No sé en qué día vivo. De pronto es mayo y, de repente, siento que otro año ha terminado y que se me va la vida. Perdón por el dramatismo, llevo sangre de folclórica.
Siempre he sido algo despistada, pero lo de últimamente comienza a preocuparme. No paro de hacer las mismas preguntas y olvido los hábitos de repetición más básicos: la pastilla en ayunas, si he guardado la lentilla derecha en la R cuando he terminado de poner la lentilla izquierda en el hueco que quedaba, si le eché sal a la comida…
Cuando tomo conciencia de los despistes, imagino que se me queda la misma mirada que a Jomvet, o como yo lo llamo: mi hijo. Y no os voy a engañar, ojalá fuera así, porque es adorable. Pero me refiero más bien a esa expresión de no entender qué está sucediendo detrás de los ojos.
Hace unos días, tratamos en clase de francés el tema de la Infobésité. Dije que creía padecerla, pensando que de ahí me venía todo esto. Una compañera respondió que, bueno, si me pasaba eso, sería por falta de curiosidad; que una persona curiosa jamás se quejaría del exceso de contenido. Entonces le respondí que: jen’aipasparlédelacuriositéparcequejesuisunepersonnevraimentcurieuse y que: j’aiparléd’unautrechose… Cuando en realidad lo que quería decir era que: «a mí no me vengas a tocar el coño y menos en francés».
He dedicado mil novecientas setenta y siete palabras de mi futuro librito (maquetándose en estos momentos), al seguimiento de las cotorras de Kramer el verano pasado. No me limité a anotar las horas a las que sobrevolaban mi azotea: tiré de hemeroteca para averiguar a dónde iban al amanecer y de dónde volvían al anochecer. ¿Te parece que alguien sin curiosidad haría eso? ¿Acaso una persona desquiciada podría no ser curiosa? Lo dudo.
Ayer, durante la presentación de su libro La vida es vertical, Mónica Menargues Beneyte mencionó al filósofo Byung-Chul Han y sus ideas sobre la sociedad del rendimiento y la autoexplotación. A lo mejor mi cabeza me está fallando solamente porque necesita descansar. Quizá sea como el ordenador desde el que escribo, al que no puedo actualizarle nada porque está al límite de sus capacidades y lo único que pide es que le deje tranquilito y le exija lo mínimo.
Pero dejemos de hablar de mí y pasemos a estas fotos, como parte de mi obsesión por la memoria y por registrar cualquier mínimo detalle de mi vida: sus personas, sus lugares, en cualquiera de sus formas (escritos, fotos, dibujos, hojas, plumas, servilletas de bar, pegatinas de manzanas).
Durante años me molestaba ver cómo las fotografías de mi casa se usaban de soporte para anotar cualquier dato banal. Qué equivocada estaba.
El año pasado encontré esta foto de mi abuela cuando era un bebé. No imaginaba que existieran imágenes suyas de una época tan temprana y me hizo gracia conocerla así, tan pequeña. La foto está cubierta de anotaciones hechas por diferentes personas en diferentes momentos y apenas reconozco parte de una dirección. Claramente no cumplió su función de postal.
Esta foto se la hicieron a mi abuelo en las minas en las que trabajaba. Lo sé porque apuntó el lugar y la fecha: él siempre fue un hombre práctico y este tipo de anotaciones muy útiles.
Las fotos dedicadas son mis favoritas y siempre me despiertan las mismas preguntas: ¿por qué regresaron a manos de quienes las escribieron? ¿Volvían al morir sus destinatarios?
Gracias a esta descubrí la letra tan bonita que tenía mi abuela Pepa, a pesar de que su formación se limitó a los estudios más básicos del colegio. Antes, solo había visto su letra temblorosa y torpe en los cuadernos donde le obligábamos a escribir, tras la congestión que le dio.
Bien de luto riguroso mi tita, con veintiún años recién cumplidos, y ya llevaba unos cuantos vistiéndolo. No sé si llegué a conocer a alguna de sus primas, pero ojalá, porque tenían pinta de ser divertidísimas.
Mi madre siempre se refiere a ella como «mi tía la rica», aunque sospecho que no lo era tanto por dinero como por educación. Fue quien enseñó a comer a sus nueve sobrinos. A todos nos llamaba la atención el manejo de los cubiertos de mi abuelo, que para ser un mero electricista curtido en la mina y astilleros, tenía muy buenas formas.
Así era como mi padre conquistaba a mi madre, a base de mensajes de apoyo y cariño. Y claro, a él sí que lo conocí bien, así que me da mucha risa verlo en este plan.
Mi madre con unos ocho o nueve años, según ella. En el reverso hay un dibujo suyo, acompañado de algunas filigranas. No es fácil hacer un perfil así y de no haberle dado por guarrear su foto, nunca habría sabido que mi madre dibuja tan bien.
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Estas gallinas dibujadas en una biblia de hace casi quinientos años es el claro ejemplo de la importancia de manosearlo todo.
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Erica Fustero me hizo una entrevista en la que le hablé de fotografía y todo lo que me gusta en torno a ella.
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¿Cuántos Barrio Watchers habré fotografiado una y otra vez? Muchos, ya os lo digo yo.
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La vida es vertical está lleno de postales familiares llenas de ternura y humor. Es el primer libro de Mónica, compañera Cascanter, y me hace mucha ilusión.
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Jomvet, mi hijo.
❤️ Abrazo grande y repetitivo, Nazaret.

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