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Paula Melchor · Jul 31, 2026

Todo está en la imaginación

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Paula Melchor · Paula Melchor

Lo que me encanta de la imaginación es que todo en ella es potencia. Que no se me malinterprete: no estoy queriendo decir que las cosas de la imaginación no sean verdaderas. De hecho, hace mucho que aprendí que —al menos en el caso de mi propia imaginación— esto es más bien al contrario: imagino cosas, se me aparecen, se me revelan, y entonces busco cómo hacerlas reales. Así es como aprendí a escribir, así es como aún me mantengo a flote en la escritura.

La imaginación tiene muchos cauces, muchas formas de hacerse ver. Recuerdo estar de pequeña jugando a que naufragaba en una isla desierta durante el recreo, en el patio del colegio. En mi colegio había una cuesta de cemento justo al lado de la pista de fútbol, y allí imaginábamos mis amigos y yo que se estrellaba el avión. Lo veíamos caer, sobrevolando a los niños que corrían detrás del balón, y chocar contra el suelo con una explosión. Recuerdo inventar un personaje concreto que interpretaba durante el juego —su nombre, su apariencia, su tono de voz—, recuerdo cómo era la cabaña de madera que me construí para vivir allí, en la isla, durante la media hora que duraba cada día la aventura, hasta que el timbre nos devolvía a la clase. Entraba y salía a mi antojo del juego, conforme me iba apeteciendo, conforme la vida lo permitía.

Durante un tiempo, mi imaginación fue activándose también en los sueños. Desde muy joven sé cosas porque las sueño, y he aprendido con los años a pulir este aprendizaje de mi imaginación, aunque no tanto como para utilizando a mi antojo. Sigue viniendo y yéndose cuando quiere, pero ahora, si por ejemplo me despierto de pronto, puedo elegir soñar de nuevo con lo que había dejado atrás, lo cual es muy conveniente para una cursi como yo. Hablar de sueños premonitorios es raro para alguna gente. Tienden a querer explicarte por qué cuando dices que has adivinado algo en sueños no es correcto, porque en realidad lo que pasa es que tu mente saca a relucir cosas que ya sabes, pero que quizás no te permites ver o sentir fuera de él, y entonces no es que adivines, es que recuerdas. Que no tienes poderes ni nada así. Yo asiento y les doy la razón, porque de hecho no creo que no lleven razón. Lo que sí creo es que no me importa. Estoy de acuerdo en que advinar tiene que ver con recordar, y que lo que de pronto veo en sueños puede ser en realidad alguna cosa que de cierta manera ya llevo conmigo el resto del tiempo, como un conocimiento oculto. Lo que pasa es que esta explicación, que para mí es, de hecho, algo que me da la razón; para ellos es algo que, de hecho, me la quita. Así que simplemente asumo que un mismo argumento puede aplicarse de formas distintas y no pasa nada. Sigo soñando y diciéndole a la gente que quiero —y que nunca es gente que me quita la fantasía, porque si no no los querría—: he soñado esto y me gustaría que lo supieras, por si está pasando, ha pasado o va a pasar.

No había ninguna diferencia entre los amantes soñados y los amantes reales. El amor era lo que una hacía y luego lo que una podía hacer con él.

Jim Dodge

Ahora, sobre todo mi imaginación se ejercita con las visiones. Son visiones tranquilas, y las tengo desde siempre. No echo a volar, ni mi cuerpo se desvanece, ni me veo iluminada por un rayo cegador. Simplemente, me abstraigo. Cualquiera que me conozca lo sabe: me quedo mirando un punto fijo y me voy. Vuelvo más o menos rápido1, porque siempre hay algo que me hace volver, y para entonces traigo la visión conmigo. El registro de esas visiones es, como dije antes, lo que catapulta mi escritura. Lo que día a día hace que quiera escribir.

Lo que me encanta de la imaginación es que en ella —con ella— se puede hacer cualquier cosa. Me empeño en practicarla a diario, y con el tiempo he logrado utilizarla más o menos a mi antojo. Pero hasta ahora no me había planteado lo que ella puede hacer conmigo. Stone Junction, de Jim Dodge, me ha tenido, durante quinientas y pico páginas, enseñándome que el camino de la imaginación nunca es unidereccional: las cosas que imaginamos y que alcanzamos con la fantasía, deben siempre imaginarnos de vuelta a nosotros. Así, y solo así, se produce el amor que nos permite encontrarlas.

Read the original on paulamelchor.substack.com

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