La visita de León XIV a España en junio giró casi entera alrededor de la inmigración. El Papa ya se había enfrentado varias veces a la política migratoria de Trump, y aprovechó su paso por España para dirigirse a Europa. En el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, lanzó una corona de flores al mar en memoria de los miles que han muerto en la ruta atlántica. Solo en 2025 murieron o desaparecieron más de 1.900 personas en esa ruta, según la ONG Caminando Fronteras.
El Gobierno español lo leyó como un respaldo en plena pelea por la regularización extraordinaria, y la mayoría de los análisis presentaron su discurso ante el Congreso como una enmienda a Vox y a la derecha migratoria europea. Los medios progresistas lo celebraron en esa clave. elDiario destacó que el Papa dejaba «un reguero de mensajes de apoyo a los migrantes y recados a Europa», justo cuando entraba en vigor el Pacto Europeo de Asilo.
Aunque este relato es una simplificación, está claro que el Papa no puede priorizar los intereses europeos. Representa a los católicos del mundo, y hoy la mayoría vive en el sur, en países pobres, muchos africanos o latinoamericanos. Es decir, en buena parte allí de donde sale la inmigración que llega a España.
El Papa León no ha pedido abrir las fronteras a la inmigración irregular, pero pide vías legales y seguras. En Arguineguín lo formuló así: «La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra». Cuando habla de los «monstruos que acechan estos mares», se refiere a las mafias que trafican con personas. Su reproche a Europa es más fino: que gestiona la tragedia sin llegar a evitarla. «No basta con gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido».
Nadie con un mínimo de sensibilidad moral desea que la gente se ahogue en el Atlántico o el Mediterráneo. Pero hay desacuerdo sobre cómo conseguirlo. Se puede abordar de formas radicalmente opuestas: por ejemplo, una de ellas sería mejorar el rescate marítimo y otra, totalmente diferente, sería el método australiano, que prohíbe a los migrantes que llegan a Australia en barco solicitar asilo. Sin duda, el Papa prefiere el primer enfoque junto con la oferta de más vías de inmigración seguras.
Pero es a nivel moral donde está el desacuerdo más profundo. ¿Existe un deber moral europeo de recibir a más inmigrantes del sur? ¿Y si existe, prevalece siempre, o puede entrar en conflicto con otros deberes y quedar a veces subordinado a ellos?
El discurso del Papa en España deja en penumbra una vieja intuición cristiana: el ordo amoris, el orden del amor. San Agustín y Tomás de Aquino sostuvieron que el amor tiene un orden: amamos primero a los más cercanos, la familia, el vecino, la comunidad, los conciudadanos, y luego podemos extender el amor al resto del mundo. El vicepresidente estadounidense JD Vance la devolvió al debate en enero de 2025.
Ya por aquel entonces, meses antes de ser proclamado Papa, el entonces cardenal Robert Prevost consideró que debía expresar su desacuerdo con Vance. Publicó en X un enlace con el título «JD Vance se equivoca: Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás».
Sin embargo, no se trata de que un extranjero valga menos por el orden de amor. El debate teológico posterior fue muy enriquecedor y puso de manifiesto las carencias del discurso del Papa.
Lo que la tradición afirma es que un amor abstracto a la humanidad entera que descuida al prójimo concreto se desordena. R.R. Reno lo resumió bien apoyándose en Aquino: nuestra obligación de amar a alguien es proporcional a la responsabilidad que tenemos hacia él. Dickens había caricaturizado esa inversión siglo y medio antes con la señora Jellyby de Casa desolada, volcada en sus obras de caridad en África mientras sus propios hijos crecían desatendidos en casa.
El filósofo Matthew Crawford añade la observación que más me interesa. En su ensayo «Love in the Time of Mass Migration» llama a la apertura humanitaria una «creencia de lujo»: puede permitírsela quien vive lejos de sus efectos. Quien la defiende desde un barrio acomodado no suele ser quien luego comparte el aula o la sala de espera del ambulatorio con los recién llegados y no sufre sus consecuencias negativas. Esas consecuencias recaen sobre los barrios populares, y el coste mayor lo paga la generación siguiente. Proclamar la acogida en abstracto no cuesta nada; convivir a diario con sus efectos, sí.
Crawford señala además un punto ciego de la propia Iglesia, siguiendo al teólogo Thomas Harmon. La doctrina social enumera con detalle los derechos del que llega: a ser acogido, a trabajar, a reunirse con su familia, a no ser discriminado. Pero apenas dice nada de lo que un país necesita para seguir siendo él mismo, su lengua y la confianza que mantiene unida a la gente. Al describir solo un lado de la cuestión, deja a quien tiene que decidir sin nada que poner en el otro platillo de la balanza. Así, el deber de acoger se impone por sí solo, sin sopesarse frente a ningún otro, porque es lo único que la Iglesia (y el Papa) ha sabido articular.
León hace bien en mirar el sufrimiento de quien cruza el mar. Lo que echo en falta en su discurso es la otra mitad de la ecuación. La inmigración de los últimos años ha generado en Europa problemas reales que no se disuelven con buena voluntad ni con mejores políticas de integración.
Es, sobre todo, una cuestión de ritmo y de escala. Hace 25 años, menos del 5% de la población de España había nacido en el extranjero; hoy es más del 20%. Ningún país absorbe un cambio así sin tensiones, y cuanto más rápido llega la gente y más distinta es su cultura, más se tensa la convivencia.
Buena parte de la inmigración procede de culturas con estructuras patriarcales, y al encontrarse con una Europa posterior a la revolución sexual el conflicto resulta difícil de evitar. El caso extremo son las bandas de origen paquistaní que durante dos décadas abusaron de miles de niñas británicas, blancas y de clase trabajadora, mientras buena parte de las instituciones miraba hacia otro lado por miedo a ser tachada de racista.
Este tipo de consecuencias de haber fomentado el multiculturalismo se observan cada día en mayor o menor medida en prácticamente todas las ciudades de Europa Occidental.
Si León volviera a su propia tradición, encontraría en ella algo que el universalismo contemporáneo tiende a olvidar: la Biblia es notablemente sabia a la hora de equilibrar valores que tiran en direcciones opuestas. El rabino Jonathan Sacks dedicó buena parte de su obra a mostrarlo. En The Dignity of Difference sostiene que la Biblia hebrea mantiene en tensión lo universal y lo particular: Dios sella una alianza con toda la humanidad, la de Noé, y otra con un pueblo concreto, la de Sinaí. «El Dios de Israel es el Dios de toda la humanidad, pero la religión de Israel no es la religión de toda la humanidad», escribe. Y advierte contra «el intento de imponer una unidad fabricada por el hombre sobre una diversidad creada por Dios», que es para él lo que falla en el universalismo.
Esa misma sabiduría aparece en otros lugares. La Biblia manda descansar el séptimo día y prohíbe a Adán el árbol del conocimiento, que es una forma de decir que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Reconoce que existen límites, y que un bien llevado al extremo se convierte en un mal.
Desde ahí, poner límites a la inmigración puede entenderse como una forma de cuidar lo propio, no como un gesto contra el otro. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», dice el mandamiento. Pero el «como a ti mismo» presupone que también te amas a ti, y a lo que has recibido. Quien renuncia a su identidad y a su forma de vida se queda sin nada que ofrecer.
Comparto el rechazo del Papa a la indiferencia ante la muerte en el mar, y creo que la Iglesia hace bien en incomodar nuestras conciencias. Ahora bien, a este discurso le faltan elementos para ser un discurso sólido y coherente. Lo que me preocupa sobre todo es el efecto de su discurso.
Los medios lo despojan de sus salvedades y lo convierten en una consigna a favor de las puertas abiertas. Y sus puntos ciegos, el silencio sobre los límites y sobre los bienes que una sociedad necesita para sostenerse, hacen fácil que los dirigentes liberales y progresistas lo reclamen como un aval a su propia posición.
Eso ocurre en un mal momento. En España apenas empieza a abrirse paso, aunque sea fuertemente rechazada por las élites, una oposición a la idea hegemónica de que el país debe acoger a muchos millones de inmigrantes más en los próximos años. Es una conversación necesaria y difícil, porque quien la plantea aún arriesga ser expulsado del espacio respetable. Al prestar su enorme autoridad moral a una sola mitad de la balanza, el Papa, sin pretenderlo, le hace un flaco favor a esa conversación y a la sociedad española.
Y es una lástima, porque la tradición que él encarna sabía sostener las dos mitades de la balanza a la vez.
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