Un delantal reluciente, una cocina dedicada a las preparaciones caseras y una mujer decidida a convencerse [y convencernos] de la vida ideal que supone ser ama de casa: pareciera la fórmula mágica para viralizarse en las redes y permitir, ante todo, una discusión peligrosa para el rol de la mujer en la sociedad.
Escrito por Antonia Goette
Durante el último tiempo, comenzó a verse en plataformas como Tik Tok, X e Instagram una tendencia conformada por mujeres que, utilizando la estética visual a su favor, muestran un estilo de vida “ideal”: el de ser amas de casa. Son mujeres en su mayoría jóvenes, vestidas con delantal, realizando movimientos suaves y pausados. Muestran una rutina que gira en torno a la cocina y el cuidado de sus hijos. También parecen estar impolutas, como si el trabajo diario de mantener un hogar no implicase una tarea agotadora, más bien, pareciera que es justamente lo que las tiene tan cuidadas.
El esposo, en cambio, no suele ser el protagonista de los videos: aparece en escasos fragmentos, dándole un beso en la frente a su esposa, saludando a sus hijos y desapareciendo del foco. Porque sus tareas, las tareas de un hombre, no tienen lugar en el hogar. Se encuentran afuera, en el tumulto de la sociedad. Su misión final es la de proveer para el hogar y tomar las decisiones importantes que a el competan.
Esta tendencia tiene un nombre específico: Traditional Wife. “Esposa tradicional” en español, “TradWife” en su versión abreviada, refiere a mujeres que eligen voluntariamente cumplir con un rol doméstico clásico. Esto implica dejar sus trabajos remunerados y pasar a cuidar del hogar y de sus hijos. También implica asumir un papel de apoyo y obediencia hacia su esposo (Ortiz, J. 2025)
El movimiento TradWife alienta a las mujeres a reconectar con su “naturaleza femenina” es decir, reconectar con aquellos valores conservadores que plantean una conexión inmanente entre la mujer y el cuidado de sus hijos y el hogar.
A grandes rasgos, las TradWifes parecen plantear una tendencia inofensiva. Sobre todo porque dan la sensación de ser una elección puramente de las mujeres que deciden someterse a ese estilo de vida.
Pero detrás de los colores pastel, de los delantales y de una estética pulida y tradicional, hay un mecanismo de pensamiento que propone replantear por completo el rol [y los derechos] de la mujer en la sociedad moderna.
El fenómeno de esposa tradicional arrastra detrás un aparato ideológico. Durante la Cumbre de Liderazgo Femenino de Turning Point USA —la organización que hoy dirige Erika Kirk, viuda del activista Charlie Kirk—, la influencer conservadora Savannah Stone, de 21 años, planteó la idea de que las mujeres deben ceder su voto durante las elecciones y que debería existir un voto por familia, representado por el hombre del hogar. Esto conlleva que la mujer renuncie a un derecho fundamental, obtenido tras más de un siglo de lucha, para depositarlo en manos de su marido. “El esposo tendría la decisión final, pero creo que marido y mujer deberían tener la misma visión política y la misma visión religiosa, entonces no creo que sea renunciar a tu poder”, sostuvo Stone ante una audiencia de 2000 personas.
Lo que empieza como estética termina convirtiéndose en una espiral. Comienza en lo visual, el vestido, el delantal, la cocina reluciente. Sigue por lo laboral, dejando el trabajo remunerado. Y finaliza en lo económico, con la dependencia total del ingreso del marido. El espiral solo parece cerrarse con lo que Stone planteó en la Cumbre de Turning Point USA: el giro final es político, e implica ceder la ciudadanía misma.
Si bien la propuesta de un voto por hogar no tiene estatus legal todavía, demuestra que la libertad de las mujeres sigue siendo violentada por sectores reaccionarios y conservadores. No es casual que cada eslabón profundice el anterior: sin ingresos propios, sin trabajo, sin un lugar por fuera del hogar, ceder la última forma de representación política deja de sonar tan descabellado.
El argumento más repetido por las propias tradwifes es que se trata, ante todo, de una elección. Reducir a estas mujeres a víctimas pasivas también sería un error, uno que les niega la posibilidad de pensar su propia vida.
Pero muchas veces esa elección “vendida” como libre esconde otra cosa. El problema no es que una mujer decida dedicarse al hogar -eso el feminismo lo defendió siempre- sino que la elección se presente como si naciera desde el vacío, desconectada de las estructuras que la vuelven posible o necesaria.
Ya en 1971, la feminista italiana Mariorosa Dalla Costa señalaba que la ama de casa no es una figura marginal al capitalismo, sino su pivote invisible: el trabajo doméstico no remunerado sostiene la reproducción de la fuerza de trabajo y, por lo tanto, es funcional al sistema, aunque se lo presente como un acto de amor ajeno a cualquier cálculo económico (Dalla Costa, M. 1972). Que hoy ese ser amas de casa se plantee desde la “elección” en lugar de “obligación” no cambia su función estructural: solo cambia el modo en que se lo justifica.
cc Pedro Molina
La estética Trad Wife, entonces, toma distintos caminos para afirmar algo: las mujeres debemos vernos de determinada manera (pulcras, maquilladas, etéreas), debemos tener determinados consumos culturales y determinados deseos (amor romántico y maternidad) En ese sentido, hablar de “elección libre” ignora que la propia idea de lo deseable para una mujer ya viene moldeada de antemano. Sobre todo, esa elección viene acompañada de una lógica neoliberal: ve como elección individual algo que en realidad es una respuesta a un sistema que nunca ofreció condiciones reales de cuidado compartido, ni en la casa ni en la oficina (Fruttero, N. 2025).
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Hay, además, una contradicción que las propias tradwives no siempre logran resolver: muchas de las influencers que más visibilidad le dieron al movimiento no son, en lo práctico, dependientes económicas de sus maridos. Nara Smith, la modelo e influencer alemana con millones de seguidores entre TikTok e Instagram, construyó alrededor de su “vida doméstica” una marca personal cuidadosamente curada, con colaboraciones de marcas y contenido monetizado (Fruttero, N. 2025).
Lo mismo ocurre con Hannah Neelman, más conocida como Ballerina Farm. Ninguna de las dos vive exclusivamente del ingreso de su esposo: viven, en gran medida, de vender la imagen de que no necesitan trabajar.
Erika Kirk, viuda del activista conservador Charlie Kirk, es otra gran contradicción: es la CEO de la organización Turning Point USA (perteneciente a su difunto esposo) y no realiza labores de ama de casa -trabaja brindando charlas donde profesa los valores tradicionales que toda mujer debería seguir-
Esa paradoja no invalida el fenómeno, pero sí lo complejiza: lo que se presenta como un regreso a la simplicidad y a los valores tradicionales es, en el fondo, una construcción altamente mediatizada, sostenida por el algoritmo y por una economía de la atención que premia justamente aquello que genera más polémica, el antifeminismo, la sumisión, la maternidad idealizada. Todo eso también es contenido, y todo contenido, tarde o temprano, se monetiza.
La antropóloga Rita Segato describe que las jerarquías de género se naturalizan al punto de volverse invisibles, siendo transmitidas como si fueran parte del orden natural de las cosas y no una construcción histórica sostenida por el poder. Cuando Savannah Stone dice que ceder el voto “no es renunciar a tu poder, implica que tanto hombre como mujer compartan la misma visión de política y religiosa a la hora de emitir el voto” está reproduciendo exactamente ese mecanismo: el sometimiento se enuncia en el lenguaje de la armonía y el acuerdo, nunca en el de la subordinación.
Este mandato se activa con mayor fuerza en contextos de retroceso político, cuando ciertos sectores necesitan reafirmar jerarquías que perciben amenazadas. No es casualidad que el fenómeno tradwife haya crecido en paralelo al avance de discursos ultraconservadores en distintos países, ni que ambos fenómenos compartan las mismas voces y las mismas plataformas.
Si un discurso conservador logra instalar que el lugar “natural” de la mujer es el hogar y que su representación política puede delegarse en un hombre, también puede lograr despolitizar y desfinanciar cualquier política pública que proteja a las mujeres fuera de ese hogar.
El discurso del movimiento Tradwife no se limita a proponer un estilo de vida alternativo, sino que construye al feminismo como el origen de un daño colectivo, el responsable de haber destruido la familia tradicional y de haber dejado al hombre sin un lugar claro en la sociedad. En consecuencia, propone reconstruir el rol de familia tradicional de los 50’s: el de un hombre proveedor y una mujer atenida a los quehaceres del hogar. El movimiento conservador cita una crisis de identidad, y pretende resolverla devolviendo a la mujer a un lugar de sumisión.
La globalización planteó un estilo de vida altamente interconectado, diluyendo fronteras, desmantelando economías y erosionando identidades tradicionales. Generó un contexto de alta incertidumbre económica e inestabilidad, contexto que fue aprovechado por los discursos conservadores para ofrecer un modelo de familia mitificada de los años 50 ‘s. En la familia tradicional, argumentan, se encuentra nuevamente la estabilidad perdida hace tantos años. Pero los valores tradicionales raramente llegan si no son acompañados por una renuncia a los derechos de las mujeres. El feminismo, en este caso, es apuntado como el principal responsable de desestabilizar las familias, de quitarle al hombre el rol de proveedor que se había instalado en la sociedad por tantos años.
Quizás la pregunta correcta no sea si una mujer puede elegir dedicarse al hogar —por supuesto que puede, el feminismo nunca lo negó— sino qué condiciones hacen que esa elección se presente empaquetada junto con la resignación del trabajo, la dependencia económica y, en su versión más extrema, el propio voto.
Que una mujer pueda desarrollarse libremente dentro de la sociedad es un derecho básico. Pero es imperante recordar que ese derecho costó décadas de luchas, de protestas, de mujeres presas y asesinadas, de huelgas de hambre y de vidas enteras dedicadas a conseguir lo que hoy muchas damos por sentado.
Resulta hasta angustiante decir que muchas mujeres, hoy, tenemos el privilegio de dar el voto por sentado. Porque poder desarrollarse políticamente fomenta el pensamiento crítico y además, es una muestra clara de dignidad y autonomía. En un mundo ideal, estos conceptos no deberían entender de géneros.
Tampoco podemos olvidar que nuestros derechos, incluso hoy, dependen en gran parte de la suerte geográfica. No hace tantas décadas, en Afganistán, las mujeres podían ir a la universidad y manejar. Hoy ya no pueden. En numerosas partes del mundo niñas que no superan los 15 años son prometidas como esposas de hombres que llegan a los 50. En América Latina, miles de mujeres sin acceso a un trabajo en blanco trabajan como esclavas sexuales a plena luz del día. Todo esto nos recuerda que los derechos conquistados de las mujeres no son una posesión permanente. Pueden desmontarse, uno por uno, con la misma lentitud silenciosa con la que hoy se instala un delantal como símbolo de plenitud.
Simone de Beauvoir, autora feminista, nos lo recuerda de forma inapelable: “Bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Esos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecen vigilantes todas sus vidas”
Referencias bibliográficas:
Dalla Costa, M. (1972). Las mujeres y la subversión de la comunidad. En M. Dalla Costa y S. James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad. Siglo XXI.
Érika Kirk y la problemática de las tradwives. El Café Latino. https://elcafelatino.org/es/erika-kirk-y-la-problematica-de-las-tradwives/
Éramos tan feministas: género, feminidades y la avanzada conservadora en redes sociales. En B. Fraticelli (Coord.), Dossier. Polémicas y afectos en el espacio público: entre el discurso oficial, las redes y las calles (pp. 51-67)
Household voting: la idea de quitarle el voto a las mujeres que crece en Estados Unidos y que Argentina no puede ignorar. Página/12. https://www.pagina12.com.ar/2026/06/19/household-voting-la-idea-de-quitarle-el-voto-a-las-mujeres-que-crece-en-estados-unidos-y-que-argentina-no-puede-ignorar/
Ortiz Sastre, J. (2025). Tradwife: Entre delantales, redes y polémicas [Trabajo Fin de Grado, Universidad Miguel Hernández de Elche].
Qué son las tradwives y por qué representan un peligro. https://www.somosohlala.com/lifestyle/relaciones/que-son-las-trad-wives-y-por-que-representan-un-peligro-nid06082024
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños
Un voto por hogar”: La preocupante tendencia en EE.UU. que amenaza el derecho a sufragio de las mujeres. https://radio.uchile.cl/2026/07/18/un-voto-por-hogar-la-preocupante-tendencia-en-ee-uu-que-amenaza-el-derecho-a-sufragio-de-las-mujeres/

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