Hay días que parecen calcados del anterior. La misma fila de libros. Los mismos capítulos de Escandalosos. Los mismos autos estacionados en el pasillo. El mismo gruñido antes de lavarse los dientes. La misma película que cuenta la aventura aérea de Carl Frederiksen. La misma carrera entre la puerta de calle y el sillón. El mismo coro que dice “Gonna be, gonna be golden”. La misma alineación de animales. El mismo lanzamiento del transbordador Atlantis del 14 de mayo de 2010. La misma compilación de despegue y aterrizaje de aviones en el aeropuerto de Fráncfort. La misma vista desde la ventana, a las 08:30 de la mañana, para ver los autos que se estacionan y a sus dueños que enfilan hacia el trabajo. Y, sin embargo, a veces algo mínimo —microscópico, imperceptible— cambia. Como si el papel calco se moviera un milímetro y el resultado fuera algo parecido pero no idéntico. Nunca es exacto. Aunque parezca y vibre y huela y suene calcado al día anterior.
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