Este relato es diferente a lo que he escrito otras veces. No es una apuesta por un formato diferente, sólo un cambio de foco, pasando del proceso fotográfico a los detalles que observo. Siento que eso es más importante.
Mis Zapatillas de lona negra número 8 y medio mueren y reencarnan en ciclos de 3 años. Llega el momento en que veo que no dan más; el tiempo pasa volando. Aunque, como la pasta de dientes, siempre pueden un poco más. Como con los Rolling Stones, no se sabe cuando te sorprenden con una nueva gira. Quizás postergue la despedida para otro día.
Nuestras salidas juntos comienzan a ser menos frecuentes. Comencé a dejarlas en casa cuando voy a reuniones de trabajo y algunas de las sociales.
¿Cómo puede sentirse cómoda la gente con zapatos nuevos todo el tiempo?
Después de lavarlas las veo brillar nuevamente, no solo están limpias, están radiantes. Las heridas se hacen evidentes aunque no se ven tan graves. Es difícil reconocer cuándo es momento de despedirnos. Como otras veces, dejaré que ellas decidan. Y ojalá nadie cometa el atentado de botarlas a escondidas.
Un día aparecerá un par nuevo, igualito. Me costará estrenarlas. Es probable que lo haga en un evento social de cierta importancia. Comunicarán sin pudor, con ese blanco goma radiante, lo nuevas que son. Atraerán miradas y me sentiré incómodo. Paso a paso nos iremos integrando. Saldremos más seguido y caminaré sin temor a estropearlas. De cuando en cuando, las dejaré respirar en casa. Otros calzados me acompañarán.
Nos juntaremos nuevamente y pisaremos la calle. Gozarán del vaivén y el viento, cuando vayan reposando en los pedales.

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