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El popular clásico El Principito plantea una reflexión sobre la avaricia, la riqueza y el deseo de poseer que sigue destacando entre los pasajes más significativos de la obra de Antoine de Saint-Exupéry. A través de uno de sus encuentros, el relato contrapone el afán de acumular con una pregunta mucho más incómoda: qué significa realmente ser dueño de algo.
La reflexión aparece durante la conversación del protagonista con el hombre de negocios, un personaje completamente entregado a contar y apropiarse mentalmente de las estrellas. Su razonamiento parece sencillo: “Cuando encuentro un diamante que no es de nadie, es mío; poseo las estrellas porque nadie antes que yo pensó en poseerlas”.
De este modo, la posesión deja de depender del uso o del cuidado y pasa a sostenerse únicamente en la idea de haber sido el primero en reclamar algo que, hasta entonces, pertenecía a todos y a nadie.
Precisamente ahí se encuentra una de las críticas más interesantes de El Principito a la avaricia y al materialismo. El hombre de negocios no contempla las estrellas ni disfruta de ellas: las cuenta una y otra vez porque considera que son suyas y que esa propiedad lo convierte en alguien rico. Sin embargo, su riqueza resulta paradójica.
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Aquello que pretende poseer permanece exactamente en el mismo lugar y su obsesión por acumular no establece ningún vínculo verdadero con las estrellas. El personaje convierte así algo bello en una cifra, mientras el protagonista observa con extrañeza una lógica adulta basada en tener por tener.
La propiedad de la nada
Frente a esa forma de entender la propiedad, El Principito introduce una mirada diferente sobre el valor de las cosas. La escena funciona como una reflexión sobre la avaricia porque cuestiona una acumulación que no produce utilidad, cuidado ni disfrute, sino únicamente la satisfacción de declararse propietario.
El hombre de negocios cree enriquecerse sumando estrellas a una cuenta imaginaria, pero el relato deja abierta una cuestión más profunda: de qué sirve poseer algo cuando esa posesión no cambia nada ni para quien la reclama ni para aquello que dice poseer.
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En ese contraste reside buena parte de la fuerza de este episodio, capaz de presentar mediante una conversación aparentemente sencilla una crítica al deseo de acumular y a la obsesión por convertir el mundo en propiedad.
El popular clásico El Principito plantea una reflexión sobre la avaricia, la riqueza y el deseo de poseer que sigue destacando entre los pasajes más significativos de la obra de Antoine de Saint-Exupéry. A través de uno de sus encuentros, el relato contrapone el afán de acumular con una pregunta mucho más incómoda: qué significa realmente ser dueño de algo.

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