Como un documento inalterable
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Y uniré las puntas de un mismo lazo
Y me iré tranquilo, me iré despacio
Fito Paez
Hay un par de fotos que tengo grabadas en mi retina. En su momento recordaba más, pero hoy se me vienen a la mente solo tres. La primera es en el gazebo que está en el Rosedal. La retraté a Agos un rato antes de enterarme que su nuevo amigo, el famoso Racca, se llamaba Augusto. Nos dimos cuenta en ese instante que yo ya lo conocía, es uno de los mejores amigos de un novio que tuve en Santa Fe. La que sigue es en la costanera frente a la Reserva, un día de otoño. Vi una escalerita a lo lejos y le pedí que lo estacione justo en frente. Bajé corriendo, puse la camara en disparador automático, sonreímos frente al auto reluciente. La última fue unas semanas después, atardecía en la autovía justo antes de llegar a Concordia. Esta vez era yo la retratada. Estaba manejando por última vez el auto que me había acompañado desde la facultad.
Por ese entonces lo de la fotografía analógica era un hobby más bien prestado. La cámara no era mía, no sabía cómo cargarla ni qué eran las asas. Ambos usábamos la misma máquina y sacábamos fotos cada muerte de obispo. Creo que revelamos un rollo en cuatro años, pero el objeto era muy hipster y nos quedaba bien. Un día vi que habíamos llegado otra vez a los 36 disparos. Le pedí que la abra para llevar el rollo a una casa de fotografía a ver qué habíamos sacado. En ese momento nos enteramos que nunca había estado cargada, no había ningún negativo para revelar.
Esas fotos solo viven en mi retina porque nunca existieron. Sin embargo están ahí, las recuerdo mucho más que cualquier disparo de mi iPhone.
Hace un par de meses escribió Male en el grupo que había quedado del viaje a Brasil y nos propuso ir a una cabaña en el medio de la selva misionera en modo desconexión: «No hay ni 3G ni WIFI». No dudé ni medio segundo y le dije que sí. Al otro día me escribió Pipi y me preguntó si podía venir a pasar el finde largo a Buenos Aires y le propuse ser la niñera de la galga más mimada del condado, lo sentí como una señal del universo. Veinticuatro horas antes de salir para la tierra colorada, pregunté por algo que no se me había cruzado por la cabeza en el momento en que armamos el plan: el sábado a la noche jugaba la selección. «Chau tu partido porque allá no hay señal» me respondió Male, riéndose.
Ahí empezó una odisea que yo misma no hubiese creído. Le puse pilas a una radio vieja de mi tía Raquel, viendo si funcionaban. Mientras tanto Male consultó con Paulo, quien nos alquilaba, si había una manera de solucionar el tema. Recibimos esta respuesta:
Es probable que la despensa que está a 5 km lo vean, desde nuestro mirador se pueden conectar a Internet pero no toda la duración que tiene el partido ya que estamos con energía solar y el sol por momentos está esquivo.
Yo automáticamente me imaginé una pulpería vintage donde compartir el momento con otra gente de Misiones. Chica fue mi sorpresa cuando me enteré que era un almacén donde por lo general dejan el WIFI prendido por la noche, pero que el lugar iba a estar cerrado y lo tendríamos que ver desde el auto estacionado. Me di cuenta al mismo tiempo que era imposible manejar en la oscuridad, venía lloviendo mucho. De hecho nos costó salir de día. En los primeros intentos sentimos el olor a caucho quemado en el barro colorado, hasta que Andre agarró el volante y no paró de acelerar hasta el asfalto.
Llegamos, hice cuatro fotos y se me terminó el rollo. Ahora mi cámara es una réflex Nikon F1 con fotómetro, la heredé de mi tío abuelo Carlos. Me gusta pensar que el está contento de que le esté sacando provecho. Tenía puesto un Lucky 200, el negativo barato que compro para sacar muchas fotos y aprender. No se bien dónde me equivoqué pero abrí la máquina y el rollo no se había rebobinado, estaba ahí, velándose frente a mis ojos. Las chicas seguían descubriendo la cabaña y yo lo único que pensaba era en cerrar la cámara con el rollo puesto pero no poder usarla en todo el finde o tomar la decisión de desintegrar esos recuerdos. Decidí quemar todo el rollo sabiendo que no lo estaba perdiendo por completo.
Cocinamos platos de invierno, el risotto del primer almuerzo no me lo olvido más. Charlamos hasta agotar las trivialidades. Probé el mate de pomelo. Cosechamos maracuyás solo para enterarnos que eran limones. Iba retratando esos momentos con ese armatoste mecánico que encajaba perfecto con el mood, necesitaba tiempo para configurarlo, para escuchar el clac del obturador. Hace un par de meses Leandro mencionó algo sobre lo analógico en su newsletter: «El mundo recordó que tocar un botón físico es más placentero que tocar una pantalla» y yo no puedo menos que estar de acuerdo. Saber, por el sonido, si estoy disparando en 60 o en 500. Sentir el peso del objeto en mi mano. Cosas que me bajan al acá y al ahora, como esos árboles hermosos que me rodeaban, la salamandra prendida o los pájaros que escuchaba antes de dormir.
Mientras tanto, veía cada vez mas lejanas mis posibilidades de ver el partido. El mirador donde había WIFI estaba a doscientos metros, que en la ciudad son una cosa pero acá se sentían una eternidad por tener que ir prestando atención a cada paso para no embarrarte hasta la nuca. Además dependíamos de energía solar en un día nublado. Paulo se ofreció a cargarnos la batería para que nos dure un poco más la señal pero la veía complicada. Era de noche, hacía frío y Andre por fin había logrado prender el fuego con esas leñas húmedas. Hicimos chipizza1 y la maridamos con vino. Mientras hacíamos la sobremesa no dejaba de pensar en que pedirles que me acompañen era un montón. Solo a mí me importaba el partido. Le pedí la llave del auto a Male para ver si captaba alguna radio. Solo se escuchaba un pastor evangélico brasileño. Volví a la cabaña derrotada.
—Dejen chicas, mañana me entero, no se preocupen.
—Pero cómo si dijimos que íbamos con vos. Ahora vamos a ir.
Se empezaron a calzar las zapas, a abrir la segunda botella de vino y buscar las mantas. Yo miraba todo estupefacta. No podía creer lo que estaban haciendo por mí.
Arrancamos a caminar por el monte. Sentimos el sonido de algo con cuatro patas acercándose y pegamos un grito antes de darnos cuenta que era Linda, la perra del lugar. Nos escoltó el resto del camino. Llegamos, prendimos dos velas y pusimos el partido en el celular. Andre se acomodó y se durmió en un santiamén. Male arrancó diciendo que estaba todo arreglado y a los 15 minutos susurraba «pongan huevooooo» después de retarme un par de veces porque no queríamos despertar a Paulo que estaba en su cabaña a veinte metros y mis agudos podrían dar pesadillas a cualquiera.
En el monte solo se escuchaban las chicharras y los grititos de alegría que no podíamos frenar. Terminó el partido, festejamos en mute y nos abrazamos. Yo cerré los ojos y agradecí.
En el viaje de vuelta pensaba en las fotos de ese rollo que perdí. Estaban las del primer partido que vi con Manu, las de la última visita de mi hermana a Buenos Aires, las de un árbol en el parque que saco a Siesta todas las mañanas que estaba muy amarillo hace un par de semanas. Llevé los dos negativos que saqué en Misiones a revelar y compré un par más justo antes de encontrarme con Agos y Juli para ver el partido. Mientras cargaba de vuelta la cámara les contaba que se habían velado también las del recorrido por San Telmo hacía un par de semanas. Al toque me dijeron «¡Mejor! Ya tenemos excusa para repetir Gibraltar». Me pareció muy poético todo, justo el bar mas británico en pleno partido contra Inglarerra. El juego avanzaba y yo tenía el estómago en la mano. Anochecía. Empecé a sacar fotos, aún sabiendo que es probable que la mayoría no saliera bien, ya estaba muy oscuro. Las saqué igual, porque en estos días descubrí que no saco las fotos para verlas, las saco para sentirlas. Me quemé un rollo entero en las 15 cuadras que separaban el bar de mi casa. No me arrepiento de nada.
El punto más hondo de mi fondo fue hace un poco más de un año atrás, lo recuerdo patente. A partir del nueve de julio todo empezó a remontar. Yo lloraba de la mano de Agos en la novena fila del Teatro Colón escuchando esa canción que se me quedó grabada. Cada vez que la escucho en vivo me convierto en una catarata. Imaginate cómo me pondré que la última vez una desconocida me dio la mano en pleno concierto de Natalia Lafourcade. Se volvió un patronus2, un recuerdo muy feliz que te hace sobrellevar esos momentos en que todo parece perder el sentido. En septiembre del año pasado mandé a hacer 50 posters con la frase y los dejé guardados, sabiendo que ya iba a llegar el momento adecuado de sacarlos a la luz.
En uno de los últimos mails comenté que en general me chupa un huevo el fútbol pero este mundial tiene otro sabor. No sé qué va a pasar hoy, solo se esta Selección me regaló un montón de partidos con mis amistades: en casas, en bares, hasta en una cabaña en el medio de la selva. Miles de rituales y de cábalas compartidas, de mensajes, de calls que se evitan, de tipografías que se eligen y otras que se descartan. No le puedo pedir nada más a este equipo, ganemos o perdamos la final. Mi pequeño homenaje es regalar esos posters hoy, mi manera de agradecer las situaciones que nos regala un mundial. Ver a once locos correr atrás de una pelota dejando el corazón mientras los nuestros están al borde de un paro cardíaco. Esa garra que solo un argentino puede entender, esas ganas que superan cualquier técnica y resisten cualquier análisis. Las cosas que solo la explica la pasión. Al mismo tiempo, es mi manera de agradecer todo lo que me enseñan sobre el amor mis amistades. Anoche me hicieron recordar que mañana es su día y me parece hermoso celebrarlo con este gesto. Todo eso que es imposible de borrar, que se nos va a quedar grabado en la retina aunque no haya ni una sola foto para registrarlo.
Leyendo. Terminé El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza. Increíble. Para bajar tanta cosa arranqué el cuarto de Harry.
Escuchando. So easy es la playlist que pongo cuando me quiero sentir en una peli. Nunca falla.
Viendo. Este video me salió una mañana en el feed de Youtube y me pareció tan precioso como inspirador. Así quiero llegar a los 80, por favor.
Buenas buenas, ¿cómo estás?
Si te gustaría tener un poster, dejame un comentario acá en Substack o contestame a este mail y coordinamos la entrega. Si querés un envío, el costo corre por tu cuenta. Si vivís en otro país o provincia te lo puedo dejar guardado y lo buscas cuando andes por Buenos Aires.
Yo ya no doy mas de la alegría y de los nervios. Aguante Argentina, siempre.
Te mando un abrazo inmenso,
Maca
Invento con el cual nos volvemos millonarias en 3, 2, 1…
Ahora la chica es Potterhead ¿quién te crees, Maquita? Por otro lado, ya tengo agendada la próxima vez que voy a llorar por mi patronus. Si eso no es amor, no sé que es.
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