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observando · Apr 12, 2026

Dos latas de cerveza y un sánguche

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Axel Marazzi · observando

Le cuento muy emocionado a un amigo las apps que estoy vibecodeando. La primera pregunta que me hace es si puedo hacerlo guita. Me deprime de manera instantánea.

Se lo cuento a otro. Se emociona casi tanto como yo y me responde que él también está en esa.

–Me hace acordar cuando éramos pendejos y nos quedábamos delante de la PC haciendo, no sé, cosas.

Sé perfectamente a qué se refiere.

A mí también me recuerda cuando la tecnología podía darnos algo que fuese más allá de los seguidores y la plata. Cuando era interesante y hacíamos sin tanta finalidad, solo por el placer de hacer.

La época del IRC, de navegar sin rumbo a través de páginas hechas por aficionados y no solo webs creadas para vender. La época de los BBS, cuando no había tanto control, cuando las redes sociales no existían, cuando nuestros datos no eran valiosos. Cuando internet no había sido diseñado para que nos volviéramos adictos.

Siento que estas inteligencias artificiales nos dan un poco de espacio de creación y, sobre todo, libertad. Cada uno puede usarlo para lo que quiera: desde hacer arte hasta diseñar pequeñas apps boludas como yo.

Me resulta mágico poder darle órdenes en mi lengua a una computadora, que me entienda y las ejecute sin más contándome cómo lo hace, cómo mitiga los errores que encuentra, qué tecnologías está usando, en qué sistemas de diseño se basó para crear las visuales.

Al mismo tiempo hay algo de temor porque no veo el fin. No tengo claro hasta dónde podrán llegar.

***

Estoy en Uruguay. Llegué hace unas horas. Es viernes. Me vuelvo el domingo. Vine a trabajar durante el fin de semana. La primera vez en mi vida que estoy en Montevideo.

Me tomé un taxi que pasaba por la calle, le pregunté cuánto salía hasta el centro, me dijo que más o menos 300 y me subí. No tengo idea cuánto son 300, pero lo dijo tan relajado que imagino que no es tanto. Además, había visto que en Uber costaba 500.

El tachero agarró por la rambla, que estaba llena de gente haciendo ejercicio, tomando mate, cerveza. Me recordó un poco a Mar del Plata. Varias veces, días después, me descubrí describiendo a Montevideo como una especie de Ciudad de Buenos Aires con menos gente mezclada con un poco de Mar del Plata.

Le pregunté al taxista si era seguro correr por ahí a la noche. Me dijo que no pasaba nada, que no me preocupara. Que está siempre lleno de gente hasta tarde.

Me fue contando qué había para cada lado, qué zonas debería visitar, dónde estaba el shopping, dónde los bares, dónde los restaurantes. Unos cientos de metros antes de llegar le pregunté el nombre. Me dijo Diego. Me contó que era porque sus padres eran fanáticos de Maradona. Que él también lo era.

Me habló de fútbol argentino, de cómo salimos campeones. Yo me reía y le decía que sí actuando como si me importara el deporte argentino por excelencia. Le conté que conocí a Diego, que mi papá jugó al truco con él, que parecía que había sido en otra vida. Fue la única vez que se dio vuelta. La sorpresa dejó sus ojos grandes como platos.

Cuando llegamos y me bajé del auto, mientras estaba poniendo la clave de la entrada del departamento que había alquilado, abrió la puerta del taxi, que estaba a unos 30 metros, y me pegó un grito.

–¡Eeeeh!
–¡¿Qué?!

Pensé que el pago de la tarjeta había sido rebotado o algo por el estilo por estar en el extranjero.

–¡Otro que me encanta es El Negro!
–¡¿Qué Negro?!
–¡Olmedo!
–¡Ahhh! ¡Otro capo!
–¡¿Viste a quién tengo en la remera?!
–¡No!

Se la estira para que vea bien la estampa. Era el Diego metiéndole el gol a los ingleses con la mano.

–¡Tenés que ser groso para en el mismo partido hacer un gol pasándose a todos y otro con la mano, eh!

Se rió, se subió al auto y arrancó.

Entré al departamento, acomodé un poco las cosas, me lavé las manos y la cara y dudé en si salir a correr o tirarme a dormir un rato. Casi gana, por segundos, la fiaca, pero haber visto tanta gente pasándola bien en la rambla me empujó. Quería un poquito de ese bienestar.

Me cambié y salí. Tenía que hacer 9 kilómetros, pero no quería correr lento y largo, así que decidí hacerlo corto y rápido: 5 kilómetros en menos de 25 minutos por primera vez en mi vida. Nuevo récord.

Para festejar me compré dos latas de cerveza y un sánguche en un kiosko. Me las tomé y me lo comí sentado en la cama del departamento y me fui a dormir.

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