1986, Mundial de México, Estadio Azteca. Maradona mete la mano y, para el resto del planeta, es trampa. Para nosotros es una obra maestra. Ahí está la diferencia: lo que nos define no es el aguante, sino la viveza criolla. Esa capacidad de improvisar, de torcer la situación hasta el límite incluso cuando todo juega en contra.
El rasgo viene de lejos. Del saqueo colonial a la hiperinflación del siglo XXI, sobrevivir acá siempre exigió reinventarse. Borges lo diagnosticó en 1971, sin piedad: al argentino le pesa más que lo tomen por gil que por inmoral, y la deshonestidad termina coronada como viveza criolla. Marcos Aguinis le puso el contexto que faltaba: la viveza es hija de la crisis, una lógica de supervivencia que se afila en el vacío de un Estado que no funciona, donde cada uno rema solo y, sin embargo, entre todos mantienen a flote un sistema que hace agua por todos lados.
En un mundo con grietas económicas, fracturas sociales y un clima que se desarma, esa ingeniería improvisada deja de ser una anécdota. Y empezás a verla como un protocolo.
Hoy la viveza criolla es una forma de hackear el sistema: pensar rápido y prototipar atajos. Nuestro ejemplo más propio es el contacto. No un contacto cualquiera: el compadre que tiene un amigo en el registro civil, el primo que te tira el dato, el vecino que sabe el truco para hacer el trámite sin perder el día entero. Esa red de persona a persona es viveza criolla en estado puro, una manera de engañarle el tiempo a la arquitectura frágil del sistema.
Llamalo inteligencia adaptativa: el olfato para ver una oportunidad donde el resto ve una pared. Pero Aguinis advierte del reverso: es una costumbre con efectos antisociales que filtra resentimiento y envenena el respeto mutuo.
Porque la viveza tiene doble filo. Puede encender la innovación: lo ves en cada crisis, cuando inventamos la forma de seguir, improvisando con lo que el momento ofrece, rearmando changas y reabriendo el kiosco de la esquina de un día para otro. Pero, librada a sí misma, esa misma astucia se pudre en un oportunismo crudo.
La Mano de Dios sigue siendo su expresión más pura: una transgresión convertida en mito nacional. Para muchos, una genialidad; para otros, una traición al juego. Todo depende de las reglas de quien estás doblando.
Como generación post-corralito, vi cómo la viveza criolla, templada por una ética colectiva, puede ser una ventaja decisiva. No se trata de adaptarse ni de zafar rápido. Se trata de reescribir las reglas en pleno partido.
Esta adaptabilidad no es solo astucia individual. Es como resolvemos lo cotidiano con lo que haya. Es el arte de atar todo con alambre. Nunca es el arreglo perfecto, pero en la crisis alcanza para que la cosa siga andando. Lo ves por todos lados: el enchufe arreglado con cinta, el cargador atado con precintos, la conexión de agua improvisada que aguanta desafiando la lógica, la gravedad y el código de edificación. Cuando el sistema falla, con un parche temporal comprás un poco más de tiempo. ¿Riesgoso? Seguro. Pero es la cabeza del hacer con lo que hay: la creatividad aplicada como tapón.
Bernardo Kliksberg, el economista que desmitificó las economías informales de la región, llama a estas improvisaciones “innovación social nacida de la necesidad”: sistemas paralelos que desafían el desarrollo de arriba hacia abajo y esquivan instituciones rotas. Es primo del jugaad indio, esa ingeniería frugal tan celebrada como discutida, pero con otra raíz: no nace del orgullo cultural sino de la inestabilidad sistémica.
Y donde hay estabilidad, escasea. En Suiza, en los países nórdicos, con redes de contención que te protegen de la incertidumbre, casi no se ve. Como argentino en Europa, lo noté de entrada: la falta de necesidad de improvisar puede volverse una vulnerabilidad. Rigidez disfrazada de orden hasta que llega una crisis que pide reinvención y el sistema se raja.
En un mundo donde hasta la estabilidad es provisoria, doblar la escasez a favor no es solo útil. Es resiliencia social, a la argentina.
Mapear las prácticas culturales del presente no solo sirve para anticipar el futuro. Sirve para poner a la luz alternativas a los relatos dominantes. Como argumenta Nicolas Nova, demasiados futuros están atrapados en modelos tecnocéntricos que dejan fuera lo más importante: la adaptabilidad humana.
Ahí la creatividad argentina ofrece otra cosa.
No esperamos las condiciones ideales. Hackeamos el camino, recableando la esperanza con lo que haya a mano.
El salto difícil es el de la improvisación solitaria a la colaboración organizada. ¿Podemos atar con alambre una red que aguante? Navi Radjou, que predica la innovación frugal, insiste en que su verdadero potencial no está en la tecnología, sino en reinventar el entorno con la creatividad humana. Y esas redes no se diseñan en un pizarrón: se tejen con el tiempo, una malla hecha a mano de contactos y de código.
Imaginar un futuro en el que esta cabeza se fusiona con tecnologías como la IA requiere desarrollar nuevas capacidades. No solo saber programar, sino también adaptar la tecnología a los deseos humanos. No solo adoptar herramientas digitales, sino también combinarlas con la astucia táctica forjada en la escasez. De esa fusión armás soluciones parche, elásticas, bien adaptadas a la incertidumbre del siglo XXI. El terreno de quienes asumen el papel de alquimistas creativos.
Parte Maradona, parte cartonero: convertir la chatarra en oro.
En tiempos de incertidumbre, la adaptabilidad, la creatividad y la innovación frugal no son solo herramientas de supervivencia. Son ingredientes para diseñar futuros resilientes. Y no están atadas a un lugar. Como argentino y como indio operando dentro de la ortodoxia del diseño europeo, junto a mi socio Rohit Gupta, vimos cómo la improvisación y la creatividad aplicada marcan la diferencia, reconfigurando entornos paralizados por la planificación y la estabilidad. En Heated Studio fusionamos esa cabeza con la innovación frugal, las herramientas tecnológicas y el diseño estratégico.
Madrid, por ejemplo, donde las olas de calor son cada vez más frecuentes y extremas. Imaginamos cooling pods como oasis urbanos: estructuras modulares metidas en el paisaje de todos los días, plazas, paradas de colectivo, las grietas donde la burocracia se recalienta. O el Desert Athleisure, una línea de ropa deportiva especulativa para entrenar al aire libre a 45 grados.
El método es ese cruce: el rigor del tecnólogo creativo con el pragmatismo parche del alquimista. No es solo innovación, es alquimia. Recablear el statu quo, transmutar la escasez en andamio, las restricciones en planos. En un mundo de futuros cruzados, la flexibilidad, la intuición y la experimentación radical no son ideales. Son grabaciones prácticas de repertorios que ya tenemos.
Otros Futuros diseña futuros que todavía no existen: design fiction en castellano, desde la práctica y desde el sur. Sale cuando hay algo que vale la pena, no antes.
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