“Quiero llorar porque me da la gana”, escribió Federico García Lorca en Poeta en Nueva York. Y yo agregaría: llorar en todas sus formas verbales. Cuando Leo caminó por primera vez de la mano a las 16 meses, lloré. Cuando fue al cumpleaños de su primo y se mantuvo aislado, lloré. Cuando se sentó a comer torta con esos niños que jugaban al margen de él, lloré. Cuando nos dieron el diagnóstico, lloré sin llorar. Cuando se golpea la cabeza, lloro. Cuando estoy solo y pienso en él, lloro. Cuando estoy acompañado y pienso en él, lloro. Cuando me mira directo a los ojos por una milésima de segundo, lloro. Cuando pienso en su futuro, lloro. Cuando hace algo imprevisto, lloramos. Cuando nos deja exhaustos, lloramos. Cuando nos quebramos por no saber qué diablos hacer, lloramos. Cuando haga cosas que hoy no hace, lloraré. Cuando mire hacia atrás y vea todo lo que ha pasado, todo lo que ha avanzado, todo lo que ha logrado, lloraré. Y lloraré porque me da la gana.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.