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Oficio al Medio · Apr 25, 2026

#147: Moonshadow // Cosplayers

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Oficio al Medio · Oficio al Medio

Bienvenidos a una nueva entrega de Oficio al Medio, un newsletter sobre historietas. Cada quince días, Gonzalo Ruiz y Matías Mir analizan algún cómic o alguna temática relacionada al mundo de las historietas, buscando repensar sus lecturas y conectar con otros fanáticos. En este nuevo contacto, Gonzalo encuentra el cómic ideal sobre el fanatismo y Matías desentraña la historia detrás del “gran perdedor” de mediados de los 80.

Por Matías Mir

J.M. DeMatteis comentó varias veces que una de sus guías a la hora de escribir es “imaginate que va a ser la última vez que puedas escribir algo, así que llenalo de todo lo que te apasiona y decí todo lo que quieras decir”. Eso es especialmente cierto en el caso de Moonshadow, su serie producida junto al pintor Jon J Muth1 publicada entre 1985 y 1987. Las doce entregas se rehúsan a ser una lectura ligera, cargan con un peso narrativo, visual y literario, y para cuando uno llega al final, no siente que leyó un cómic sino que experimentó una vida. O, en palabras del guionista, un “viaje hacia el despertar”.

Mucho antes de haber vendido su primer guion de cómics, DeMatteis ya tenía una vaga idea de la historia que quería contar. Inspirado por los trafaldorianos de Matadero cinco de Kurt Vonnegut, en 1977 se puso a plantear las bases de Stardust o The Stardust Kid, una historieta acerca de una raza alienígena caprichosa que secuestra diferentes formas de vida para guardarlas en un zoológico espacial, entre ellas una mujer humana que queda embaraza de uno de estos dioses absurdos y da a luz a un bebé marcado por el destino.

Pero la vida tuvo otros planes, y la carrera de DeMatteis, a finales de los 70 y principios de los 80, terminó virando hacia los cómics mainstream, primero para DC y después para Marvel, donde acumuló una base de fanáticos no gigante pero sí que lo seguían a todas partes. Stardust fue convirtiéndose de a poco en una propuesta más compleja, ahora bajo el nombre de Moonshadow, pero siguió guardada en el cajón mientras los superhéroes pagaban las cuentas.

Sin embargo, el ecosistema de los cómics en EE.UU. ya estaba mostrando síntomas de un cambio. Es muy largo de explicar en este breve espacio, pero alrededor de 1977 ya empiezan a verse varios síntomas: la movida de la bande dessinée para adultos en Europa, representada por los Humanoïdes Associés; su desembarco en EE.UU. bajo la antología Heavy Metal, la fundación de editoriales como Eclipse, de material alternativo creator-owned; la explosión de los comix underground; la popularidad creciente del circuito de librerías… Todo esto lleva a que Marvel, que no se quería quedar atrás, fundara su propia antología adulta y creator-owned, la Epic Illustrated, en 1980, y para 1982 la expandiera en todo un sello dentro de la editorial, Epic Comics. Cómics para adultos, impresos en mejor papel, vendidos en librerías a un público que buscara algo más “sofisticado”.

Para mediados del 84, a DeMatteis se le estaba por vencer el contrato en Marvel, y hasta le ofrece a Karen Berger el proyecto Moonshadow para DC (quien lo quiere agarrar y hasta le consigue a Dave Gibbons para que dibuje), pero al final Archie Goodwin, el editor de Epic en Marvel, le dice a J.M.: “Bueno, pará, mejor publiquémoslo nosotros”.2 Después de un pasamanos, encuentran a Jon J Muth como dibujante, y ambos se ponen a laburar.

Moonshadow es una rara avis en algunos aspectos. Por un lado, aunque era publicada dentro de un sello alternativo y diverso, no había muchas otras historietas en esa época que tuvieran el nivel de vuelo poético y literario que DeMatteis quería darle a su historia, a la que terminaron denominando “un cuento de hadas para adultos” en el marketing. También fue pionera en ser el primer cómic completamente producido como una serie de pinturas.3 Aprovechando que las revistas de Epic se imprimían en un papel satinado y con un sistema de impresión mucho mejor que los issues tradicionales, Muth transcribió las ideas de DeMatteis en lienzos y le dio a Moonshadow un acabado que resaltaba en las bateas. En palabras del dibujante:

“La historia necesitaba el lenguaje visual de los sueños y la esperanza, con simbolismos de la inconsciencia, mitología y poesía. En aquel entonces no estaba muy seguro de qué significaba nada de eso. Estaba demasiado ocupado intentando hacerlo. Era serio y caótico y profundo y tonto todo a la vez, igual que la vida misma”.

En ese primer capítulo, publicado a principios del 85, la dupla presenta a Moonshadow, este chico nacido en el zoológico galáctico de una madre hippie y un padre cósmico e incomprensible. Su historia es narrada por él mismo, de anciano, enmarcada en “su viaje hacia el despertar”, una fábula de cómo dejó atrás la infancia y alcanzó la madurez a través de una odisea galáctica. Junto a su madre, su gato y un alienígena pajero y pendenciero llamado Ira, Moonshadow parte hacia las estrellas lleno de ilusiones alimentadas por su sobreexposición a la literatura infantil y una crianza libre y amorosa.

Pero el hombre planea y los dioses se ríen. Las peripecias de Moonshadow solo lo llevan de una tragedia a otra. Su inocencia inicial lo ciega ante los peligros, y una y otra vez paga el precio por haber salido de su cautiverio seguro a la incertidumbre de un universo indiferente. Duelo, soledad, desesperación; Moonshadow va descubriendo estos aspectos de la realidad que no aparecían en sus libros, conoce crueldades que no reciben castigo, muertes azarosas sin propósito narrativo, sistemas tan corruptos que no hay forma de arreglarlos. Pero también encuentra amistades improbables, gente amable en medio de campos de guerra, giros del destino positivos, para variar.

Esa forma en la que oscila entre la tragedia y la esperanza es central a la narrativa de DeMatteis. Un ejemplo concreto: a lo largo del cómic, se va repitiendo la existencia de dos libros ficticios en esta galaxia: Todos somos hormigas en un cosmos insignificante (un postulado cínico sobre la irrelevancia de la vida) y El Evangelio de Shree Quack-Quack H’Onnka (una tesis romántica sobre el valor intrínseco de la existencia). A medida que avanza la trama, varios personajes demuestran su interés por uno u otro título, y Moonshadow mismo, después de todas las que le pasan, lee ambos sin poder determinar cuál lo convence más. Para él, que creía que la vida real era una serie de aventuras emocionantes, ahora los libros no le traen respuestas, sino más preguntas.

Moonshadow es una lectura difícil por diseño. DeMatteis elige sacarse los grilletes del guion de superhéroes y liberar sus ganas de solo escribir lo que quisiera, y en eso eleva su prosa a algo más lírico, profundo y extenso. Se explaya sobre las páginas y confía en que Muth va a encontrarle la vuelta. Decide que su cómic es a la vez un espacio para la crítica literaria, y abre cada capítulo con al menos una página entera citando a autores como William Blake, Yeats, Stevenson, Dostoyevski o Beckett, e integra esas citas en la trama de esa entrega. Hay una intención de revalorizar la historieta como medio, no subestimar al lector, o bien atraer a lectores del campo literario. La anécdota cuenta que DeMatteis les mandó el primer issue de Moonshadow a Kurt Vonnegut y a Ray Bradbury, sus dos mayores inspiraciones. Ambos le respondieron con mensajes de admiración, y Bradbury incluso aceptó que publicaran su elogio: “Hermoso, original, cautivador”.

Otra recomendación que revela mucho del efecto que tenía Moonshadow sobre el público es la de Dennis O’Neil: “No estoy seguro de que sea un cómic, pero es maravilloso. (...) Moonshadow es sui generis”. Para una parte del público en las comiquerías, toda esa pomposidad, esas páginas pinceladas y esa narrativa densa parecían más una novela ilustrada que una historieta. Desde la editorial, intentaron buscarle la vuelta a esa confusión replanteándola como un punto a favor, y en algunos materiales promocionales describían a Moonshadow así:

“Para aquellos que insisten en que los cómics son todos parecidos... un desafío. Para aquellos que aceptan la maravilla en cualquier formato... un placer”.

Para el guionista, sin embargo, no hay debate:

“¿Es una historieta en el sentido tradicional? No. Pero es una historieta porque, bueno, porque nosotros decimos que lo es”.

Quizás lo que más se conoce de Moonshadow, incluso entre los que solo tocan de oído, es su fama de “gran perdedor de los 80”, basado en que podría haber tenido más reconocimiento (y haber ganado algún premio importante) de no haberse publicado más o menos a la par de Watchmen, Crisis on Infinite Earths, el Swamp Thing de Alan Moore, el Dark Knight Returns de Frank Miller y su Batman: Year One, incluso Zot!, Love & Rockets o la mejor etapa de Cerebus. Estaban pasando muchas cosas entre el 85 y el 87 en el cómic norteamericano para todos los gustos,4 y después en el 89 ese lugar de cómic elevado y literario lo acabaría ocupando cierto escritor británico hoy infame. Sí, lo digo: Moonshadow caminó para que Sandman corriera, change my mind.

Después de la publicación original y un tomo recopilatorio que agrega tres páginas al final de la historia, Moonshadow desapareció sin pena ni gloria. No sería sino hasta 1994 que Karen Berger, que ahora manejaba su propio sello de cómic adulto en DC, la gloriosa Vertigo, se saca las ganas y rescata a Moonshadow del olvido republicándolo con nuevas portadas y algunos cambios en los textos. Y también, ya diez años después de la serialización original, DeMatteis y Muth se reúnen para producir un epílogo, Farewell Moonshadow, donde vuelven a estirar los límites del medio y presentan una nouvelle ilustrada tan bella como trágica, que recontextualiza toda la historia y le da un cierre magnífico a la saga entera. Y, para fortuna del bolsillo de Karen, les da la excusa para publicar en 1998 un nuevo tomo recopilatorio más completo que el anterior.

Y después de eso, pasaron veinte años de silencio. En el siglo XXI, Moonshadow se convirtió en un extraño cómic de culto, una leyenda de nicho cuyas recopilaciones agotadas eran santos griales. La maldición se rompió recién en 2019, cuando Dark Horse adquirió los derechos y rescató del limbo, ahora sí, en un tomo tapa dura bien cheto, la “edición definitiva” de Moonshadow, y en 2025 reincidirían con la “edición definitiva expandida”, ahora más completa que nunca, para que ya no queden excusas.

Para que Moonshadow existiera como la conocemos tuvieron que darse las condiciones correctas. Para que a cuarenta años de su publicación todavía sea conseguible, tuvieron que ocurrir un par de milagros. A lo largo del cómic, cada vez que sufre una tragedia, Moonshadow es visitado por la figura de su padre, una burbuja gigante con cara que lo único que hace es reírse antes de volver a desaparecer. Ante las adversidades, la muerte, el dolor y el horror, la única constante en el universo azaroso de Moonshadow acaba por ser el absurdo, lo surreal, la comedia. El protagonista, por desgaste, termina comprendiendo que la vida no imita a los libros, pero los lectores atentos entendemos que, casi siempre, los buenos libros imitan a la vida.

Por Gonzalo Ruiz
Then comes pancake factor number one / Eyeliner, rose hips and lip gloss, such fun / You’re a slick little girl / You’re a slick little girl
Lou Reed, “Make up” (1972)

Dice el proverbio: la necesidad es la madre de la invención. Y acá hay una necesidad, la de pertenecer, la de poder ser alguien y sentir que encajas en algún tipo de mundo. No estás solo si encontrás a un par que está a tu mismo nivel de locura.

La idea de Dash Shaw (alguien que capaz les suene porque Editorial Común publicó Ombligo sin fondo hace un tiempo atrás, todavía se consigue… por lo cual uno puede asumir que, en realidad, no le suena a nadie porque está lejos de ser un bestsellerista en Argentina… but I digress) con Cosplayers (miniserie publicada por Fantagraphics, recopilada en TPB) empezó como algo chiquito y creció hasta ser una miniserie de cierta ternura y mucho corazón. La chispa era la conversación quizás banal entre Verti, una fotógrafa, y una joven vestida de Sailor Venus llamada Annie. ¿Qué conversaban? De lo que puede hablar una cosplayer: de qué elementos usó, de cómo se siente en el momento que encara ser un personaje… no hay una obsesión, pero sí atracción entre estas dos chicas, en algún punto se necesitan. Hay algo de Annie que despierta en Verti las ganas de hacer… y no se confundan, no es una cuestión sexual de piel: acá hay una amistad sana, motivada por la locura de dos pibas que quieren ir más allá de sacarse fotos disfrazadas, sino de hacer, porque sí, películas con bajísimo presupuesto, total cinema verité con gente real filmada sin que lo sepan.

Shaw se da cuenta que tiene dos personajes que le sirven para contar otra cosa distinta a “la vida de los cosplayers”, sino más bien lo que los motiva realmente: el fanatismo. Y más aún, el amor a aquello de que son fanáticos. Porque a las chicas no les importa que las bardeen en YouTube por sus películas: ellas saben que, eventualmente (y pasa, perdón por el spoiler) se convierten en celebrities. Y en medio de diálogos que enaltecen las figuras de los “fans que hacen”, hay momentos donde el artista pone una necesaria mirada crítica en cómo “la industria” deglute proyectos bienintencionados; porque en un momento a las chicas les llega una propuesta de Hulu para hacer que den el salto hacia una serie con presupuesto, con un productor exaltado que, perjura, lo que hacen ellas es como si “Girls conociera The Dark Knight”. Obvio que sale mal, a las chicas las quieren cagar constantemente con la guita e incluso correrlas del medio del proyecto, hasta que por supuesto, se cae todo. No importa, al día siguiente van a hacer de las suyas: no hay una moneda que pervierta su amor.

En el segundo número de Cosplayers se vuelve a esta idea, sumando a la vez, el cariño que Shaw les tiene a las convenciones. Cómo será de limado que no se limita a inventar una, sino que le pone nombre, venue, logo y cronograma de los tres días. La Tezukon, llevada a cabo en Richmond, Virginia (ya googleé, no existe) es escenario para que Annie y Verti, ahora convertidas en pequeñas celebridades, traten de ganar un concurso de cosplay, con la intención de demostrar que la gracia no pasa en ser minitas de culos y tetas significantes, sino que con el ingenio para el disfraz basta… obviamente pierden contra dos minas que están buenas. En el medio, un pibe timorato trata de levantarse a Annie con resultados totalmente catastróficos, mientras lo acompaña un amigo completamente otaku que se ofusca cuando en el concurso de cosplay no hay un solo homenaje al Dios del Manga.

Hay que aclarar: esta serie no se toma nada en serio. Hay comedia en cada una de sus declamaciones, sin ningún atisbo de solemnidad. Y, por diversión, vemos a un conferencista fan de Tezuka, totalmente fracasado (nadie lo va a ver a sus charlas) que come basura y sueña con el final de Fénix. Hay una celebración, si se quiere, de la marginalidad del comiquero. Las chicas obviamente son un análogo de las protagonistas de Ghost World, más “geeks” que “freaks”. Y ciertamente más alegres.

Hay dos líneas en el meridiano de la serie y que son muy claves para Dash: el collage y Jack Kirby. Dichas líneas, en un punto, se tocan. Como cuenta en una entrevista para Comic Book Resources:

“La parte del collage, donde se ponen a recortar cómics... Para mí, los cómics están para ayudarnos en la vida. Nosotros estamos para transformarlos e interpretarlos. Esa es mi perspectiva. El final de esa historia es el cómic mismo diciendo ‘quería ser transformado, gracias’. Es un poco un chiste, pero los cómics en esa historia están pidiéndote que los abras. Ellos están en control de la situación, y no el lector. Yo pienso que esas revistas de 2001 de Kirby creerían que está buenísimo que las hayan transformado así”.

¿Vos qué haces si te encontrás con una caja de cómics viejos? Probablemente la conservarías, además de sentirte muy afortunado. Bueno, Annie y Vertie eligen hacer collages. Pecado, sacrilegio, diría uno. Bueno, la justificación se da al dar vuelta la página, cuando las chicas van a una comiquería en búsqueda de más cómics y conocen al dueño de “Nostalgia World” (un hippie que, según Shaw, representa el tipo de comiquero que prefiere, el obsesionado con corazón, no el “gordo de los cómics” de Los Simpsons). Cuenta el dibujante más adelante que su pasión viene por el Rey:

“Quería que fuera apasionado. Like [el dueño de la comiquería ficticia de Cosplayers] dice que todo es sí mismo y el símbolo de sí mismo. Esto lo aprende de Kirby. Para mí, esa es una idea medio psicodélica que está en los cómics de Kirby y que puede alterar tu mente. Los libros y los cómics y la música y las películas son aparatos de alteración de la consciencia. Quería poder celebrar los cómics a lo grande y no quedarme solo en decir que son un medio para contar historias.5

El dueño de la comiquería da un soliloquio de amor a los cómics, basado en el shock que sintió cuando leyó la adaptación libre de 2001 que el Rey hiciera para Marvel a mediados de los 70, pero que también se puede leer como el discurso de un idiota que eligió soltar todo lo demás, incluído a su mujer. ¿Es un genio, es un idiota? Cada uno le puede poner la carga emotiva que sienta, pero no se puede negar que el tipo tiene su corazón, porque les regala a ellas el #1 de la serie.

El mejor remate es que las chicas usan ese issue para un nuevo collage. Nunca lo van a leer.

Cosplayers me sirvió como reflexión: cómo elijo ser fanático y cómo hago que conviva con el resto de mi vida, qué ocurre en paralelo a mis gustos. Son tiempos donde se antepone el clickbait o mucho peor, el ragebait, y donde resulta más atractivo destrozar algo que no gusta, más allá de si es genuino o coherente el bardeo, al final no importa, solo vale insultar, hacerse el polemista atrás de un teclado o de un micrófono.

Y no da. Abracemos lo bueno de las cosas que nos gustan, y lo que no, que quede en el ámbito privado.

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¡Nos leemos en quince días!

1

Con asistencia de Kent Williams (#6-7) y George Pratt (#11-12).

2

El arreglo era que le iban a publicar Moonshadow y también otra serie: Greenberg the Vampire.

3

Algún día tengo que sentarme a escribir acerca de esa generación de pintores de cómics. John Bolton, Charles Vess, Scott Hampton… El seleccionado Books of Magic, básicamente.

4

Jim Rugg hizo un zine espectacular llamado 1986 en el que trata de expresar el aleph creativo de la época usando solo collage y es fantástico.

Read the original on oficioalmedio.substack.com

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