Disclaimer: este artículo contiene generalizaciones hacia el género masculino que podrían resultar ofensivas si usted pertenece a él. Si es un hombre sensible, se recomienda discreción.
Si es un hombre responsable afectivamente, primero que nada felicitaciones por ser una especie en peligro de extinción.
Quedé enamorada de Garret Graham desde el momento en que abrió la boca y mostró al menos un uno por ciento de responsabilidad afectiva que nunca en mi vida había visto en un hombre, al menos en uno real.
Y no fue el único, antes de él estuvo Peeta Mellark, Noah Calhoun, Jim Halpert y Patrick Verona. Y cómo olvidarnos de Conrad Fisher y Dean DiLaurentis. Hombres que escuchan con atención, que aman sin disimulo, que no tienen miedo de ser vulnerables.
¿Dónde están esos hombres en el mundo real? Seguramente en la biblioteca, pero no sentados leyendo… sino encerrados entre los estantes.
Es curioso. En gran parte siento que nos enamoramos de hombres ficticios porque nos muestran un amor que rara vez experimentamos: uno donde no necesitamos adivinar lo que siente el otro, sino construir un espacio seguro para ambos.
Pero otra parte de mí pone esto en duda. En realidad ¿no nos enamoramos siempre de personas que no existen? Gran parte de enamorarse es idealizar a quien amamos: lo creemos perfecto, sin defectos, sin problemas. Ignoramos las actitudes que nos hacen daño y evitamos las conversaciones difíciles, inclusive con nosotros mismos, porque sabemos que, inevitablemente, llegará el momento de la decepción. Y ese momento también existe en las películas y en los libros. El personaje se equivoca, hiere, decepciona. Cuando todo parece perfecto e ideal, aparece el conflicto para hacer tambalear todo a su paso.
La diferencia entre la realidad y la ficción no está en que los personajes sean perfectos, está en lo que pasa después.
En las historias de amor, el conflicto no suele ser el final, sino el comienzo de una transformación. El personaje reconoce el daño, pide perdón, cambia, aprende a amar mejor. La narración nos muestra ese crecimiento porque, si no ocurriera, probablemente cerraríamos el libro pensando que la historia quedó incompleta.
Pensándolo bien, ninguno de estos hombres sería un buen protagonista si nunca se equivocara. Serían aburridos. El conflicto existe porque las historias necesitan tensión, igual que las relaciones reales. Lo que cambia no es el error, sino la respuesta al error. En la ficción, amar también implica hacerse cargo. El personaje pide perdón, cambia una conducta, aprende algo sobre sí mismo. No vuelve al capítulo siguiente como si nada hubiera pasado. Las historias nunca romantizan el daño sin consecuencias, al contrario, lo aprovechan como crecimiento propio de la vida.
En la vida real, en cambio, muchas veces esperamos ese mismo arco narrativo en personas que no tienen ningún interés en escribirlo.
Porque todos nos equivocamos, y herimos a personas que amamos, y volvemos a cometer los mismos errores que juramos no cometer hace años. Pero lo importante es qué hacemos con eso.
Y quizás ese sea el motivo por el que los hombres ficticios nos parecen irresistibles. Porque aprenden de sus errores, y no sienten que pierden el orgullo por disculparse, o lo hacen igual aunque así lo sientan. Porque nos dan esa sensación de seguridad que tanto nos falta en las relaciones reales, y para tener seguridad no necesitamos que todo sea perfecto, sino tener la certeza de que, inclusive cuando no lo sea, el otro no va a desaparecer, minimizar lo ocurrido o hacer como si nada. Va a quedarse, escuchar y ayudar a reparar.
Todo esto no lo inventé yo. Tiene nombre y apellido: responsabilidad afectiva. Y es tan escasa en el amor moderno que, cuando aparece en una novela, automáticamente pensamos que el protagonista es el hombre de nuestros sueños.
O quizás la explicación sea otra. Gran parte de estas historias fueron escritas por mujeres que crecieron preguntándose cómo querían ser amadas. Tal vez por eso sus protagonistas masculinos saben escuchar, pedir perdón y cuidar. No porque las mujeres escriban hombres perfectos, sino porque escriben relaciones en las que ellas también querrían vivir.
Pareciera que todas estas cosas que escribo son básicas, pero cada vez las vemos menos y por eso nos emocionamos tanto cuando un protagonista masculino lo hace. Porque el amor hoy en día parece estar más presente en la ficción que en la realidad, y eso me pone triste.
Y sin embargo, no creo que el problema sean los libros. Cada tanto aparece alguien diciendo que las novelas románticas nos arruinaron las expectativas. Que esperamos demasiado y ningún hombre puede competir con uno ficticio. Pero nadie les está pidiendo que lo hagan. Lo que esperamos, en realidad, es mucho más simple.
En lugar de eso deberíamos cuestionarnos por qué algo tan sencillo como una disculpa sincera, una conversación sentida o un gesto de ternura nos parece algo digno de una novela y no de un amor de verdad. Porque después de todo quizás los libros no elevaron nuestros estándares, sino que nos demostraron cuáles debían ser desde un principio.
Porque Garret Graham no me enamoró por jugar al hocket. Ni Peeta por ganar los juegos. Ni Jim por hacer chistes en la oficina.
Sino porque en un mundo donde pareciera que demostrar interés es “intenso”, expresar sentimientos da “cringe” y comprometerse da miedo, ellos hacen exactamente lo contrario. No aman menos para sentirse más fuertes. Aman, y punto.
Los hombres ficticios no nos enamoran porque sean perfectos. Nos enamoran porque nos hacen imaginar que ese tipo de amor todavía es posible. Un amor que se construya desde el cuidado, la comunicación y la tranquilidad.
Porque si el único lugar donde todavía existe ese tipo de amor es la ficción, entonces el problema nunca fueron los libros.
Con cariño, Reni.
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