Hace unos días leyendo uno de los libros que os traeré próximamente al blog me encontré con la frase que encabeza el título.
Enseguida me vinieron un montón de ideas a la mente de lo poderoso que es ese marco mental llevado a la inversión, al emprendimiento y a la vida misma.
A continuación plasmo algunas de esas reflexiones.
En casi cualquier faceta de la vida pensamos que las cosas difíciles se consiguen haciendo muchísimo esfuerzo y es una idea nada descabellada.
Pocas glorias se han conseguido sin sudor, tiempo y consistencia.
Sin embargo, en otras cosas hacer menos pero hacer cosas con calidad suele ser una receta quizás más eficiente para alcanzar tus objetivos.
Te pongo varios ejemplos.
Hace unos años contraté a un redactor mucho más joven que yo. Enseguida le transmití mi idea de que para triunfar en la empresa había que trabajar mucho más de lo que nos pedían y mirar siempre adelante.
Por su carácter y su forma de afrontar la vida aquello fue como echarle gasolina a un fuego.
El proyecto era un juego infinito: siempre había algo que podías hacer.
Lanzar un curso, responder una duda en el foro, organizar un evento, escribir un artículo para intentar posicionarte en Google.
Podías estar de lunes a domingo, encender el ordenador y encontrar algo que hacer.
Mi discípulo se lo tomó al pie de la letra y escribía 9-10 artículos con la ayuda de la incipiente IA.
Al principio se lo celebrábamos, pero luego revisando los detalles te dabas cuenta de que la calidad tanto de estilo como de contenido no era la mejor.
Habíamos diseñado mal un incentivo y habíamos puesto el foco en todo lo que nos faltaba por hacer en vez de en la calidad de lo que teníamos y estábamos haciendo.
El desenlace final fue lógico.
A pesar de esta experiencia, al crear mi proyecto cometí los mismos errores.
Pasé de un juego infinito a otro.
Escribía y grababa pódcast todos los días de la semana,*aunque no me escuchase nadie. Luego terminaba y me ponía a devorar libros como si estuviese compitiendo contra alguien por ver quién leía más.
El resultado era un desastre, tanto de audiencia como de sensaciones propias.
Sabía que había calidad en lo que hacía, pero me sentía como un jugador de fútbol que marca goles en un estadio vacío, sin portero y con las luces apagadas.
No había emoción más allá de las negativas.
En ese momento ya empecé a darle vueltas a la idea de que competir en desventaja no implicaba tener que sacrificarme el doble que los que iban por delante.
Quizás lo que necesitaba era hacer algo distinto.
De ahí surgieron proyectos como los libros, la focus list o el Curso de Análisis Práctico.
Proyectos novedosos y que han requerido mucha menos energía que la que me estaba costando o exigiendo el mantener un ritmo de publicación diario.
Me di cuenta de que el peso que me estaba autoimponiendo era, más que nada, por el qué dirán los otros.
Cuando no tienes ingresos, intentas disimular tu «fracaso» trabajando más; así, al menos, piensas que nadie te reprochará que los resultados aún no lleguen.
Desde hace algunos meses, solo escribo cuando quiero, solo grabo cuando mentalmente puedo y prefiero mil veces aprovechar la inspiración que convertir el trabajo en una rutina
¿Y esto qué tiene que ver con la inversión?
Mucho…
Hay un patrón que reconozco en vuestros emails, mensajes o whatsapp de forma recurrente: la necesidad de hacer algo.
Algunos les sucede como consecuencia de sentir que habéis llegado tarde al mundillo de la inversión y queréis recuperar el tiempo perdido.
Os apuntáis a más cursos de los que podéis hacer, seguís más canales de Youtube y podcast de lo que verdaderamente os apetece, compráis más libros de los que necesitáis para aprender a invertir.
Es lógico que luego os llegue el hartazgo.
Todos los libros, todos los podcast, todos los divulgadores se os parecen.
Al igual que cuando comes un chocolate sientes una sensación increíble, todos han descubierto la sensación de empalague cuando te pasas del límite de consumo.
Invertir hoy en día es como ir a un buffet libre.
Al principio te emociona ver tanta comida gratis y quieres llenarte el plato con todo: ensalada de pódcast, postre de hilos de X y un chuletón de vídeos de YouTube.
Pero al cabo de dos horas, acabas con dolor de estómago, empalagado y sin haber saboreado absolutamente nada.
La parálisis por análisis también causa indigestión.
A otros os da por tener que estar tomando decisiones todo el rato sobre vuestra cartera. Cada día que abrís la aplicación el verde o el rojo activa en vosotros una señal de tengo que hacer algo.
Luego cambias de aplicación, abres Twitter, Substack o Youtube buscando el sesgo de confirmación a esa idea en la voz o en las letras de un gurú.
Y es normal.
No estamos diseñados para estar quietos en un mundo lleno de dopamina (tranquilos que no me he convertido en Marian Rojas Estapé).
Pero es una realidad que cuesta más luchar contra el instinto de comprar o vender algo de nuestra cartera que aburrirnos y dejar que el tiempo y el interés compuesto trabajen.
Las estadísticas nos muestran cómo el tiempo medio de permanencia en una inversión se ha desplomado en las últimas décadas.
La democratización de la inversión vía la reducción de costes y la ampliación de la oferta disponible ha hecho que pocos se lo piensen antes de darle al botón y buscar una nueva opción para su cartera.
Ahora que pienso, quizás también esa sea la causa del aumento de los divorcios.
Tenemos tantas opciones que enfrentar la monotonía o hacerle frente a los problemas de una relación e intentar superarlos nos parece una odisea por la que no estamos dispuestos a pasar.
Buscamos el atajo rápido, el Tinder de los fondos de inversión, olvidando que las mejores relaciones —y las mejores carteras— se construyen aguantando los días de lluvia.
En un entorno de incertidumbre como es la inversión, no hacer nada parece que es la peor opción posible, pero yo no estoy tan seguro.
Devorar libros sin entenderlos o profundizar en sus ideas no es aprender.
Comprar el fondo o la acción n+1 no es diversificar.
Hacer market timing no es una estrategia de protección patrimonial (excepto que sea del patrimonio del bróker)
Escuchar a 2x el enésimo podcast y que ninguna frase te haga reflexionar o aprender nada nuevo no te hace un inversor mejor formado.
Y te lo dice alguien que buena parte de sus ingresos dependen de que leas sus libros, hagas sus cursos o escuches sus podcast.
Pero esa es la clave de mi éxito, no del tuyo.
Y tienes que separarlo.
Prefiero que te leas 10 veces “De Cero a Inversor en Fondos” a que compres un curso y que te lo escuches a medias o sin interés.
Prefiero que te indexes y solo te dediques a ahorrar, antes de que te pongas a dedicarle tiempo a un curso de análisis de fondos que te genere el sesgo del coste hundido y te haga comprar un producto solo porque le has dedicado una hora de tu vida y mi narrativa te ha convencido.
Prefiero que no me escuches todos los días pero el día que veas que puedes aprender algo no te lo pierdas.
La mayoría de los inversores llegan a su éxito aplicando la regla de Pareto: aprendiendo ese 20% de conocimientos que necesitan para obtener el 80% de los resultados.
Ni es bueno obsesionarse, ni tampoco caer en el efecto Dunning-Kruger de creernos que, con cuatro cosas aprendidas en un verano y aplicadas en medio de un mercado alcista, somos los nuevos Buffett. Invertir es un viaje por carretera.
Por mucho que lo domines, no le puedes perder el respeto y olvidarte de que,desde que arranca el motor, el riesgo cero no existe.
Mantente concentrado, con los ojos abiertos, pero permítete disfrutar del camino y con los demás que te acompañan.
No porque aceleres más vas a llegar antes.
No porque escojas vías de peaje vas a evitar reventones o algún bache. No porque inviertas en el mejor coche vas a evitar que tenga algún desperfecto.
No porque subas las ventanillas vas a aislarte de lo que suceda fuera.
Créeme: cuando llegas a tu destino, nadie te pregunta cuánto tardaste en llegar o qué ruta cogiste.
Tú lo sabes, Google lo sabe, pero a nadie le importa. Lo importante es que llegaste
No te desinstales Trade Republic o MyInvestor.
No vendas en Wallapop el Kindle con el que leías.
Solo asume que nadie, mientras se adentra en su pantalla final, se acuerda del dinero que ganó invirtiendo, sino de la sonrisa de ese bebé, de ese viaje o de lo feliz que fue ese verano.
Aprende lo suficiente para saber qué tipo de inversor quieres ser y luego dedícate a seguir el rumbo.
Que te la sude si alguien te adelanta o si no llevas el coche de moda.
¿Eres feliz con cómo inviertes?
¡Qué más te da lo que opinen los demás!
Invertir no es física nuclear, ni hay un Nobel para quienes encuentren una vía perfecta.
Es un medio para hacer crecer nuestros ahorros, pero no un fin en sí mismo.
Solo asegúrate de que las pocas cosas que hagas, las disfrutes, las entiendas y las hagas bien.
El entretenimiento o la sofisticación a día de hoy no son factores que den una prima de rentabilidad en los mercados.
Benditos aquellos inversores que aprenden a aburrirse con una buena cartera.
De ellos será el reino de los mercados, de las plusvalías y también el de la paz mental.
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