Hay cosas que puedes hacer bien…
y aun así pueden salir mal.
Puedes trabajar duro y no controlar el resultado.
Puedes tratar bien a alguien y no controlar cómo responderá.
Puedes tomar una buena decisión y no controlar lo que ocurrirá después.
Sin embargo, muchas veces gastamos una cantidad enorme de energía intentando controlar precisamente eso.
Y cuanto más intentamos hacerlo…
más frustrados terminamos.
Te lo explico.
Sentir que tenemos control nos tranquiliza.
Por eso, cuando algo es incierto, buscamos más información, revisamos más veces, anticipamos escenarios y tratamos de prever cada posibilidad.
El problema aparece cuando confundimos prepararnos con controlar.
Puedes prepararte para una conversación.
Pero no controlar la respuesta de la otra persona.
Puedes cuidar tu dinero.
Pero no controlar la economía.
Puedes hacer tu trabajo lo mejor posible.
Pero no controlar todas sus consecuencias.
Prepararte para lo que puede ocurrir es útil. Intentar controlar lo que no depende de ti es agotador.
Preocuparse puede producir la sensación de estar haciendo algo.
Estás pensando.
Analizando.
Anticipando.
Buscando soluciones.
Pero pensar mucho sobre algo no significa tener más control sobre ello.
A veces solo significa que estás utilizando energía mental sin poder modificar la situación.
Y mientras tanto, dejas de atender aquello que sí depende de ti.
Una pregunta sencilla puede cambiar la forma de afrontar casi cualquier problema:
“¿Qué parte de esto está realmente bajo mi control?”
Quizá sea tu preparación.
Tu actitud.
Tu esfuerzo.
La información que buscas.
La decisión que tomas.
Lo demás puede importar.
Pero no necesariamente depende de ti.
La tranquilidad no siempre viene de conseguir controlar más. A veces viene de aceptar con precisión qué no puedes controlar.
Cuando algo te preocupe mucho, divide la situación en dos partes:
Lo que depende de mí.
Lo que no depende de mí.
Después dedica tu energía únicamente a la primera.
No porque la segunda no importe.
Sino porque preocuparte por algo no lo convierte en controlable.
Piensa en algo que te esté generando preocupación actualmente.
Escribe dos columnas:
PUEDO INFLUIR
NO PUEDO CONTROLAR
Sé muy concreto.
Después elige una acción de la primera columna y hazla hoy.
Y deja de negociar mentalmente con la segunda.
No puedes controlar todo lo que ocurre.
Pero sí puedes decidir dónde colocas tu energía.
Y quizá una de las decisiones más inteligentes que puedes tomar sea dejar de intentar controlar el resultado…
para concentrarte en hacer bien tu parte.
Porque hay una diferencia enorme entre responsabilidad y control.
La responsabilidad te pide actuar.
El control absoluto te pide algo imposible.
Respóndeme:
¿Qué cosa estás intentando controlar hoy que, en realidad, necesita que aprendas a soltar?
Te leo.
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