El verano pasado nos hicimos más de 7000 km con la furgo. De Valencia a Hungría (al Encuentro de Ecoaldeas Europeas), pasando por Alemania y Polonia, y de vuelta. Muchas horas de coche al día, pero no se nos hicieron pesadas, porque hubo tiempo para indagar el uno en el otro, para escuchar podcasts y, cómo no, para tener conflictos constructivos, por llamarlo de alguna manera.
Fue un mes entero de viaje que se nos hizo más corto de lo que esperábamos. Pero pensamos: ¿y si tuviéramos que hacernos 7000 km todos los meses? ¿O, como los camioneros de larga distancia, más de diez mil? ¿O los 5000 km que se hacen los taxistas de media, pasando una y otra vez por las mismas avenidas, parando siempre en los mismos semáforos, arriba y abajo hasta que la ciudad se desdibuja y solo ven líneas blancas discontinuas, luces de freno, peatones en vez de personas?
En Berlín, después de un café bien cargadito, a Marta le dio por conversar con el taxista. O más bien acribillarle a preguntas. Era el cuarto taxi que cogíamos, y el patrón se había hecho evidente: todos los taxistas eran inmigrantes del sur de Asia, de Pakistán, la India o Bangladesh. El último, Hassan, más que ocupar, rebosaba el asiento, y cambiaba de marcha con la elegante pereza de un sultán. Era uno con su coche. No tenía mucha conversación, pero Marta no cejaba en su empeño de sacarle respuestas. Quería saber de dónde venía, cuántas horas trabajaba, cómo era eso de ser taxista.
Él le preguntó a ella también, quizá más por cortesía que por verdadero interés, y Marta le contó que nos dedicábamos a divulgar sobre el movimiento regenerativo y que trabajábamos de voluntarios en proyectos de agroforestería. Que hacíamos un poquito de todo, vaya.
Hassan, en cambio, pasaba doce horas al día en el coche, todo el rato sentado conduciendo. Le dolían las piernas y la espalda, se había operado una rodilla, y no era casualidad que fuera obeso. Pero doce horas eran lo mínimo si quería poder mantener a su familia y enviar dinero a su país.
—¿No sería fantástico poder hacer un poco de todo —le preguntó Marta—, unas horas de conducir, unas pocas de trabajar en el huerto, otras de cocinar…?
Claro que lo sería. Pero no podía hacer eso. No tal y como era su vida.
Marta lo entendió y guardó silencio. Sería fantástico, sí, pero la sociedad no está montada para tener la libertad de la que gozaba ella. Poder hacer un puñado de cosas diferentes cada día y dedicar tu energía a lo que en ese momento más te apetece es un privilegio.
La sociedad está montada, en cambio, para que nos hiperespecialicemos. Para que los médicos sean solo médicos, y además lo sean hasta la extenuación, llegando a las 60-80 horas semanales. Para que los obreros y los campesinos trabajen de sol a sol. Para que los camareros hagan 40 horas según el contrato pero hasta 70 en temporada alta. Para que los maestros se tengan que coger la baja porque no pueden más.
Y para que ninguno de ellos haga otra cosa, porque no hay tiempo para más que su única profesión.
Hay profesiones más exigentes que otras, pero la norma es que ocupen todo nuestro tiempo, y que dediquemos a ellas toda nuestra creatividad y energía. El que es taxista, solo puede ser taxista; el que es médico, solo es médico; el maestro, salvo cuando está de vacaciones, desearía tener cualquier otra profesión. Aunque no hay duda de que a los taxistas, los médicos y los maestros les vendría muy bien poder trabajar dos o tres horas al día en alguna otra actividad al aire libre y estirar las piernas, mover los músculos y recibir los rayos del sol en la piel.
Pero para que eso pase, tenemos primero que sobreponernos a esa jerarquía silenciosa que determina que ciertas profesiones sean más valiosas que otras. Esa escala de valor social que coloca en un lugar más alto o más bajo a las personas según lo que hacen, cuánto ganan o cuántas pantallas son capaces de gestionar al mismo tiempo.
Siempre nos han dicho que cuanto más especializada esté una persona, más mérito tiene (”De lo que sea, hijo, pero el mejor”); que lo artesanal lo puede hacer cualquiera; que el campo o la obra es para quien no tiene otras oportunidades; y que lo verdaderamente valioso ocurre en una oficina, frente a una pantalla, sumando datos, excels y dolores de espalda.
El sistema está diseñado para exprimir nuestras habilidades como si fuesen recursos infinitos. Si sabes informática, ocho horas picando código. Si sabes escribir, ocho horas produciendo contenido. Si sabes cocina, ocho horas (o bastantes más) preparando platos. La especialización, que en su día prometía liberar tiempo, parece haber mutado en una cárcel con barrotes dorados donde la identidad se confunde con el oficio.
Pero hemos conocido a muchas personas en estos dos años de viaje, en ecoaldeas y proyectos regenerativos, y la mayoría no estaban especializadas en una sola cosa. Tan pronto te arreglaban una gotera del tejado como te montaban un evento para doscientas personas. Recibían huéspedes, cocinaban para treinta, tocaban el didgeridoo, sembraban el huerto de otoño... mil cosas, y ninguna las definía.
Nos asombró ver lo equilibradas que esas personas estaban, lo saludables. Y es que cuando mezclamos lo físico y lo mental, lo tangible y lo invisible, lo mecánico y lo creativo, el ser humano alcanza su máximo potencial.
Nosotros hemos descubierto que hay algo profundamente sanador en pasar dos o tres horas en el campo, dejando que el cuerpo haga el trabajo para el que fue diseñado, moviendo la tierra, plantando semillas, pensando “esto sí que no te lo hace una IA”. Y después volver a casa con la mente más despierta y el corazón en su lugar. Cocinar sin prisas. Escribir algo que te ronda por dentro. Jugar con los gatos. Tomar un té como si el día, de repente, tuviera más horas que cuando estábamos en una oficina.
El equilibrio no solo baja el ritmo: reordena la percepción del merecimiento. Uno deja de medir su valor por lo que factura, por cuánto sabe, o por cuántas horas trabaja. Todos los oficios están ahí por algo, ninguna tarea vale menos por ser manual. Y esa frase de “esto lo hace cualquiera” casi siempre la dice alguien que jamás lo ha hecho.
Necesitamos una cultura que respete más a quienes cuidan la tierra, a quienes arreglan, cultivan, construyen, y también a quienes crean, imaginan y analizan. No como extremos opuestos, sino como funciones humanas que se complementan y nos mantienen enteros.
Quizás el lujo hoy no sea tener un título grandilocuente ni mucho dinero para gastar. Quizás el lujo sea poder elegir, poder mezclar. Poder dedicar tiempo al cuerpo sin descuidar la mente, y viceversa. Poder vivir un día que no se parezca a una cadena de montaje.
Poder bajarte del taxi e ir a cuidar tus lechugas, que están casi listas para cosechar. Poder recoger a tu hijo del cole y llevarlo al parque. Poder cocinar junto con tu mujer lo que has traído de la huerta. Poder programar, escribir, componer música, diseñar, enviar informes, traducir documentos… (¿Qué haría Hassan si no tuviera que ser solo un taxista? Esa fue una de las pocas preguntas que Marta no le hizo).
Lo manual, lo mental y lo creativo, en equilibrio dinámico. Las personas, mucho más que los oficios que desempeñan. La productividad auténtica: el resultado de no hacer solo una cosa hasta desfallecer, sino muchas que se equilibran entre sí.
El primer paso para crear un mundo mejor es atrevernos a imaginarlo.
Gracias por leernos,
Andreu y Marta

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