DIARIO DE MINA MURRAY
14 de Agosto
En East Cliff, pasando el día entero leyendo y escribiendo. Lucy parece haberse encariñado tanto de este lugar como yo y es difícil lograr que quiera marcharse cuando llega la hora de ir a casa para comer, o la hora del té, o la cena. Esta tarde ha hecho un comentario curioso.
Volvíamos a casa para cenar y habíamos llegado a la parte superior de las escaleras de West Pier, parándonos para admirar la vista, como solemos hacer. El Sol poniente, bajo en el cielo, estaba justo desapareciendo tras Kettleness; su roja luz, esparcida sobre East Cliff y la vieja abadía, parecía bañar todo con un bonito brillo sonrojado. Nos mantuvimos en silencio durante un buen rato y, de golpe, Lucy musitó para sí misma:
–¡Sus ojos rojos de nuevo! Son exactamente los mismos–. Fue una frase tan extraña, tan falta de contexto, que me dejó bastante sorprendida. Me giré un poco, para poder ver bien a Lucy sin parecer que estuviera mirándola fijamente, y pude ver que estaba en un estado de semi-lucidez, con una extraña expresión en su rostro que no podía lograr interpretar del todo; así que no dije nada, pero seguí su mirada. Parecía estar mirando hacia nuestro propio asiento, donde una figura oscura se sentaba ahora sola. Yo misma me sorprendí, pues durante un instante me pareció que el desconocido tenía grandes ojos que ardían como llamas, pero un segundo vistazo deshizo la ilusión. La roja luz del Sol se reflejaba en las ventanas de la Iglesia de St. Mary tras nuestro asiento y el Sol estaba en la posición de bajada justa para que el cambio entre refracción y reflexión hiciera aparentar que la luz se movía. Llamé la atención de Lucy hacia el peculiar efecto y ella misma se quedó ensimismada, aunque también parecía triste, puede que estuviera pensando en la terrible noche que había pasado allí arriba. Nunca la mencionamos, así que no dije nada y volvimos a casa para cenar. A Lucy le dolía la cabeza y se fue pronto a la cama. La vi dormirse y me fui a dar un pequeño paseo por mi cuenta; caminé a lo largo de los acantilados del ala oeste, llena de dulce tristeza, pues estaba pensando en Jonathan. Cuando volví a casa la Luna refulgía en el cielo, tan brillante que, a pesar de que la parte delante del Crescent estaba entre sombras, todo se podía ver.
Miré de reojo hacia nuestra ventana y vi la cabeza de Lucy asomándose. Pensé que, quizás, estaba buscándome, así que saqué mi pañuelo y lo agité. Ella no pareció darse cuenta, ni tampoco modificó su postura en lo más mínimo. Justo entonces, la luz de la luna se acercó en ángulo con respecto al edificio, reflejándose en la ventana. Se podía ver claramente a Lucy con su cabeza contra el marco de la ventana con sus ojos cerrados. Estaba profundamente dormida y, junto a ella, sentado en el marco de la ventana, había algo que parecía un pájaro de tamaño considerable. Temí que pudiera asustarla, así que corrí escaleras arriba, pero conforme entraba en el cuarto ella ya estaba volviendo a su cama, aún profundamente dormida y respirando con dificultad; sujetaba su propio cuello con su mano, como si lo protegiera del frío.
No la desperté. En su lugar, la arropé cálidamente. Me he cerciorado de que la puerta está bien cerrada y la ventana correctamente sellada.
Tiene un aspecto tan dulce al dormir… pero está más pálida de lo que resulta natural en ella, y, bajo sus ojos, tiene un aspecto consumido y agotado; no me gusta nada. Temo que esté demasiado preocupada sobre algún asunto. Ojalá pudiera averiguar sobre qué.

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