pareció importante escribirlo antes de que se juegue la final, otra vez. Las pasiones alegres se construyen entre todos y todas. La imperfección, a su vez, es parte clave de eso. Y Messi, como Maradona, como cualquiera de nuestras personas más queridas, es imperfecto.

No hace falta coincidir en todo para disfrutarlo, no hace falta pensar lo mismo que él o incluso muchas veces no sabemos qué es lo que piensa. De hecho tampoco sabemos qué es lo que pensamos o qué es lo que haríamos nosotros. Pero cualquier persona que potencie las pasiones alegres merece un lugar en nuestro cariño. ¿Acaso no nos pasa lo mismo con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestros artistas favoritos, con nuestras versiones diarias?

El ídolo imperfecto es el único ídolo posible. Cualquier otra proyección es un espejo deformado de feria en el que creemos vernos más altos, más delgados, más anchos, multiplicados hasta el infinito. Pero el espejo que realmente asombra es el del botiquín del baño cada mañana: tampoco estamos de acuerdo en todo con esa persona que aparece ahí.

Acabamos de disfrutar un mes y medio de un Mundial que nos volvió a hermanar con un horizonte en común en la época de la apatía y la resignación. La pasión triste nos diría que deberíamos enojarnos porque esto no sucede con otras causas políticas y urgentes. La pasión alegre tiene que empujarnos a buscar la manera para que eso ocurra, para aprovechar el impulso de la alegría popular y compartida. La sesión fallida en el Congreso el jueves, después de la victoria ante Inglaterra, que postergó tres semanas el debate de la ley de propiedad privada impulsada por Milei para vender el suelo nacional, puede ser leída, optimismo mediante, como una primera señal positiva. Pero depende de nosotros para que esa señal se convierta en algo concreto, hacernos cargo de la potencia alegre que tienen las simples cosas como un partido de fútbol, un abrazo con nuestros seres queridos, con los desconocidos de nuestro barrio. Ya lo escuchamos en la voz de Chavela Vargas, en la voz de Mercedes Sosa. ¿Qué otras pruebas necesitamos?

El fútbol, al final de cuentas, se presenta como una forma de afecto. Y todo afecto es político, es nuestro trabajo moldearlo y militarlo para que estas chispas sean algo más. El chileno Alejandro Zambra escribió algo muy bello sobre el fútbol y su relación con la tristeza, su manera de detenerla aunque sea por poco tiempo: “Lo que nuestros padres sentían al ver ganar al equipo de sus amores no era exactamente alegría, sino una especie de tristeza apenas atenuada. Quiero decir: nuestros padres estaban tristes, claro que sí, todos los minutos de todas las horas de todos los días estaban tristes, y la victoria era apenas una tregua, un paliativo, una cortesía, un engañito; un indicio exiguo que les permitía transitoriamente creer que no todo era tan terrible. Por lo demás, la tristeza futbolística los humanizaba, demostraba que eran falibles e infantiles, como nosotros entonces, como nosotros ahora”.

¿Alguien conoce a un ídolo más imperfecto que nuestros propios padres? Al mismo tiempo, Leila Guerriero retrató mejor que nadie lo que esas personas harían por nosotros en el Mundial pasado. La vida, creo, también es comprender todo lo imperfecto que somos nosotros mismos. El fútbol es el deporte más imperfecto de todos. Y en la suma de todas las imperfecciones, de aceptarlas, abrazarlas, compartirlas e incluso potenciarlas en la diversidad, nos llevan a esta pasión alegre que, sin importar el resultado, puede no tener fin.

De nuevo, y perdón la insistencia, depende de nosotros.
Gus.

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Read the original on santoslocospoesia.substack.com

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