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Acá escribe Nacho Merlo · Jun 6, 2026

Que Solari se muera

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Nacho Merlo · Acá escribe Nacho Merlo

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—¿Por qué llorás, papi? —me preguntan.

—¿Por qué lloro? —me pregunto.

Yo ni sé por qué escuchaba los redondos ni por qué tenía todos sus discos ni por qué sonaba en cualquier juntada, pero, como los ruidos de esas máquinas que están siempre prendidas en las fábricas, en cada uno de los momentos de mi adolescencia hubo un parlante en donde aparecía y se colaba la voz del Indio, su prosa retorcida, las canciones que cantábamos mal, los solos de Skay que todos queríamos copiar. Siempre sonaba: siempre había un casete o un cd trucho que giraba y giraba y giraba hasta morirse gastado acompañando un asado o una tribuna o un viaje en la ruta o lo que fuere.

Y crecimos y sonaba. Y fuimos grandes y sonaba. Y sufrimos y sonaba: siempre sonaba su voz, como esos mensajes que se repiten y se repiten y se repiten, hasta que los entendemos. La voz de alguien que sabe o que quiere saber. “Che, quizás sea por acá”. La voz de alguien unánime: un pedazo de todos los que somos y de todos los que fuimos. Porque todos los argentinos somos ricoteros o peronistas o maradonianos o lo que carajo fuere: a ver si nos vamos a creer el verso ese de que lo que no nos interpela no nos construye. ¿Te gusta el Indio? Sos ricotero. ¿No te gusta? También sos ricotero: nadie es intrascendente a la voluntad popular; lo que el pueblo elige, es.

Dejé el auto a un par de cuadras de la Plaza y empecé a caminar con mi familia, siguiendo el ritual, buscando el fuego alrededor del que se cantan las canciones y se cuentan las historias. Y ahí empecé a entender: no estamos tristes. O, mejor dicho, no estamos solamente tristes; estamos desamparados, pero con una ventaja: nos tenemos a nosotros. Ese señor, de ahí, que llega rengueando; esa nena con el gorrito que dice Patricio Rey; esa parejita de allá que toma del pico la birra número doce mil; el grupito de gente que sale escupido de la boca del subte gritando los redó, los redó, vamo’ los redó; el vendedor de banderas; el de la campera de jean con corderito que no tiene remera abajo y llora mirando al cielo mientra suena Juguetes perdidos.

Todos estamos del mismo lado de una línea que imagino que divide el dolor y la desgracia de los días comunes y corrientes. A un lado de la línea, la vida de todos los días, el reloj que suena a la misma hora, las rutinas con cada tic y cada tac acomodados con precisión; de este lado, la historia escribiéndose adelante de mis ojos. Otro día más de esos en los que todos podemos contestar qué estábamos haciendo a determinada hora.

Ahora pienso en qué me pasa cada vez que la muerte aparece así, filosa, y golpea. Me pierdo: después de que sonara el teléfono y me dijeran que sí, que finalmente había muerto mi vieja, me paré y empecé a caminar en círculos alrededor de la mesa del bar donde estaba esperando el desenlace. Lento, como aturdido, sin entender del todo qué significaban las palabras que formaban la oración que acababa de escuchar: “Se murió tu mamá”.

Ahora lo mismo. La desorientación, el desamparo, el dolor definitivo de sepultar junto al ser querido un montón de pedazos de quienes somos y quienes fuimos. Volvernos historia, desempolvar los recuerdos, recordar quiénes fuimos y adivinar ahora dónde nos queda el Norte.

Pero también algo asoma. Los momentos definitivos tienen esa dimensión inabarcable que solo se entienden mirando para atrás. Ahora deambulo por las calles de la ciudad más increíble que conocí en mi vida y noto que hay algo diferente. En medio de la tristeza —de todas las tristezas de este tiempo—, hay luz: en todas las esquinas suenan las canciones que escuché en susurros o a todo volumen, yendo o viniendo a cualquier lugar. Y la gente llora o se abraza o se ríe o chupa o canta o grita o sufre o se besa o baila. Celebra la vida de alguien que, sí, quizás en una de esas se murió, pero desde este momento, desde esta mañana horrible en donde el curso de los tiempos cambió el sentido, se volvió inmortal para siempre.

A mi no me queda claro ni me interesa tanto saber cuán ricotero soy, pero sí fue una de los Redondos la primera canción que aprendí en la guitarra: Gualicho. Me acuerdo perfecto: RE, La menor, Do. Me costaba un huevo pasar de un acorde a otro, pero ahí iba:

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El zumba se colgó
del bondi a Finisterre
rajando del amor
detrás de un beso nuevo.

Por eso, si todavía hay algún desprevenido que no sabe qué se siente perder a un padre, bueno, listo: bienvenido a la experiencia. Desde ahora, la angustia y el desamparo son colectivos. Somos todos un poco más huérfanos que ayer, pero nos tenemos a nosotros. Para cantar sus canciones. Para contar su vida. Para recordar quiénes fuimos mientras nos juntábamos, quiénes fuimos en los años en que compartimos su tiempo. Y entonces sí, que Solari se muera. Que Carlos Solari haga lo que se le antoje con su vida, con su tiempo, con su historia y con su muerte. Porque ahora el Indio, a nosotros que crecimos con él, nos queda para siempre. Y lloro, ahora entiendo, porque lo vamos a extrañar todos los días.

Read the original on nachomerlo.substack.com

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