El viejo conserje se detuvo frente a una pequeña ventana al final del corredor.
La luz de la tarde entraba por ella en una franja estrecha, suficiente para revelar el polvo suspendido en el aire.
Estaba demasiado alta para alcanzarla con la mano y una grieta fina atravesaba una de sus esquinas.
—Anda, viejo —dijo el muchacho que hacía la ronda con él—. No vas a querer subir hasta allá por eso. Es apenas una grieta. Sigamos.
A lo lejos, una puerta se cerró y el eco corrió por el pasillo vacío.
El viejo miró el pequeño vidrio unos segundos y luego reanudó el paso, un poco más despacio, como si no quisiera alejarse demasiado.
—Yo trabajé muchos años limpiando pisos en la alcaldía.
El muchacho sonrió.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Empujó lentamente el carrito.
—Eran los años noventa. Creo que ni siquiera habías nacido. Giuliani acababa de llegar y a mí me tocaba limpiar la sala de reuniones donde recibía al jefe de policía. Yo entraba y salía con la escoba, cambiaba bolsas, limpiaba esa gran mesa lustrosa. Para ellos era prácticamente invisible.
A mí me venía bien. Así podía escuchar y aprender alguna cosa de aquella gente tan educada.
Una tarde hablaban de dinero y del metro.
El nuevo alcalde quería recortar el presupuesto de mantenimiento, dejar de gastar tanto dinero en limpiar vagones y borrar grafitis, y dedicar ese dinero a poner más policías en las calles. La delincuencia estaba desbordada: robos, asesinatos, delitos por todas partes. Necesitaba mostrar resultados, y rápido.
No entendía por qué el jefe de policía insistía en perseguir a quienes se saltaban los torniquetes o en reparar pequeños daños mientras Nueva York tenía problemas bastante más graves.
El policía hablaba rápido. Hablaba de millones de personas que cada día veían paredes cubiertas de grafiti y basura tirada, o a otros entrando sin pagar sin que nadie hiciera nada. Para él, eran señales que terminaban construyendo la imagen de una ciudad sin dueño.
—Otra tarde —dijo el viejo—, el alcalde pareció perder la paciencia.
—¿Treinta por ciento más para comprar pintura y poner más botes de basura? ¡Estás loco! Mejor dime cuándo vas a decirme que por fin disminuyeron los robos de coches con violencia.
Recuerdo que el jefe de policía parecía muy seguro y no se echó para atrás:
—Tenemos que volver a pintar todas las paredes que habíamos saneado. Las volvieron a rayar, pero este es el peor momento para mostrar debilidad.
—¿Y con eso iban a arreglar Nueva York? —interrumpió el muchacho.
El viejo soltó una pequeña risa.
—No sé si alguien puede arreglar Nueva York.
Siguieron caminando. El viejo conserje continuó:
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