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Paula Melchor · Feb 25, 2026

Saltar sobre un lago de hielo

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Paula Melchor · Paula Melchor

Comienzo a leer un libro. Casi siempre sucede durante el desayuno, cuando más me apetece sentarme a leer. Es también cuando mi gata suele estar más tranquila porque acabo de ponerle la comida. Comienzo a leer un libro mientras mi gata mira por la ventana y yo me bebo el café lentamente. Me despierto antes de lo que exige mi rutina para dedicarme a leer. Leo el primer poema. O el primer cuento. O el primer capítulo. O el primer fragmento. Leo el siguiente. Continúo un poco más. Dejo que la escritura de un libro en concreto me embauque. Quiero dejarme embaucar. Voy caminando por la superficie de la escritura como si fuera un lago helado en el que hay que adentrarse con cuidado. Cuando esto en el centro del lago -del libro- salto arriba y abajo porque quiero sumergirme. Quiero notar el cuerpo cortado por el frío. Quiero que me falte el aire. Quiero salir a tientas del algo agarrada a un palo y pensar: “¿Cómo he sobrevivido a esto? ¿Quién era yo antes de estar en el lago?”.

Salto y salto en el hielo, pero no sucede nada. A veces sí cruje un poco, noto que se resquebraja y parece que me caeré. Me preparo para verme sumergida en el lago. Me preparo para notar el cuerpo en tensión. Me preparo, pero no sucede. Leo otro poema, otro cuento, otro capítulo, otro fragmento. Leo lentamente -me he esforzado por no acelerarme, por si ese era el truco para partir el hielo, para partir el texto- cada mañana y algunas tardes y muchas veces no sucede nada. ¿Por qué no sucede nada? No son libros malos, no los considero así. No es una escritura que no me guste, aunque tampoco me tensa. Estoy dispuesta al asombro, siempre lo he estado. Soy optimista, no me cierro a ninguna estética, me gusta abarcar todo lo que pueda de acá y de allá. Y sin embargo, el hielo pocas veces se rompe. Y sin embargo, no llega el asombro o el retorcerse del cuerpo cuando un libro me lleva hasta el fondo.

Ilustración que vi en Pinterest. No aparecía la artista, pero sirva esto para darle créditos, sea quien sea.

¿Por qué? ¿Por qué siento cada vez menos el asombro cuando leo? No espero de todos los libros el mismo tipo de asombro. No espero que todos me corten el cuerpo al caer y me dejen temblando. No sería justo. No sería una buena lectora si lo esperara todo igual. A veces el asombro es precisamente un levitar que me hace cosquillas en los pies. Pensaba que iba a caer al lago -deseaba caer al lago- y entonces comienzo a flotar porque la lectura no es ir hacia abajo, sino ponerme en suspensión. Me sucedió con La hija del veteriano1, de Barbara Comyns, y me sucedió también con un poema que releí hace poco de María Sánchez en su libro Cuaderno de campo, para preparar un taller. El asombro a veces es volver a descubrir una escritura hermosa, un tipo de escritura que te hace recordar cómo es el sol en invierno, cuando ya lo creías para siempre olvidado. Un rayo de sol en los ojos que te ciega un poco. Te encoge apenas lo suficiente para seguir.

Dibujo de Jon Carlin

Otras veces el asombro sí que es caer de lleno al lago. Aunque vayas preparada, caes al lago. Te sorprende el frío. Me sucede esto cuando ahora, justo en estos días, leo El cielo de la selva, de Elaine Vilar Madruga2. Leo un capítulo, leo otro, veo los mecanismos del texto, veo las imágenes encadenadas de una parte a la siguiente, veo a sus personajes terribles y se me corta el cuerpo. Me asombra la radicalidad de la imaginación de Elaine, su capacidad de llevar hasta el final las decisiones adecuadas en la novela. Ese imponerse a la escritura cada vez más.

¿Por qué entonces, si soy capaz de distinguir los asombros, de que a veces me acontecen, cada vez los siento más lejos? Cada vez los encuentro menos al leer. ¿Será que me he hecho mayor? Pero no lo creo, siempre fui muy quisquillosa. Siempre supe qué merecía mi asombro y qué no llegaba a producírmelo. De más chica sabía ya muchas más cosas que ahora trato de recordar. No es justo conmigo misma pensar que la falta de asombro es porque ahora sé más, y eso me coarta. No es justo tampoco con las lecturas pensar que todas las que no me asombran son necesariamente malas, necesariamente menos valiosas.

¿Y por qué las otras, entonces, sí me hacen levitar o caer de sopetón en el frío del agua helada? Vuelvo sobre mis pasos en el texto, hago el camino de vuelta a la orilla. Me paro. Me paro a pesar en la impresión de las lecturas, en sus rastros. No sé qué tienen en común, quizás nada, pero algo brilla en todas ellas. Escarbo hasta que consigo ver de refilón lo que esconden y lo que descubro es un laberinto cerrado sobre sí mismas. Un hueco que no tiene miedo a llevar la escritura siempre un poco más allá. Tensarla siempre un poco más. Una descripción mágica, una naturaleza intuida, un personaje macabro: todas las autoras confían en el arrastrarse del texto y desconfían de sí mismas. Quizás sea esta la clave del asombro, de todos ellos: no confiar demasiado en una misma, porque esto nos dará superficies sólidas que no se requebrajan. Alejarnos de una certeza manida y buscar el centro del lago a tientas, a oscuras. Esperar, sin saltar, el deshielo. Confiar en que esto será bastante.

1

Gracias a Alba G. Mora, que me lo regaló <3.

2

Recomiendo leer el texto que publica la editorial LAVA sobre este libro, y que escribió Andrea Gumes para su Substack.

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Read the original on paulamelchor.substack.com

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