Estoy impedida para pensar. Chocada, ensimismada, sin ganas de que las palabras salgan.
Solo me invaden dos emociones: impotencia y rabia.
Sí, eso de la regulación emocional. Hoy no se me da.
Impotencia porque un post me parece el paño insignificante para la magnitud del evento. Uno se sienta a escribir y lo que sale se siente pequeño al lado de lo que está pasando. Y aun así aquí estoy, porque es lo único que sé hacer con la cabeza hecha un enredo.
Con dolor en el alma, además, al ver lo efímera que es la vida.
Y después de la impotencia me llena la rabia.
Rabia porque el mundo sigue. Las reuniones no cesan, las campañas de marketing tampoco. La agenda continúa, pero el mundo está en standby.
Hay algo injusto en esa continuidad.
Pero es una continuidad necesaria.
Así que toca frenar la rabia, porque estás apuntándole a la gente equivocada.
Un país se sostiene siendo productivo a pesar de las circunstancias. Y una empresa paga salarios, tiene gente esperando quincena, proveedores, arriendos. Tenemos que vender, el flujo de caja se necesita. ¿Cómo paras?
Ahí la rabia cesa. Y me pongo también esos zapatos.
En esta tragedia tenemos que ponernos muchas tallas diferentes.
Entender que todos hacemos lo que podemos con lo que tenemos en nuestras manos. Unos donarán dinero. Otros alimentos. Otros, incluso, su sangre.
Y hay quien está trabajando en silencio para que a fin de mes no haya una familia más sin ingreso. Eso también cuenta.
Pero sabes qué necesita este momento.
Que dones tus oídos.
Y un espacio en tu corazón para intentar entender la raíz del miedo del otro, que casi nunca es la que uno se imagina desde afuera.
Y no, escuchar no cuesta. Y sí resuelve, resuelve mucho. Quizás tu oído sea la oportunidad para que al otro le salgan las palabras, para que la mente le fluya y las emociones se le regulen. Esa regulación que hoy a mí no se me da.
Dona tu tiempo. Porque todos procesamos distinto, y cada cabecita es un universo cargado además de mucha conmoción digital que también paraliza.
Hoy tu individualidad no puede enterrar lo comunitario.
Y estamos perdiendo el arte de entrenar nuestra compasión.
Entrenar, porque la compasión no es algo que se siente. Es algo que se hace. Y se entrena justo así: prestando el oído, guardando el espacio, regalando el tiempo.
No sé cómo trabajar después de un terremoto. Pero sé que hoy lo más productivo que podemos hacer es ocuparnos del otro.
Un abrazo fraterno para todos!
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