Queridas pensadoras de la moda:
El mes pasado, durante mi más reciente visita a Nueva York, tuve la oportunidad de visitar Estilo español. La moda iluminada, 1550–1700 en la Hispanic Society. Me demoré más en aterrizar que en tomar el tren hacia el norte de Manhattan para verla. Y, a decir verdad, ¡es lo mejor que pude haber hecho en mi primer día en la ciudad!
Tal vez para mi sorpresa, Estilo español fue una de las mejores exposiciones que he visto en un buen rato.
(Esta reseña se basa en el artículo “On the might of a small fashion exhibition”, publicado originalmente en Redressing Fashion, el 6 de abril de 2026.)
Bajo la curaduría de la Profesora Amanda Wunder, la muestra se proponía explorar cómo la expansión colonial española inspiró toda una revolución de la moda que resultó en estilos nacionales únicos.
Aunque pequeñita, Estilo español cumplió su promesa.
A través de pinturas, manuscritos iluminados, tejidos y joyas en el acervo de la Hispanic Society, la muestra ofrecía una introducción a la moda española en los siglos XVI y XVII. La variedad de objetos es de resaltar, especialmente para quienes se interesen en métodos de estudio para la historia de la moda: Estilo español construía su argumento entretejiendo información proveniente de distintos tipos de objetos, poniendo así en evidencia la diversidad de fuentes con que podemos —y diría yo, deberíamos— atender a la historia de la moda. A lo largo de la exposición veíamos, entonces, una exquisita demostración de cómo se puede desarrollar un argumento histórico a partir de distintas fuentes.
Notablemente, la exposición cuestionaba cómo la expansión colonial española transformó tanto los materiales como los estilos de la moda: elementos originarios del “nuevo mundo” como la grana cochinilla, las esmeraldas y el palo de Campeche fueron esenciales en el diseño de las modas esencialmente españolas de la época.
Pero la expansión colonial también abrió paso a nuevas formas de movilidad social, que necesariamente incluyeron a miembros de las élites indígenas en la América española. Algunas sabrán que tengo un interés particular por entender las historias indígenas de la moda en Abya Yala y la Hispanoamérica colonial, así que no es de sorprender que uno de mis objetos favoritos en la exposición tuviera que ver precisamente con este aspecto. Se trata de un retrato de Don Gabriel Ortiz de Salazar, cacique Mixteca que recibió confirmación de su estatus de nobleza a través de una carta ejecutoria de hidalguía en 1965.
Sin embargo, como mi investigación se centra mayoritariamente en los siglos XVIII y XIX, no tenía ni idea de la existencia de este tipo de documentos. ¡Ya se imaginarán mi emoción! Habiéndome recuperado (parcialmente) de mi fascinación inmediata con este dibujo, me llevo la tarea de pasar más tiempo con este manuscrito después de cerrada la exposición, en una visita próxima a Nueva York. También añado a mi eterna lista de labores la de buscar otros documentos de este tipo como parte de mi misión perpetua de buscar formas para indigenizar las historias de la moda hispanoamericana y latinoamericana.
Además de la clase socio-racial y el estatus, la religión es otro elemento esencial en el desarrollo de la moda española del periodo en cuestión. En una sociedad activamente religiosa, la vestimenta eclesiástica de lujo, así como el vestuario de santos en la pintura y la escultura, formaban parte indiscutible del reino de la moda. Claro ejemplo de ello es una dalmática de terciopelo de seda negro, riquísimamente decorada con hilos de oro y plata. Este mismo estilo de tejidos suntuosos se usaba también, con bastante frecuencia, en las vestimentas seculares.
Asimismo, la religión moldeaba ideas y discursos sobre el comportamiento y la moralidad que, a su vez, influían en la moda incluso fuera de entornos eclesiásticos. Una especie de “pared del escándalo” (¿o de las penas?) con escotes profundos, guardainfantes voluminosos y lechugillas enormes demostraba precisamente cómo las nociones de lo “propio” daban forma a la percepción pública de ciertos estilos del vestir, especialmente aquellos hechos para vestir a las mujeres. Diría que ésta fue otra de mis partes favoritas de la exposición después del retrato de Don Gabriel anteriormente mencionado.
Pero más allá de los objetos específicos o la forma en que se exhibieron en la galería, lo que más me gustó de la muestra fue su relativa simplicidad.
En una era en que las exposiciones se inclinan cada vez más hacia el espectáculo, Estilo español sirve de recordatorio: una muestra no tiene que salirse de todo contexto para ser informativa. No necesitamos exhibir cientos de objetos ni en vitrinas súper elaboradas para contar historias convincentes sobre la moda. Y, en la mayoría de ocasiones, una conversación ingeniosa entre piezas poco conocidas puede resultar en ideas más inspiradoras que el ya agotado desfile de vestidos de diseñador al final de cualquier exposición histórica.
En lo personal, Estilo español no hizo más que reafirmar mi admiración por Amanda Wunder y su investigación sobre la moda española, que he tenido el gusto de seguir desde hace más de una década. Durante mis visitas a Bard Graduate Center en Nueva York, y gracias a nuestra querida aliada Ana Orobio, tuve la oportunidad de hojear la versión en inglés del libro La moda española en la época de Velázquez. Un sastre en la corte de Felipe IV (2023). Y déjenme decirles: si antes tenía ganas de leerlo, ¡ahora estoy lista para devorarlo a penas tenga una copia en mis manos! Así que esperen pronto otro comentario sobre el libro. Y tal vez algún día se me haga realidad el sueño de tener una conversación con la Profesora Wunder exclusiva para Pensar la moda.
Por ahora, quisiera saber de ustedes. ¿Qué exposiciones de moda han visto recientemente? ¿Cuáles son sus favoritas? Y, ¿alguien más se siente cada vez más agobiada con el tamaño y el diseño espectacular de las exposiciones de moda?
Como siempre, mil y mil gracias por leerme, dejarme sus comentarios, compartir con su gente y unirse a la conversación.
Abrazos apretados y ¡hasta la próxima!
—Lau 🖤

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