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en el medio pasó el mar · Aug 14, 2026

declarando lo obvio: mi papá no estuvo en mi infancia

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Nicole · en el medio pasó el mar

Hace años que coqueteo con la idea de agregarme el apellido paterno.

Cuando digo “hace años”, debería ser más específica. Debería decir que pasé los primeros 12 o 13 años de mi vida preguntándome quién era mi padre, por qué no estaba y qué podría haber hecho yo para remediarlo, y los siguientes 20 años preguntándome si quería unir, por fin, los dos mundos que me componen.

Soy fruto de una especie de milagro, aunque cualquier persona puede decir lo mismo. Las chances de que existamos, de por sí, son milagrosas. En mi caso se aceleran si sumamos algunos componentes que forman parte de la intimidad del vínculo de mis padres (y, por consiguiente, mío, porque de ahí salí). Uno de esos componentes es la edad: mi mamá quedó embarazada de mi papá cuando ella tenía 15 años y él, 16. Y durante más de la mitad de mi vida juzgué a ambos por sus decisiones, acciones e inacciones. A medida que fui recorriendo el camino que ellos atravesaron, sin tener el agregado de una vida a mi cargo, entendí, con un poco más de compasión y misericordia, por qué las cosas se dieron exactamente como lo hicieron.

Si pienso en mi infancia, viene a mí automáticamente una imagen que tuve durante mucho tiempo en la cabeza: la sensación de que la mitad de mi mapa personal había sido rasgada. Pasé años buscando ese pedazo faltante de mi mapa del tesoro. ¿Dónde estaba la X que marcaría el centro de mi corazón si el 50% de mi árbol genealógico había sido podado de mí, arrancado dolorosamente, si no podía entender qué me constituía? Mucho tiempo me sentí caminando con la mitad del cuerpo, con miembros fantasmas, con ideas, con preguntas, con cuestionamientos, con dudas, con el dolor de no saber. Mucho tiempo, pero, si tengo que ser honesta, no ha sido así todo el tiempo.

Construir y reconstruir el vínculo con mi familia paterna fue, literalmente, el trabajo de mi vida entera. Entiendo, de nuevo, que esto es una declaración que todos podríamos hacer, pero me toca hablar de lo que conozco, y es mi vida personal: en mi caso, si pongo en la balanza el mayor dolor, ¿viene de cuando no conocía a mi papá o viene del tiempo en que empezamos a conocernos? Creo que lo más pesado es la consciencia de los errores de su joven adultez, que quedaron profundamente marcados en los comienzos de mi consciencia, en la construcción de mi cosmovisión y, sobre todo, en mi mundo vincular y sexoafectivo.

He llegado a un punto —será la temporada de eclipses, será mi proceso espiralado, será haber pasado tanto por esta herida que ya conozco sus bordes y la forma de su cicatrización— donde, hoy, caminando lentamente por la ciudad donde nací y por la que pasa el mar en medio, me di cuenta de que sigo operando desde la identidad de la que no tuvo al padre en la infancia y poco ocupo el lugar de la que tiene al padre muy presente en la adultez. Y para esto, una anécdota.

Cuando empezamos a intentar construir un vínculo con mi familia paterna, mis abuelos maternos los invitaron a Córdoba a pasar unas fiestas. No recuerdo bien el contexto, pero sí me acuerdo de que viajaron mi tío, mi abuela y mi papá. Y en medio de la cena, de las charlas, de los intercambios, mi abuelo materno dijo algo así como: “Ahora nos cierran muchas cosas de Nicole que no sabíamos de dónde venían”.

Una no puede escapar de la naturaleza de la que está hecha, incluso si no sabe que está hecha de esa naturaleza.

Cuando miro las alforjas que llevo a mis costados, tengo de un lado las sierras de Córdoba y la pasión por la literatura junto con la marcha de San Lorenzo y la receta de la tortilla de papas arriba de un guiso de lentejas mientras de fondo por algún lugar recóndito del escondite suena Rod Stewart y el aire seco cordobés hace que se me vaya toda la alergia. Y durante mucho tiempo cargué con eso únicamente y caminé medio chanfleada hacia la izquierda y ahora miro y tengo una alforja del otro lado donde está el Océano Atlántico junto con milanesas sin gluten y también la celiaquía en contacto con la vehemencia y los gritos y la pasión volcada a causas sociales y a que me importen las injusticias y saber pararme de manos y poner límites y ser tan sensible que podría llenar el mar y toda la alergia del mundo que solo me agarra en un lugar donde la abundancia es completamente infinita y cada esquina de la ciudad me lo recuerda.

Estoy compuesta de los dos, tengo el mapa, miro para arriba y sé de dónde vengo, miro para abajo y sé lo que vendrá, miro para el costado y sé a quién tengo, la X está en el centro y en el centro, mi corazón.

Mi papá no estuvo cerca cuando era chica, pero viajó a Córdoba en lo peor de mi crisis nerviosa a decirme que sería una buena idea separarme, y también me buscó departamento en Mar del Plata cuando quise mudarme, y está en silencio al lado mío cuando solo necesito compañía, y me recuerda diariamente que me ama profundamente, y es la prueba viviente de que el que quiere cambiar, simplemente cambia, no hay mucha vuelta aunque sí hace falta tiempo, y el que ama tiene tiempo de sobra.

Mi abuela no estuvo cerca cuando era chica, pero sabe que mi regalo favorito son las medias, y por eso en la cama siempre hay pares para estrenar cuando llego, y también sabe cómo me gusta la bolsa de agua caliente y cuántas milanesas como y que me gusta tomar el té con limón del árbol y que a veces quiero hablar mucho y a veces no quiero hablar nada y solo gruño y que llego a Mar del Plata y me enfermo y lloro y me lleno de alergia porque es el lugar donde me siento en casa y puedo simplemente ser yo.

Mi tío no estuvo cerca cuando era chica, pero me tiene tatuada en un brazo y siempre encuentra la forma de pasar tiempo en casa cuando estoy acá y organiza los asados para que salgan con todo lo que a mí me gusta, y hoy soy la madrina de sus dos hijas, y cuando estamos cerca o lejos no tengo dudas de que recibiría más de una bala por mí si hiciese falta (ojalá nunca haga falta).

Hace poco una persona intentó marcarme mi herida como si yo no la conociera, como si yo no hubiese sido la que la sanó. El tema con la actualización de software es que el cambio es inminente y no podés volver atrás: ya no soy la que no tuvo al padre cuando era chica, sino la que creó un vínculo honesto, profundo y presente de grande. Y eso es suficiente.

Hoy mientras caminaba pensando en esto mi abuela me mandó esta foto del último día del año pasado donde fui con mi papá al ver el amanecer al mar. Y si pienso en todo lo que vivimos: sí, definitivamente, es para cuadro.

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Read the original on nicomarcuzzi.substack.com

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