Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.
Estudiamos durante un decenio un instrumento, que hemos elegido, y oímos entonces, después de ese decenio fatigoso, más o menos deprimente, unos compases de un genio y estamos acabados, pensé.
Werheimer no lo reconoció, no durante decenios.
Pero esos compases tocados por Glenn fueron su fin, pensé.
No para mí, porque ya antes de haber conocido a Glenn había pensado en dejarlo, en la falta de sentido de mis esfuerzos, adondequiera que iba, yo era siempre el mejor, pero acostumbrado a esa situación, no dejaba de pensar en dejarlo, en interrumpir algo sin sentido, en contra de todas las voces que me aseguraban que yo era uno de los mejores.
Pero ser uno de los mejores no me bastaba, quería ser el mejor o nada.
De forma que lo dejé, y regalé mi Stenway a la hija del maestro de Almunster, pensé.
Werheimer había puesto todas sus aspiraciones en la carrera de virtuoso pianístico, como tengo que decir, yo no había puesto ninguna aspiración en esa carrera de virtuoso, esa era la diferencia, por eso él se sintió mortalmente afectado por los compases de Goldberg de Glenn, no yo.
Ser el mejor o no ser nada había sido siempre mi pretensión, en todos los aspectos, por eso acabé finalmente también en la calle del Prado, en un anonimato total, ocupado en mi insensatez de escritor.
El objetivo de Werheimer había sido el virtuoso pianístico, que demuestra al mundo musical su maestría año tras año, hasta derrumbarse, por lo que sé de Werheimer, hasta la senilidad avanzada.
Ese objetivo se lo quitó Glenn del anzuelo, pensé, cuando Glenn se sentó y tocó los primeros compases de las variaciones Goldberg.
Werheimer había tenido que oírlo, pensé, había tenido que ser aniquilado por Glenn.
Si no hubiera ido yo entonces a Salzburgo, y no hubiera querido estudiar sin Faltango o en Horowitz, habría continuado y habría logrado lo que quería, decía Werheimer a menudo.
Bueno, fíjate que has leído un texto que parece de una persona normal.
Estaba pensando lo mismo, digo, hostia, qué civilizado suena este fragmento que has cogido.
Sí, no se repite casi, no entra en bucle.
Solo aparece el pensé, bueno, el malogrado es que también es uno de los libros más amables en ese sentido de él, creo, no sé.
No sé yo, en cuanto a… Bueno, vamos a explicarle a la gente de lo que estamos hablando.
Esto que has leído, Paz, es un fragmento del malogrado de Tomás Bernhardt, que es el protagonista del programa de hoy.
Rubén, encantado de estar aquí, que la propuesta fue tuya.
Sí, yo también.
Encantado que estés, quiero decir, tú.
Yo también encantado de estar, quería decir.
Estamos todos encantados.
Encantados perdidos.
No sé si estás tú, encantado perdido, me decías en mi padre.
Sí, sí, pero una propuesta azarosa, además, nos encontramos por ahí, no sé, Marta llevaba el libro encima de Bernhardt, a ver si haces un podcast, ah, por Bernhardt.
Claro, yo me acababa de leer el malogrado que me lo había recomendado Raúl y me había chiflado, claro.
No lo había leído antes.
Y con Bernhardt ocurre, que esto el otro día queríamos recomendarle a un amigo algún libro de Bernhardt, a Noguera, le gusta mucho a Miguel Noguera, y hablábamos con un tercer amigo y, joder, no sabíamos cuál recomendarle porque no, porque todo Bernhardt es una especie de Bernhardt en la cabeza, es como un continuo, es una voz de, sí, y eso, o sea, hablábamos de los relatos autobiográficos, pero es el mismo Bernhardt del malogrado, aunque pueda ser más amable o no, o tenga… Fíjate que a mí, yo solo he leído el malogrado y los relatos autobiográficos, y me parece que la prosa es menos loca en los relatos autobiográficos, o menos obsesiva, menos circular.
En el malogrado es que hay momentos de bucle en el que ya es muy gracioso como usar lo de las acotaciones, el pensé… El pensé dice, dice pensé.
Eso en la de Tala, que a mí me parece una de las obras maestras, es brutal, como… o sea, es un libro además que tiene como punto de partida al personaje narrador sentado en un sofá, en una cena de artistas, que dan los…

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