Chiara Páez tenía 14 años cuando su novio la asesinó, estaba embarazada de unas pocas semanas. La enterró en el patio de su casa y ese mismo día organizó un asado. Le dieron 15 años de prisión. Ese mismo año nació Ni Una Menos, la marcha más grande de Argentina contra la violencia de género, que se lleva a cabo cada 3 de junio.
Pasaron 11 años desde esa primera marcha que movió a la Argentina, pero sentimos que no cambió nada. Esta semana fue el caso de Agostina, la mataron, la descuartizaron y la enterraron en un campo. También tenía 14 años.
Estoy harta de que las mujeres nos convirtamos en “casos”.
Estoy harta de escuchar que una mujer muere en manos de un hombre cada 30 horas y aún así tener que aguantar a periodistas machistas diciendo que “las mujeres violentas también existen y matan a los hombres”.
Estoy harta de que quieran sacar la figura del femicidio porque sino “la vida de la mujer vale más que la del hombre”.
Estoy harta de que los femicidas nunca pasen la vida pudriéndose en la cárcel, mientras los cuerpos de sus víctimas pasan la vida bajo tierra.
Cada día una nueva forma de violencia.
Nosotras, que salimos a la calle con miedo, con las llaves en la mano, el gas pimienta en la cartera y la ubicación enviada a nuestra mamá y amigas. Nosotras, que soportamos los gritos en la calle, que tenemos cuidado que no nos apoyen en el transporte público, que nos bajamos la pollera, evitamos ponernos ropa “provocadora”. Nosotras, que vivimos con el corazón en la boca, tenemos que encima aguantar que quieran quitarnos lo poco que conquistamos estos años de lucha. Y soportar la nuevas maneras en las que quieren violentarnos.
Me da mucha bronca, estoy enojada y triste, porque no entiendo. ¿Con qué derecho nos matan? ¿En qué momento empezamos a normalizar vivir así? ¿Cuándo va a llegar el día en que no tengamos que salir a la calle gritando para que dejen de matarnos? A veces parece que nunca. No debería ser normal vivir en alerta. NO ES VIDA.
Podría nombrar miles de situaciones en que las mujeres nos limitamos por culpa del patriarcado, me acuerdo que cuando era chica ninguna compañera llevaba banana para comer en el colegio porque te burlaban, y me parece que así empieza un poco todo, en las cositas más pequeñas. El machismo es un iceberg, los femicidios son solo la punta.
A veces siento que el debate se estanca porque solo hablamos de la violencia cuando ya es demasiado tarde. Cuando hay una mujer desaparecida. Cuando aparece un cuerpo. Cuando hay una familia destrozada.
Pero el femicidio no nace el día del asesinato. Nace mucho antes. Nace en una sociedad que todavía educa a las mujeres para cuidarse y a los hombres para sentirse con derecho. Nace cuando una chica aprende que tiene que cambiar de vereda por miedo, cuando deja de hacer algo para evitar comentarios, cuando naturaliza situaciones que jamás deberían ser normales.
Y la verdad es que estoy tan angustiada, que mientras escribo esto se me escapa alguna lágrima, porque es todo muy injusto. Es injusto vivir así. Es injusto que la mayoría de las mujeres que fueron hoy a la marcha hayan sufrido algún episodio de violencia o abuso. Es injusto que probablemente alguna amiga o mujer de tu familia haya sufrido alguna situación así también. Es injusto que nos callemos, que lo justifiquemos. Es injusto que nos culpemos por eso.
Porque cada vez que asesinan a una mujer, los medios analizan cada detalle de su vida: qué hacía, cómo se vestía, dónde estaba, con quién hablaba. Como si siempre hubiera que encontrar una explicación en ella. Como si un femicidio fuera justificable si se trata de una “puta”. Como si usar una pollera corta o subir fotos en ropa interior les diera derecho a violarnos, a matarnos. Hoy escuchaba a Ofelia Fernández decir, con mucha razón en este reel, “incluso muertas tenemos que prestar mucha atención, ser mujer ya es bastante insoportable, ser una buena mujer parece prácticamente imposible”. No se puede vivir en paz, y ahora morir en paz tampoco.
Pero pocas veces se pone el foco en por qué hay hombres que creen tener derecho sobre la vida de las mujeres. Pocas veces hablamos de la cultura que les enseña que el control es amor, que los celos son una prueba de afecto, que una mujer que dice que no está equivocada o merece ser castigada.
Pero el problema es mucho más grande. Empieza en los chistes, en los comentarios, en las burlas, en las veces que minimizamos una situación porque “no fue para tanto”. Empieza cada vez que un hombre habla del feminismo y lo llama un “reclamo válido”, como si estuviéramos pidiendo un aumento de sueldo y no que dejen de quitarnos la vida. Empieza cada vez que se cuestiona a una mujer antes que al hombre que la lastimó.
Por eso no alcanza con indignarnos cada vez que aparece un nuevo nombre en las noticias. No alcanza con compartir una publicación, con decir “qué horror” y seguir adelante. Porque Chiara era una chica de 14 años. Agostina también. Tenían sueños, amigos, una familia, una vida por delante. No eran un titular. No eran un caso.
A veces pareciera que nos acostumbramos demasiado rápido. Leemos una noticia, nos conmociona unos días y después llega la siguiente. Pero detrás de cada nombre hay una ausencia imposible de llenar. Hay una silla vacía en una mesa, una habitación que quedó intacta, una madre que ya no vuelve a dormir tranquila.
No quiero acostumbrarme. No quiero aceptar que vivir con miedo sea parte de ser mujer. No quiero que las adolescentes aprendan desde chicas a desconfiar, a esconderse, a calcular riesgos antes de salir de sus casas. No quiero que sigamos explicando por qué necesitamos derechos que protejan nuestra vida.
Quiero que algún día una marcha como Ni Una Menos deje de ser necesaria. Quiero que ninguna familia tenga que sostener un cartel con la foto de su hija. Quiero que ninguna mujer tenga que convertirse en un símbolo para que la escuchen.
Porque no somos números. No somos estadísticas. No somos casos.
Somos personas.
Y mientras una sola mujer siga faltando, la responsabilidad de cambiar esta realidad será de todos. Porque merecemos vivir, y no podemos esperar ni un día más.
Por Agostina, por Dulce, por Noelia, por Candela, por Lola, por Ángeles, por Chiara. Por tu mamá y por la mía, por nuestras hermanas, por nuestras amigas, por nuestras futuras hijas y nietas. Por todas ellas, por vos y por mí. Hoy más que nunca.
#NiUnaMenos
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