Este texto forma parte de la quinta edición del VideoClub, una actividad de ClubStack. Elegimos películas y escribimos. En esta edición vimos Valor Sentimental (Trier, 2025), We need to talk about Kevin (Ramsay, 2011) y Hamnet (Zhao, 2026).
Cuando Jessie Buckley ganó el Oscar a Mejor Actriz Protagonista por Hamnet, se lo dedicó al “hermoso caos del corazón de una madre”, y qué mejor frase para describir la película.
Recuerdo que, cuando era adolescente, deseaba todo el tiempo no ser como mi mamá cuando sea grande. Pensaba en todas las decisiones distintas a las de ella que tomaría cuando fuera mamá, en todas las cosas que dejaría que mi hijo hiciera que ella no me había dejado hacer, en todas las cosas que haría “bien”. Pero cuando crecí me di cuenta de que me había equivocado: no hay amor más grande que el de una madre, y que nada me gustaría más en el mundo que ser la mitad de buena mamá que es ella conmigo.
Pero hay algo muy específico que siempre quedó resonando en mi mente. Cuando le diagnosticaron cáncer hace casi un año, me acuerdo un día escucharla decir: “me alegro que haya sido yo, y no alguna de mis hijas”. Una frase que reflejaba el amor en su forma más cruda: un sacrificio, el instinto más puro, casi como un reflejo de proteger aquello que más se ama. Quizás por eso Hamnet me impactó tanto, porque en Agnes vi reflejado el amor y el sufrimiento por el que mi mamá también pasaba.
Hamnet no es una historia sobre Shakespeare. Ni siquiera es, en esencia, una historia sobre la muerte de un niño. Es una historia sobre lo que sucede después, sobre lo que queda cuando la tragedia no es un hecho sino un estado, cuando el duelo no se llora una noche sino que se habita como una casa. Es una película sobre el mundo emocional de una madre y sobre la manera en que ese mundo puede ser tan inmenso que lo abarca todo: la familia, la pareja, el hogar, el cuerpo, la identidad.
La maternidad no se construye en momentos extraordinarios, sino en lo repetido, en lo invisible, en lo que nadie celebra. En la ropa que se lava una y otra vez. En las manos que cocinan sin pausa. En las voces que llaman “mamá” como si esa palabra fuera una cuerda que nunca se corta.
Agnes, el personaje de Jessie Buckley, no está construida como “la esposa de Shakespeare”, sino como una mujer con identidad propia, casi salvaje en su sensibilidad. Es madre, pero también es algo más: una presencia que parece conectada con lo invisible, con lo que otros no ven. Su intuición atraviesa toda la película. Agnes siente antes de saber. Presiente antes de comprobar. Su percepción no es racional, es corporal. Y eso, lejos de parecer exagerado, se siente verdadero.
Porque si algo define la experiencia materna es esa forma particular de estar alerta. Una madre vive con una especie de antena emocional encendida todo el tiempo. Interpreta silencios, miradas, gestos mínimos. Se adelanta al peligro aunque no pueda nombrarlo. En la maternidad moderna, esa intuición suele ser ridiculizada. Se la llama ansiedad. Se la llama exageración. Se la minimiza como si fuera un exceso emocional. Pero en Hamnet la intuición se trata como un lenguaje legítimo, como una forma de conocimiento. La película entiende que hay cosas que se sienten primero en el cuerpo, y que una madre, por amor, vive en esa sensibilidad constante.
Y sin embargo, también muestra el límite brutal de ese instinto. Porque por más que una madre sienta, presienta y se adelante, hay cosas que no se pueden evitar. Hay pérdidas que llegan igual. Hay tragedias que atraviesan la puerta aunque alguien haya rezado para que no entren. Y en esa impotencia está el golpe más cruel de la película: el amor más grande del mundo no alcanza para proteger.
Esta es quizás la parte más difícil de mirar. Porque la maternidad, especialmente en el mundo moderno, viene acompañada de una promesa un poco mentirosa: si hacés todo bien, tu hijo va a estar bien. Si controlás, si cuidás, si te informás, si elegís con consciencia, si prevenís. Se nos enseña que ser buena madre es saber anticiparse a todo. Pero la vida no funciona así, y Hamnet destruye esa ilusión con una delicadeza devastadora.
Lo insoportable no es solo la pérdida, sino lo que esa pérdida le hace a la identidad de Agnes. La película muestra algo que muchas mujeres temen, incluso antes de ser madres: que la maternidad no se suma a la vida como una capa más, sino que lo invade todo. Muchas mujeres hoy eligen no ser madres no porque no amen a los niños o no deseen una familia, sino porque no quieren desaparecer. Porque han visto lo que ocurre: una mujer deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser “la mamá de”. Su cuerpo deja de ser suyo. Su tiempo deja de ser suyo. Su cansancio deja de importar porque se vuelve parte del deber.
La maternidad, incluso en las mejores condiciones, puede borrar a la mujer. No por culpa del hijo, sino por culpa de una cultura que reduce a la madre a un rol. Y ese fenómeno se vuelve todavía más evidente cuando ocurre una tragedia, porque entonces ya no se pierde solo al hijo: se pierde también el sentido. Se pierde la razón de ser. Se pierde la estructura de la vida cotidiana.
Hamnet retrata el duelo como un estado físico. Agnes no está simplemente triste, está quebrada. Su dolor no es un llanto que se agota, es una presencia que ocupa el espacio, que se mete en las paredes, en los objetos, en la cama. El duelo se vuelve cuerpo. Se vuelve respiración pesada. Se vuelve ausencia de apetito. Se vuelve una distancia brutal entre ella y el mundo. Y es imposible no pensar que ese tipo de dolor es también una consecuencia del amor materno: un amor que no es proporcional, que no tiene límites, que no se regula.
Una madre ama con una intensidad que parece no tener comparación con ninguna otra relación humana. Por eso el dolor también es distinto. Es un dolor que no se explica porque no es solo tristeza: es pérdida de sentido, es ruptura del futuro, es la sensación de que el mundo ya no tiene lógica, de que ya nada sirve.
Es interesante cómo Hamnet deja ver que incluso cuando hay amor, incluso cuando hay historia compartida, hay dolores que se viven en soledad. Porque el dolor materno tiene algo único: no se trata solo de extrañar a alguien, sino de sentir que una parte del propio cuerpo fue arrancada. Y ese tipo de herida no se comparte del todo. Se carga.
En el fondo, Hamnet no habla solo de la pérdida de un hijo. Habla de la fragilidad de amar. De lo arriesgado que es entregarse. Porque ser madre es exactamente eso: vivir con el corazón fuera del cuerpo. Vivir con una parte de una misma caminando por el mundo sin poder controlarla. Vivir con miedo y con amor mezclados, sin poder separarlos.
Por eso el título “el hermoso caos del corazón de una madre” no es solo una frase bonita. Es una verdad. La maternidad es caos porque no se puede ordenar un amor así. Porque no se puede medir. Porque no se puede administrar con lógica. Una madre ama sin cálculo, y esa es su belleza, pero también su tragedia.
Cuando pienso en mi mamá diciendo “me alegro que haya sido yo y no ustedes”, entiendo que esa frase no era solo sacrificio. Era identidad. Era la expresión más pura de lo que significa ser madre: preferir el propio dolor antes que la herida ajena, incluso si nadie lo pidió, incluso si no hay recompensa. Es el verdadero “daría la vida por vos sin pensarlo ni una milésima de segundo”. Agnes, en Hamnet, representa exactamente eso. Una mujer atravesada por el amor y por el sufrimiento, una mujer que no solo cría: sostiene un mundo entero.
Quizás esa sea la razón por la que Hamnet se siente tan intensa. Porque no intenta idealizar a las madres, pero tampoco las reduce a un estereotipo. Las muestra humanas. Las muestra complejas. Las muestra contradictorias. Las muestra como lo que son: mujeres que aman con una ferocidad silenciosa.
Y al final, lo que queda después de la película no es la figura de Shakespeare ni el mito literario, sino Agnes. Una madre que sigue viva cuando ya no sabe cómo. Una mujer que carga un dolor imposible y, aun así, continúa. Y en esa continuidad está lo más conmovedor de todo: que incluso roto, incluso devastado, el amor sigue latiendo.
Porque eso es el corazón de una madre: un caos hermoso, sí, pero también un milagro oscuro.
Uno que no se entiende hasta que se mira de cerca.
Con mucho cariño, Reni.
Participaron: Raul Lemuz Nada Serio Renata Liany Cobo Rodelo Alisson Diaz Luis Carlos Ventana Pez Eva Guijarro Elena Lugo 🌒✨ barbara wenner Laura QCh Jazmín Cabrera Lionel Hsu María Mar Mioni Jose O -outsider- Malena Vain Erika Bueno Sebastian Del Canto Carolina Rodriguez Becke
Las inscripciones están abiertas. Para participar, mandale un mensaje privado a lxs coordinadores: Augusto Pérez y María . Todos/as son bienvenidos/as!
Si te gusta lo que escribo y querés apoyar este espacio, podés invitarme una medialuna o actualizar tu suscripción a premium. Con eso me ayudás a seguir escribiendo y a dedicarle más tiempo a este proyecto.
Gracias por estar del otro lado 💌
¡GRACIAS por llegar hasta acá! Si sentís que mis palabras resonaron con vos, te invito a suscribirte para no perderte lo que viene. También podés dejar un comentario o compartir: así ayudás a que mis palabras lleguen a las personas correctas 🫂 ✨ 💌

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.