Dormir con alguien es una de las sensaciones más molestas que existen.
En primer lugar, hay que repartir el espacio. Esta es una variable física supeditada a otra más poderosa: el dinero para comprar una cama más grande. Para el caso que nos ocupa, imagine que hay que repartir el espacio de un colchón de 105 centímetros. Un tamaño inaceptable hasta para una sola persona con un ego desmedido, no hablemos ya de dos.
En segundo lugar, hay que aguantar todos los ruidos que profiere otro cuerpo que no es el suyo. Esto es: ronquidos, ventosidades, soplidos, alaridos, oraciones inconexas o repentinas carcajadas.
En tercer lugar, uno de los durmientes puede dejar de serlo debido a una agresión inconsciente por parte del otro, que se puede materializar en forma de patada, puñetazo o cuchillada, en el caso de tener a mano un objeto cortante en la mesita de noche. La agresión puede agravarse si cualquiera de los dos resulta ser sonámbulo.
En cuarto lugar, si tiene la mala fortuna de dormir usted con un hombre entrado en años, le costará interrumpir su sueño una media de 5 veces por noche mientras se pasea una y otra vez hacia el retrete. Esto es algo para lo que no existe ninguna solución conocida, a excepción de no beber dos litros de agua antes de acostarse.
En quinto lugar (y esta lista ya empieza a rebasar el mal gusto), se puede dar la circunstancia de que duerma usted con una persona sin antes aclarar su estado civil y viril. Este suele ser el inicio de una serie de problemas cuyo sustrato es pensar con partes del cuerpo que no han sido diseñadas para ello.
Con todo, la situación más turbadora probablemente sea en la que me encuentro ahora, donde noto su respiración muy cerca de la nuca y soy consciente de que llevo viudo más de cinco años.
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