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La flor que escribe · Apr 25, 2026

Higos: el hambre que nos dejó Sylvia Plath

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Rowina · La flor que escribe

La idea de la higuera de Sylvia Plath, que aparece en La campana de cristal, ha dejado de ser para mí una metáfora literaria para convertirse en un paisaje cotidiano. Esther Greenwood, su protagonista, se imagina sentada en la bifurcación de un árbol, viendo cómo cada rama que se extiende hacia ella es una vida distinta: una es el éxito literario, otra es el matrimonio, otra el viaje, otra la maternidad. Pero, incapaz de elegir una sin sentir que traiciona a todas las demás, se queda allí, sentada, viendo cómo los higos se arrugan, se vuelven negros y caen, uno a uno, hasta que el árbol queda vacío y ella sigue, paralizada, con el estómago vacío.

Plath lo describió tan bien que todavía hoy, décadas después, nos sigue haciendo reflexionar. Le decía a una amiga la otra vez, que nos educaron creyendo que el mundo era infinito, que podíamos serlo todo si nos esforzábamos lo suficiente, pero la realidad es que el tiempo, nuestra realidad económica, política, social, de clase… nos obliga a recortar, a elegir, a podar nuestra propia vida.

A mis veintitantos años, cargo con esa misma higuera en la cabeza. Me paso los días trabajando en turnos que no siempre me permiten habitar mi propia escritura, tratando de equilibrar el peso de una vida común y estable que quiero construir y una carrera editorial que apenas intento sostener. A veces, la parálisis no es por miedo a elegir mal, sino por miedo a que, al elegir, la versión de mí que sacrifico sea precisamente la más importante.

Me pregunto si el drama de la higuera no será, en el fondo, una forma de vanidad. Mientras no elijo, mantengo intacta la fantasía de que soy todas las mujeres que podría ser. Pero en el momento en que arranco el fruto, me convierto en alguien concreta, limitada, vulnerable. Me convierto en alguien que, al elegir el camino de la escritura o la estabilidad, tiene que dejar morir a la otra.

He pasado tanto tiempo inspeccionando las ramas, viendo qué fruto tiene menos riesgo de resultar amargo, que yo misma he empezado a oler a fruta podrida. Es un olor a decepción, a ese azúcar que se descompone cuando no se aprovecha. Me pregunto si no es más valiente morder el higo que me toque, aunque no sea el más dulce, simplemente para dejar de ser una espectadora de mi propia existencia.

A veces me gusta pensar que mi consuelo no está en tener el higo más dulce y carnoso entre mis manos, sino en el acto de aceptar que, aunque me llene de jugo los dedos y me manche la ropa, prefiero la imperfección de haberme comido mi propia vida, a la pulcritud de haberla visto pudrirse, esperando una oportunidad que nunca existió.

¿Es esto la madurez? ¿Aprender a aceptar que nuestra vida es apenas una rama y que ser una sola cosa es el único modo de ser algo real? Me gustaría decir que me he acercado al árbol y he tomado un higo, que lo he probado y es suficiente. Pero hoy, todavía, me asusta el hambre que queda cuando finalmente te das cuenta de que no puedes serlo todo.

A veces me pregunto si el hambre es, en realidad, el precio que pago por querer mantener viva la ilusión de que todos los higos del árbol son para mí, aunque por dentro ya sepa que la mayoría de esos me esperan podridos, o incluso, muy inmaduros todavía.

Read the original on rowinaflores.substack.com

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