El otro día, mientras perdía el tiempo buscando una distracción, me encontré con una frase de @tecompreflores en Instagram que se me clavó en el pecho y me llenó de esperanza: «Si puedo soñar, puedo esperar». La leí una vez y luego otra, y de repente todo el desorden del cuarto y el ruido de la calle parecieron detenerse. Me quedé pensando en lo que eso significaba para mí, en que mientras me quede un resto de imaginación para desear otra vida, tendré la fuerza necesaria para aguantar el peso de esta espera.
A mí soñar despierta se me parece más a una insistencia, a un zumbido en el oído que no me deja dormir, una fatiga que se mete en los huesos después de estar horas y horas de pie, aguantando el peso de mi propio cuerpo y el peso de los días que se acumulan en mis ojeras. Es curioso cómo se estira el tiempo cuando parece que no pasa nada. La comida se enfría, la luz de la tarde cambia de lugar sobre la mesa de la cocina, la gente va y viene y una sigue ahí, idéntica a sí misma, mirando fijamente una mancha en la pared, esperando una señal, un cambio de viento, algo que rompa esta cotidianidad; pero no pasa nada o pasa todo por dentro, que es peor, porque nadie lo ve y el pecho se vuelve un espacio demasiado ruidoso para un cuerpo tan frágil.
La resiliencia… qué palabra tan limpia, tan pulcra, para algo que en realidad es tan sucio y desordenado. Resiliencia para mí es aguantar el cansancio del trabajo, mis obligaciones como hermana mayor, sobrellevar esas horas largas en las que el cuerpo deja de pertenecerme y pasa a ser solo una máquina para mi empresa y luego llegar a casa para encontrarme con los mismos platos de ayer que olvidé lavar, con la misma incertidumbre que se sienta a la mesa a cenar conmigo y me mira de frente. Me pregunto cuánta vida se nos va en el simple acto de soportar el peso de estar vivas. Hay temporadas muy largas en que el futuro no me parece una promesa, sino una incertidumbre. Y sin embargo, sueño. Mi sueño es un hambre de algo que todavía no tiene nombre pero sé que existe y que me espera listo para ser devorado.
Si puedo soñar, me digo mientras miro mis manos cansadas, si todavía queda este resto en mí que imagina otra cosa, una casa amplia, un jardín, mi nombre en un libro, un silencio que no pese, una tregua, entonces tengo que poder esperar. Aunque la espera sea este dolor sordo en la espalda, este no saber hacia dónde voy mientras camino por los mismos pasillos de siempre. Esperar es un acto de fe violentísimo. Una se pasa los años ensayando la resistencia, volviéndose experta en los puntos de quiebre, midiendo cuánto más puede estirarse la cuerda antes de romperse del todo. ¿Y qué hacemos con el espacio que queda entre lo que somos hoy y lo que deseamos? Lo llenamos de minutos lentos, de pensamientos que van y vienen como olas contra una roca que, de tanto recibir golpes, termina por volverse hermosa de una manera extraña y deforme.
Me da miedo que la paciencia que tanto me define sea solo una forma elegante de llamar a mi conformismo, pero luego siento la urgencia, ese pequeño impulso que despierta en mi estómago cuando todo parece apagado, y entiendo que aguantar es la única manera que tengo de proteger lo que es mío. El mundo afuera corre, devora, exige que todo sea inmediato, que el fruto aparezca antes que la semilla, pero el tiempo de adentro es diferente, tiene el ritmo de la tierra que se toma meses enteros de invierno para no mostrar nada más que barro húmedo. Hay que tener el coraje de ser barro. Hay que tener la fuerza de no ser nadie mientras se espera llegar a ser. Es una renuncia a la prisa que nos fragmenta.
Por eso divago, por eso voy y vuelvo sobre la misma idea, porque la verdad no es una línea recta; es este laberinto de tardes donde me desconozco y me vuelvo a encontrar en el reflejo de la ventana. Si tengo la capacidad de construir un mundo entero con el pensamiento mientras el cuerpo sigue atado a las obligaciones de la tierra, entonces la espera no es tiempo perdido, es gestación.
Ahora mismo no tengo más que aceptar que soy este desorden, esta mujer que se cansa, que tiembla de frustración y rabia ante la lentitud de sus procesos, pero que aguarda con paciencia. Sí, no soy más que esto, una necesidad de quedarse un minuto más, una hora más, un año más, plantada firmemente en mi propio suelo, aguantando la respiración bajo el agua si es necesario, hasta que el sueño deje de ser un pensamiento vago que flota en el aire y finalmente se vuelva carne, se vuelva vida, se vuelva el suelo que piso.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.