Esta postdata es la cola que no entró al cerrarse la puerta de publicación de El último mamut y los tasmanos. Trae conceptos adyacentes, recomendaciones de lectura, imágenes y otras referencias para complementarlo.
Los ancestros del pueblo palawa habitaban Tasmania al final del Pleistoceno.
El corredor de tierra que conectaba Tasmania con Australia se hundió hace unos doce mil años.
Los tasmanos sobrevivieron aislados genética y físicamente durante milenios.
A su llegada, los colonizadores europeos descubrieron que guerreaban entre sí.1
Los tasmanos estaban divididos en más de sesenta clanes; y en dos grupos étnicos, cada uno con su lenguaje: los nara al oeste y los mara al este.
Las prácticas habituales durante las incursiones y ataques de los clanes eran, en orden de frecuencia, la captura de mujeres, venganzas y reclamos de honor tribal.
La esclavitud era común y los esclavos eran moneda corriente.2
En resumen: un sistema social que trataba de generar diversidad con los recursos escasos de Tasmania. La competencia entre clanes era el único motor de recombinación que les quedó a los tasmanos. Sin contacto exterior, la guerra interna hacía las veces de frontera, de comercio, de matrimonio forzado entre linajes. Así, de paso y sin sospecharlo, se protegían de la endogamia. La herramienta sistémica fue el conflicto. Piedras y palos, como dicen que dijo Einstein.3
Nada de esto, por supuesto, justifica lo que sucedió con ellos.
¡Ah! Si aún estuviera aquí, con cuánta amabilidad le hablaría. Pero ahora la carga que pesa sobre nuestro espíritu es: ¡Ojalá lo hubiera amado más!
- James Bonwick, fragmento del final de The Last of the Tasmanians.
Ni los tasmanos ni los británicos tuvieron elección. En sus contextos, tanto como grupos culturales como simples individuos, siguieron el sendero determinado por las circunstancias, el entorno y las leyes del juego.
Una es la ley de la variedad requerida: un sistema sobrevive a un encuentro solo si su variedad interna iguala o supera la variedad del sistema que enfrenta.4 Es un límite matemático con consecuencias en varios campos, incluso en la cultura.
En Tasmania, en el siglo XIX, fue cumplida al dedillo. Los británicos eran nodos de un sistema imperial con una variedad inmensa: más armas, más enfermedades, más tecnologías, más formas de organización. La variedad mayor absorbió a la menor.
Esta ley es el antepasado directo de la ciencia de la complejidad. La acumulación de diversidad no es suficiente. La complejidad interna debe organizarse para corresponder con la complejidad externa.5
El campo reciente de evolución cultural la usa como pilar: lo que una sola persona puede procesar es finito. Más allá de ese límite, importa más la organización de las partes que su inteligencia individual.
Batman, el superhéroe, encaja en tres o cuatro adjetivos… Y ya. Eso es todo lo que es. Es una expresión mínima del vengador que protege.
Batman, John (1801-1839), fue vengador y protector, y cumplió mil papeles más en su vida.
Los dos Batman encarnan una idea: ya que no podemos desentrañar la complejidad de un ser humano, comprimimos. Hasta el absurdo, a veces, y eso es adecuado. La alternativa es el olvido.
El padre de John Batman recibió una condena de destierro penal por fraude del gobierno inglés. Su esposa lo siguió a Australia.
John Batman…
Nació y fue educado en las afueras de Sydney, bajo el metodismo más estricto.
Se crio rodeado de aborígenes australianos.
Se hizo ganadero en Tasmania.
Se convirtió en cazador de recompensas (bushranger).
Capturó y entregó al famoso forajido Matthew Brady, llorado por cien mujeres cuando fue colgado.
Participó en masacres de aborígenes tasmanos durante la Guerra Negra y la Línea Negra.
Dirigió ataques “itinerantes” con ayuda de aborígenes de Sydney que llevó a Tasmania.
Asesinó mujeres y niños tasmanos indefensos.
Fue uno de los fundadores de la ciudad de Melbourne (su primer nombre: Batmania).
Creó y firmó el único tratado en la historia de Australia en que los europeos negociaron su ocupación de tierras aborígenes (Tratado de Batman).
Desafiando a las autoridades, protegió a dos niños tasmanos con su vida, les dio educación y un lugar en la sociedad.
Etc., etc., etc.
Murió de sífilis a los 38 años.
Nuestra mente dispone de recursos computacionales finitos. Más que promediar, recuerda picos. Kahneman, Taleb y otros lo han catalogado con nombres precisos: heurística de disponibilidad, regla del pico-final, sesgo de negatividad, evento cisne negro.6
El resultado práctico es que un ser humano, un clan, una especie, un siglo, nos llegan comprimidos en un puñado de escenas prominentes (casi siempre las más intensas, casi siempre las peores) y con eso construimos lo que consideramos real. De ahí que sobrevivan los relatos del diluvio y no los de las mañanas tranquilas. De ahí que en un año recordaremos a John Batman con uno o dos adjetivos, si acaso. La compresión es inevitable, repito, si hemos de recordar... Pero conviene saber que estamos comprimiendo, y con qué sesgo.
Los físicos e ingenieros tienen una broma vieja: la vaca esférica.
La producción de leche de una granja era tan baja que el granjero pidió ayuda a la universidad local. La universidad envió un equipo investigadores, liderado por un físico teórico, que pasó un largo tiempo recopilando datos en la granja antes de irse. Al cabo de dos semanas, regresó con su reporte, sonriendo satisfecho. Se dirigió al granjero y, tras una pausa, comenzó: Consideremos una vaca esférica en un vacío sin fricción...
Se pierde casi todo: el mugido, la mosca en el ojo, el sabor de la leche, pero se gana la ecuación. Lo mismo pide la ciencia de la complejidad con los seres humanos, y es tan monstruoso como suena. Reducir a Truganini a un nodo en una red. Reducir a los doscientos mamuts a un valor de diversidad alélica. Reducir un genocidio a una transición de fase en un sistema que cruzó un umbral de robustez.
El sentimiento grita que esto es obsceno. Con razón.
Y el sentimiento sin abstracción nos deja donde empezamos... frente a una vitrina en el Museo de Tasmania sin entender por qué el esqueleto está ahí.
La verdad es más seca y tentacular que mi bosquejo lírico.
De niño tenía un póster similar en mi cuarto: un mamut lanudo, malherido, se defendía con violencia contra varios atacantes humanos en la orilla de un precipicio. En un taller de poesía de la universidad, lo describí en forma de elegía épica, en endecasílabos; aquí lo adapté y edité de manera profunda. El recuerdo del póster y lo que me hacía sentir (empatía y cercanía al fin) se entrelazan en mi garganta. Ya no puedo entrar a un zoológico.
La teoría más reciente que pretende explicar por qué desaparecieron los mamuts: al calentarse el clima, a partir de hace catorce mil años, los bosques del mundo se extendieron cada vez más hacia el norte. Los mamuts subsistían de una dieta de pastos y musgos. Su dieta fue reemplazada por árboles majestuosos, que no podían digerir, y continuaron emigrando hacia el norte. Y, claro, mientras tanto eran cazados por el ser humano (la presión evolutiva más evidente cuando su extinción es estudiada).
***
La semana pasada, temprano en la carretera, cruzó enfrente del carro una alimaña a todo correr. Todo correr, para ese bicho, era un torpe andar, tambaleante pero pizpireto.
Era un anaguma, un tejón japonés. Similar a la imagen, pero en versión flaca, desgreñada y confundida.
En un mundo ajeno, apenas sobreviviendo.
Mi mente se apuró a hacer cálculos: la vaca esférica, la ley de la variedad requerida, los sesgos... La verdad.
Respiré hondo, relajé los hombros y me tragué la tristeza a sorbos hasta llegar a casa.
Los sentineleses. Decenas de miles de años de aislamiento relativo y fragilidad exponencial.
Homo floresiensis. Los hobbits, especie humana extinta tras un aislamiento de cientos de miles de años.
Tarenorerer. La guerrillera tasmana, tan compleja como John Batman.
Mathinna. La historia más triste.
N. J. B. Plomley (ed.), Friendly Mission: The Tasmanian Journals and Papers of George Augustus Robinson, 1829–1834 (Tasmanian Historical Research Association, 1966). Robinson documentó las hostilidades entre clanes y naciones.
La trata de esclavos de África en miniatura (“the African slave trade in miniature”), describió Robinson.
Se le atribuye sin fuente a Einstein: No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras.
De W.R. Ashby, pionero de la cibernética, que incluyó la ley de la variedad requerida en An Introduction to Cybernetics,1956.
McKelvey y Boisot actualizaron la ley de Ashby en 2009.
Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio (Barcelona: Debate, 2012). Nassim Nicholas Taleb, The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable (Random House, 2007).
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