10 años separan las dos veces que he estado en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. En 2015 viajamos con mi esposa con el fin de conectarnos con la vida natural en torno al parque Amboró y conocer por un par de días la vida urbana y dos pueblos cercanos, Cotoca y Porongo.
En 2026 la experiencia se concentró en la ciudad. El contacto con la naturaleza fue a través de sus parques, calles y patios de casas. La única salida fue de 4 horas al pueblo vecino de Porongo.
El parque Amboró es una reserva natural y una de las zonas con mayor biodiversidad en el mundo. Hay dos puntos de acceso principales. Por el sur está Samaipata y por el norte el pueblo de Buenavista. Entrando por Samaipata se conoce la parte del parque que destaca por ser menos lluviosa y por su impresionante vida vegetal. Ahí se pueden ver helechos gigantes que datan desde la prehistoria. Por el norte las lluvias son abundantes, los bosques espesos y húmedos. Ahí es posible ver mayor actividad animal.
Nos movimos principalmente en Trufi, nombre que se le da al transporte colectivo. Este está compuesto de autos y furgonetas de uso compartido, que prestan servicio en recorridos fijos. El viaje comienza cuando el vehículo está lleno.
En Samaipata vimos plantas impresionantes, pero más me llamó la atención observar los trayectos cotidianos que las personas de las comunidades locales hacen por los senderos que pisábamos por primera y quizás única vez. Era dar un vistazo a la vida cotidiana local. Por tres o cuatro días habitamos el pueblo. Y digo habitamos, porque aparte de dormir, hicimos lo básico que cualquier habitante hace ahí (salvo el trabajo no doméstico). Compramos ingredientes en el mercado y preparamos, como solemos hacer cuando viajamos juntos, nuestros propios alimentos. Caminamos a todos los destinos, incluso cuando fuimos a conocer el refugio y centro de rehabilitación de monos cercano.
Pasamos buena parte del tiempo en el mercado o en la plaza principal. Observando nuevamente las movilidades que se dan a diario en los intercambios económicos, culturales y sociales del lugar. La vida diaria es fascinante y está llena de indicios que permiten dar un vistazo a los detalles y matices que sustentan la vida, las barreras que enfrentan los habitantes y cómo estas son superadas.
Las motocicletas son un modo de transporte peligroso, ruidoso, acelerado y contaminante. Pero acá logré ver su función de una manera más amable. Dadas las características topográficas, la configuración de los caminos, el clima y las distancias entre pueblos y otros asentamientos cercanos, la moto es el medio de transporte principal. Son más baratas de mantener que los caballos. A través del servicio de moto-taxi se brinda movilidad a los habitantes. Es ubicuo, accesible, asequible, conveniente y práctico para el día a día. Aunque no necesariamente cómodo para cuando se viaja en grupo, con carga o con ropa que necesites mantener limpia. Es útil y riesgoso. No veo ni imagino, por ahora, un sistema de transporte público formal que pueda entregar todo lo anterior sin el riesgo e inconveniencia de las motos. Para mi, la nada admirada motocicleta, tiene un papel clave en esta región. Además sus conductores deben ser los choferes de locomoción colectiva más abrazados y conocidos por la comunidad. Es probable que quien no esté en labores agrícolas, esté montado en moto trasladando habitantes.
Para conocer el lado norte llegamos a Buenavista. Pero no entramos al parque, nos mantuvimos en su perímetro. Explorarlo requería planificación, equipamiento y tiempo que no teníamos. Nos bastó con adentrarnos en el bosque unos kilómetros, desde Buenavista y refugiarnos con José, un ciudadano alemán que decidió asentarse en la zona para vivir una vida más tranquila y en pleno contacto con la naturaleza. En nuestro entorno sólo habían grupos de 6 a 10 casas, unas con terrenos amplios, otras muy cerca unas de las otras.
Nos encontramos casualmente con José en el pueblo. Iba en su viejo todo terreno con una guacamaya en la ventana, llamada “Lorena”. Nos dijo que podía recibirnos en una de las habitaciones para turistas que tenía en su refugio, pero más tarde, porque debía hacer unos trámites. Unas horas después íbamos rumbo a su refugio, cada uno en un moto-taxi, cargando nuestras mochilas.
Con José aprendimos a cosechar y tostar café. Pasamos nuestro tiempo intentando interactuar con una “Lorena” de carácter volátil y bien territorial. Nos sentábamos bajo el alero de la casa a mirar las potentes y breves lluvias, para luego pasear por su terreno mirando las múltiples formas de vida que estaban junto a nosotros. Ahí vi al perezoso que aparece en la foto de más arriba, colgando de las vigas del techo de la casa. Dicen que son lentos, pero basta con que dejes de mirar 5 minutos para que se desvanezcan de tu vista. Maestros del camuflaje. Así vencen la lentitud para engañar a otros animales y ocultarse.
Las razones que me llevaron a Santa Cruz este año fueron diferentes. No eran vacaciones ni tampoco trabajo. Fue un híbrido que se desarrolló al aceptar la invitación de mis padres para unirme a su viaje por 6 días.
Soñé con mostrarles todo lo que había experimentado en 2015, pero las circunstancias, la preparación, el tiempo y las responsabilidades laborales hacían de esa idea casi imposible de desarrollar. Pero la ciudad estaba ahí disponible. Además podría conocer en persona lugares y gente con los que había trabajado remotamente durante los encierros del COVID-19, apoyando a la ciudad en planificación y diseño del sistema de buses BRT y ciclo-infraestructura. Estaba lleno de oportunidades.
Con mis padres nos movimos bastante en taxi. La flota está compuesta por vehículos que parecen compartir un mismo año de fabricación, por ahí entre finales de los 90 y los 2000. Están deteriorados, con cables a la vista, paneles perdidos o sueltos, y con un infaltable USB conectado a una radio, creando un sistema de música que musicaliza el viaje a gusto del conductor. El que casi toda la flota de taxis tenga el mismo estado, me hizo pensar en los vehículos rebeldes en la trilogía original de Star Wars. Si el Millenium Falcon fuera un Trufi, estaría operando en Santa Cruz.
Aburrido de los taxis comencé a caminar. Y aunque es una ciudad que invita a descubrir casi cada rincón, su infraestructura para caminar es deficiente. La ciudad es plana, pero sus aceras son una maqueta topográfica de la luna y espacio de disputa entre lo público y lo privado. Los accesos vehiculares de edificios nuevos y antiguos invaden el espacio público, los pavimentos cambian cada 6 metros y también cambian los alturas de la vereda entre un inmueble y otro. En consecuencia, los trayectos no son rectos. Toca caminar esquivando señales, letreros, productos y autos estacionados, mientras te cuidas de no tropezar o resbalar en una pendiente pavimentada con baldosas, que después de una lluvia están listas para llevar al suelo al más hábil y ágil.
Terminé recorriendo la ciudad en buses de transporte público cuando comprendí cómo navegarla sin dudar. Ya conocía el monto del pasaje, el cómo, a quién y cuando pagar el bus, dónde esperar y el tiempo justo para anunciar mi parada, en un tono que no buscaba ocultar mi acento, pero sí comunicara que estoy familiarizado con el sistema.
Así llegué al viejo Mercado de Abastos, para disfrutar de unas horas de pura atención fotográfica a la vida cotidiana local.
Los mercados son un lugar perfecto para conocer la cultura y las movilidades locales. En los mercados puedo ver las materias primas que constituyen la cocina local, su preparación y aventurarme a sus sabores. Me permiten conocer los enredos que unen el trabajo remunerado y el doméstico, al observar personas comprando y cargando productos para sus hogares, para restaurantes y puestos de comida. Puedo ver la manufactura local y extranjera de vestuario, las copias baratas y otros productos más bien desechables, como lo hice en Feria Barrio Lindo. En los mercados se encuentra de todo, electrodomésticos, herramientas, hierbas medicinales, accesorios para cumpleaños, lentes de sol, empaques de comida, animales vivos y muertos, queso, frutas, verduras… Se entiende la idea.
Fuera de los mercados, en su perímetro inmediato, está la frontera, el borde que conecta el lugar de intercambio y abastecimiento con el lugar donde se desplegarán y transformarán muchas de esas materias primas. Aparece nuevamente el transporte, las personas y sus mercancías. Se puede ver cómo se afectan unas a otras, cómo se organizan, cómo y dónde se espera un bus.
Observar las prácticas de movilidad en torno a los mercados desafía las nociones convencionales de “orden” y “correcto funcionamiento”. La vida cotidiana y los sistemas que la sustentan se han adaptado mutuamente. Por ejemplo, la búsqueda de mejoras en la movilidad de los habitantes, la seguridad, la fiabilidad, la comodidad y los entornos urbanos es una tarea inherentemente compleja.
Requiere intervenir múltiples sistemas, no solo el transporte público con las soluciones típicas (nuevos buses, infraestructura, sistemas de pago y paradas formales). Numerosos subsistemas e infraestructuras están intrínsecamente interconectados, sustentando el sistema completo en su estado actual.
Pero, ¿significa esto que no hay margen de mejora? No. No en la forma lineal a la que solemos recurrir, esperando que un único producto o proyecto resuelva mágicamente todos los problemas. No puedo proponer una solución definitiva, pero sí un camino: uno quizás más prolongado, basado en acciones pequeñas y constantes, arraigadas en el conocimiento local y no impuestas desde fuera.
Me fui del tema, pero es a donde me llevaron fotos cuando las tomé en el mercado y también ahora, al verlas nuevamente.
Gracias por leer.

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